ANTONIO MERCADER
El 31 de julio de 1970, a siete años exactos del golpe fundacional de la guerrilla (robo de armas del Tiro Suizo), los tupamaros secuestraron a Dan Mitrione, asesor policial estadounidense. No es exagerado decir que su secuestro y posterior asesinato conmovieron al mundo. Nixon y el Papa pidieron por su vida; Frank Sinatra y Jerry Lewis lo elogiaron; Costa Gavras hizo una película con Ives Montand como Mitrione. El episodio puso a Uruguay al tope de las noticias. Hoy, casi cuatro décadas después, la historiadora Clara Aldrighi publica un estudio titulado "El caso Mitrione" que combina el mérito de aclarar cosas con el demérito de agregar interpretaciones sesgadas.
Basada en archivos nacionales y extranjeros (en especial de USA), la autora narra al detalle el secuestro, cautiverio y muerte del estadounidense quien fue -es innegable- un agente de la CIA experto en interrogatorios de prisioneros, incluyendo torturas. Su virtud es el acopio de datos, enriquecidos con testimonios de sus actores. De ellos surge que la decisión de matar a Mitrione fue tomada por sus guardianes y unos pocos conjurados, todos ellos veinteañeros, en acciones más improvisadas que bien planeadas. Matiz revelador del desconcierto es que uno de los verdugos, al instante de balear en el pecho a Mitrione, gritó "¡Por Vietnam!".
Si la reconstrucción de los hechos es valiosa, no lo son ciertas inferencias erróneas de Aldrighi. La primera, la más previsible, es que parte del supuesto de que "la violencia de arriba", la del gobierno de Pacheco, causó "la de abajo", la de los tupamaros. Ese contrapunto no explica por qué en pleno Uruguay democrático, un lustro antes del ascenso de Pacheco al poder, ya había tupamaros detonando bombas, robando bancos y raptando gente. Otro yerro es el relieve que da a la eventual renuncia de Pacheco al sillón presidencial, idea que en aquellos días pudo rondar en la cabeza de alguno aunque en la realidad estuvo lejos de plantearse.
Aldrighi también se confunde en un tema crucial. ¿Estados Unidos presionó a Uruguay y a Pacheco para que se negociara por Mitrione? Ella da la impresión de que así fue, pero la respuesta es que no, como advirtió la víctima a sus raptores: "no harán nada por mí", les previno Mitrione. Es que Nixon y sus hombres (entre ellos Kissinger), ante los secuestros de diplomáticos de USA en Latinoamérica, desde comienzos de 1970 tenían fijada la doctrina de no negociar -ni presionar- por rehenes. Con ese dato esencial -que Aldrighi subestima- ahora se entiende cómo Pacheco pudo sostener a ultranza su más célebre lema: "no negociaré con delincuentes".