Aborto

MARCELLO FIGUEREDO

Ni los colegiales uniformados que desfilaron por 18 de Julio recordándonos que Jesús fue un embrión (qué mal gusto, dicho sea de paso); ni los circunspectos diputados de traje y corbata que asomaron sus narices para congraciarse con sus feligreses y asegurarse de que monseñor no los excomulgara; ni los obispos que adoran la vida, sobre todo en su fase intrauterina; ni los médicos que amenazan con ampararse en la objeción de conciencia; ni los profesores de bioética irritados con el Parlamento, ni los viriles columnistas que nos ganamos la vida opinando felizmente sobre lo que sucede cada semana tenemos la menor idea de lo que debe sentir una mujer enfrentada al trance de un aborto. Somos hombres, somos ajenos: el aborto, como el embarazo, es una experiencia intransferiblemente femenina.

No sé qué dirán las madrinas de la vida con cierta propensión a la histeria (en el sentido freudiano de la palabra, que no por casualidad viene de útero), ni las furibundas militantes de la política de género que sostienen que la sexualidad es una construcción cultural, como si la biología fuera un dato casi prescindible, pero me temo que ningún extremo está en lo cierto: no hay derecho a acusar de genocida a una mujer que decide abortar, del mismo modo que resulta bastante frívolo llenarse la boca diciendo que la interrupción voluntaria del embarazo es un derecho de la mujer equiparable a cualquier otra conquista femenina, como si abortar fuera igualmente gracioso que quemar un soutien.

¿Quieren saber qué opina este columnista sobre el aborto? Pues no lo sé, e insisto en que jamás podré saberlo. En cambio, sí sé que su despenalización no obligará a ninguna mujer a practicarse uno, pero le quitará olor a delito a una decisión de la que nadie se enorgullece. Sé, también, que la maternidad y la paternidad responsables son las grandes ausentes en este debate. Tal vez porque son las grandes ausentes en el mundo de hoy. Un mundo, dicho sea de paso, donde hay tantos niños muertos en vida que no tienen colegiales ni diputados ni monseñores ni obispos ni médicos ni profesores ni columnistas que los defiendan. Y no piensen sólo en los desnutridos de África o de aquí a la vuelta. Piensen en los niños bien alimentados que tienen otro tipo de hambre porque no nacieron por mandato amoroso. Ese infanticidio, mucho más sutil pero tan generalizado, no provoca manifestaciones, ni despierta voces airadas, ni crispa iglesias, ni alimenta debates políticos una legislatura tras otra.

Finalmente, también sé que preferiría un país más sano que dejara de tenerle miedo al placer, que lamentablemente no contagia. Sé que prefiero la ley aprobada esta semana en el Parlamento a la ignorancia con que miles de adolescentes uruguayos se inician en la vida sexual. Y sé, como ciudadano, que no me gusta un presidente que imponga sus convicciones personales por encima de la voluntad de un poder independiente. Por muchas razones, hubiera sido mejor para todos que dejara su ética personal en casa.

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