Hace un año, la euforia de los mercados y la demanda abundante llevó a que "cualquier cosa valiera cualquier cosa". Ahora, sólo vale lo que tiene fundamento. Y nuestras empresas lo tienen: calidad de producto, buen gerenciamiento, costos competitivos, solidez financiera, tecnología de punta y reconocida trayectoria comercial. A lo que debe agregarse la especial capacidad demostrada para interpretar y ajustarse rápidamente a las nuevas condiciones del mercado.
La buena situación para enfrentar la crisis internacional nos presenta una formidable oportunidad de abocarnos a resolver los temas aún pendientes. Que paradojalmente se sitúan dentro de fronteras.
Primero, la necesidad de producir más materia prima. Segundo, urge la mejora de las relaciones laborales, sin lo cual es imposible apostar al futuro. Finalmente, lograr un fluido entendimiento entre lo público y lo privado.
Si asumimos el desafío de fortalecer los cimientos que nos han permitido resistir la crisis internacional, podemos pronosticar buenos tiempos. Si nos descansamos en la ilusión que permaneceremos inmunes, sólo podemos esperar frustraciones ante un mundo que seguramente se tornará más difícil y exigente.