La carrera global por los minerales estratégicos ocupa ya, en el siglo XXI, el lugar que el petróleo ocupó en el siglo pasado. Son insumos cruciales para la transición energética, la digitalización y la industria de defensa.
En un mundo más fragmentado, donde las cadenas de producción se han rediseñado bajo criterios de seguridad, resiliencia y alineación geopolítica, el acceso a estos recursos se ha convertido en un activo de poder. Estados Unidos, Europa y China ya consideran este tema una prioridad estratégica. Washington está movilizando su política industrial para reducir la dependencia externa; Bruselas intenta acelerar la extracción, el procesamiento y el reciclaje; Pekín ha consolidado, durante décadas, una posición dominante, especialmente en las etapas de refinación. El punto central es claro: no basta con tener las reservas; es necesario controlar los eslabones más valiosos de la cadena. Es en esta reconfiguración donde Brasil cobra relevancia.
El país posee algunas de las mayores reservas mundiales de minerales estratégicos, en particular niobio, tierras raras, níquel, grafito y litio. En el caso de las tierras raras, la situación es especialmente prometedora: Brasil figura entre los mayores poseedores de reservas a nivel mundial, en un mercado altamente concentrado y sensible a las disputas geopolíticas. La oportunidad, por lo tanto, es real. Sin embargo, transformar la geología en desarrollo requiere más que abundancia natural.
El reto brasileño consiste en evitar que esta nueva frontera minera reproduzca un patrón antiguo: exportar riqueza bruta e importar valor añadido. Esta es la esencia del riesgo de la enfermedad holandesa: ganancias externas a corto plazo que coexisten con una pérdida de densidad industrial a largo plazo. El país ya conoce este patrón en diferentes sectores. La pregunta ahora es si podrá aprovecharlo.
En las últimas décadas, el sector minero brasileño ha avanzado en producción e integración comercial, pero se ha mantenido concentrado en las etapas primarias. Incluso con iniciativas más recientes para reconocer la naturaleza estratégica de los minerales críticos, el país aún carece de escala en el procesamiento, refinación y transformación industrial. Tampoco es casualidad que muchas empresas locales dependan del capital extranjero para expandir sus proyectos, especialmente las mineras junior, lo que reduce la capacidad de retención de valor nacional a lo largo de toda la cadena.
Es en este contexto que cobra importancia el Proyecto de Ley 2780/2024, aprobado en la Cámara de Diputados y actualmente en análisis en el Senado. El proyecto parte de un diagnóstico acertado: la ventaja geológica de Brasil solo tendrá un impacto económico significativo si se acompaña de industrialización, financiamiento y previsibilidad regulatoria. El mérito de la propuesta radica en reconocer el tema como estratégico. El problema reside en su diseño. Al ampliar la discrecionalidad del Estado sobre proyectos y decisiones empresariales, el texto corre el riesgo de incrementar la burocracia, la incertidumbre jurídica y el costo del capital, precisamente en un sector que requiere una planificación a largo plazo, tecnología e inversión intensivas.
La experiencia latinoamericana muestra los dos extremos que se deben evitar.
Los modelos excesivamente cerrados y centralizados tienden a generar demoras y una baja ejecución. Los modelos abiertos, pero limitados a la exportación de materias primas, generan estabilidad e ingresos, pero poco progreso en las etapas más sofisticadas de la cadena. Brasil necesita evitar ambos. Su estrategia debe combinar la atracción de inversión, la transferencia de tecnología, requisitos de valor agregado viables y la inserción competitiva en los eslabones donde el país puede, de hecho, construir una ventaja. La referencia útil no es la fantasía de internalizar toda la cadena, sino el modelo de desarrollar competencias en sus segmentos más valiosos. Así es como Embraer se volvió competitiva sin verticalizarlo todo. En el caso de los minerales, esto significa utilizar la base de recursos como instrumento para atraer procesamiento químico, materiales avanzados, componentes industriales y conocimiento productivo. Brasil cuenta con los recursos necesarios para ello. Lo que aún falta es transformar la abundancia en una estrategia estatal, sin confundir la coordinación con un intervencionismo improductivo.
La oportunidad histórica está abierta. En un mundo que vuelve a premiar la geografía, la seguridad del suministro y los recursos críticos, pocos países combinan la escala, la diversidad mineral y la posición relativa de Brasil. Pero la ventaja potencial no se traduce, por sí sola, en prosperidad. Si repite el patrón extractivo, el país desperdiciará otra oportunidad. Si el diseño institucional es el adecuado, podría transformar un tesoro geológico en una plataforma para el desarrollo, la productividad y el poder económico.
- El autor, Gabriel Barros, es Economista-jefe de ARX Investimentos. Publicado en Cojuntura Economica de FGV IBRE.