Sin viento de cola llegó la realidad

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Definiendo en trazos muy gruesos la teoría keynesiana, uno podría decir que la propuesta de John Maynard Keynes para períodos de recesión consistía en lo siguiente: "si el sector privado no gasta por miedo al futuro, entonces que gaste el sector público". La pregunta es: ¿cómo? Básicamente, aumentando el gasto público y financiando ese aumento con expansión monetaria. Obviamente que La Teoría General de Keynes es mucho más compleja y contiene otros ingredientes. Por ejemplo, Keynes reconocía la fortaleza de los sindicatos y su negativa a aceptar reducciones de sus salarios nominales en épocas de recesión y desocupación; por lo tanto, sugería reducir los ingresos reales produciendo un aumento general de precios por medio de la política expansiva del banco central. Por eso en algún momento se refiere al patrón oro como la vetusta reliquia. Es que el patrón oro no era otra cosa que una convertibilidad pero al oro que le ponía límites a la política monetaria de los bancos centrales. La moneda era el oro y los billetes que circulaban solo recibos que emitía el banco central por el oro que mantenía en sus reservas. Los bancos centrales tenían restricciones a sus políticas monetarias.

Esta política de gasto público en alza y expansión monetaria, con las cuales no estoy de acuerdo, eran recetas para períodos de recesión, hoy llamadas políticas contra cíclicas. Es decir, cuando hay auge de actividad, el Estado no expande ni el gasto ni la moneda y cuando hay recesión el Estado aumenta ambos.

La devaluación del año 2002 no fue otra cosa que un brutal cambio de precios relativos, que también tuvo consecuencias de transferencias patrimoniales como en el "rodrigazo" de 1975. El cambio de precios relativos significó licuar los salarios mediante una llamarada inflacionaria y cambiaria y generar una suerte de proteccionismo por medio de un tipo de cambio caro. Con una utilización de la capacidad instalada en el sector industrial que rondaba el 48% en enero de 2002, lo poco que se consumía era producido internamente. Es más, la emisión monetaria de ese año se encontró con una capacidad ociosa en la industria que permitía incrementar la oferta de bienes sin necesidad de mayores inversiones. Con un poco de capital de trabajo se ponían en funcionamiento las máquinas sin funcionar y la oferta interna de bienes podía crecer a tasas importantes ante el freno a las importaciones que le imponía el dólar alto de ese momento.

De todas formas, Duhalde tuvo la suerte de que el precio de la soja comenzara a subir justo a mediados del 2002 y Kirchner se vio beneficiado por una constante suba en el principal producto de exportación.

Duhalde aplicó una mezcla de keynesianismo con sustitución de importaciones, ayudado por el precio de la soja. Los productores agropecuarios se encontraron, repentinamente, con un dólar 3 a 1 -aun con retenciones el tipo de cambio les resultaba muy beneficioso-, mejores precios para los productos de exportación y sus deudas pesificadas. Por su parte, el sector industrial se encontró con salarios en dólares muy bajos, todo el mercado interno para abastecer e importante capacidad ociosa.

A estas condiciones que dejó Duhalde, Kirchner le agregó un sobre estímulo al consumo interno con más gasto público, incrementos de salarios por encima de la tasa de inflación, tarifas de los servicios públicos retrasadas, etc.

En realidad, Kirchner no necesitaba estimular el consumo interno al estilo keynesiano con un fuerte aumento del gasto público porque solo el contexto internacional le hubiese permitido recuperar la actividad económica como ocurrió en la mayoría de los países de Sudamérica.

Puesto en otros términos, en un contexto económico internacional muy favorable para Argentina, Kirchner le agregó el artificio de una política de expansión del gasto y del consumo al estilo keynesiano. Fue pro cíclico. En vez de ser monetaria y fiscalmente disciplinado, fue horrorosamente indisciplinado llevando el auge de consumo a niveles de lujuria. En definitiva, Kirchner hizo keynesianismo justo cuando no lo necesitaba. Esto lo llevó a la actual situación de inflación con caída del tipo de cambio real que volvió casi al 1 a 1, déficit fiscal y serios problemas en el balance comercial debido a un dólar barato.

Justamente, las fuertes restricciones a las importaciones que sigue imponiendo el gobierno tienen que ver con un creciente deterioro de las cuentas externas. Al caer el tipo de cambio real aumentan las importaciones y las exportaciones crecen a un ritmo menor.

Cuatro grandes distorsiones ha generado el gobierno en materia de precios relativos.

En primer lugar, retrasó artificialmente las tarifas de los servicios públicos; en segundo lugar, aumentó los salarios muy por encima de la inflación; en tercer lugar, llevó el gasto público a niveles récords y en cuarto lugar, dejó caer el tipo de cambio real.

Para tener una idea de la caída del tipo de cambio real hice el siguiente ejercicio. A la salida de la convertibilidad, el gobierno de Duhalde llevó el tipo de cambio a $ 1,4 por dólar (aunque luego se desbordó y llegó hasta los $ 4 para estabilizarse en torno a $ 2,8). Si el gobierno hubiese aumentado el tipo de cambio de $ 1,4 al mismo ritmo que la inflación, y descontando la inflación de Estados Unidos, hoy el tipo de cambio debería estar en $ 6,43.

Desde mi punto de vista, la inconsistencia del modelo kirchnerista está fuera de discusión. El consumo solo puede crecer en forma sostenida con más productividad, la que se origina en más inversiones y que tienen su sostén en la calidad institucional. Como el salario real creció por encima de la productividad de la economía y hay nula seguridad jurídica, los actuales niveles de consumo son insostenibles. Además, los subsidios a la energía, el transporte, el gas y el agua ya son infinanciables. En rigor, el actual nivel de gasto público es infinanciable. Dicho de otra manera, hoy el gobierno no puede sostener el artificialmente alto nivel de consumo interno porque no dispone de recursos para seguir con la fiesta iniciada ocho años atrás. Pero, al mismo tiempo, tampoco puede reemplazar consumo por inversión porque no hay seguridad jurídica y el mundo ya no ofrece el viento de cola de todos estos años.

El problema que veo para este 2012 es que Cristina Fernández tendrá que hacer un ajuste, corregir las cuatro distorsiones de precios relativos, en un contexto internacional adverso o confiscar algún activo o flujo líquido. Puesto de otra forma, Duhalde hizo el brutal cambio de precios relativos y tuvo la suerte que el contexto internacional comenzara a cambiar a mitad de 2002. En cambio, Cristina Fernández, si hace el ajuste este año, difícilmente se encuentre con una economía mundial creciendo. Más bien lo contrario. Así como Kirchner exacerbó innecesariamente el consumo con keynesianismo cuando el mundo jugaba a favor, ahora que el mundo juega en contra, Cristina Fernández tendrá que contraer el consumo.

La salida normal de estos ciclos de auge artificial de consumo debería consistir en el respeto por los derechos de propiedad, baja intervención del Estado en la economía y disciplina monetaria y fiscal. Como ninguno de estos elementos entra en la política del "cristinismo", la artificialidad solo es sostenible si el contexto internacional ayuda o hay recursos internos de los cuales pueda apropiarse el Estado para seguir estimulando el consumo.

En síntesis, el año 2012 luce bastante complicado por los gruesos errores de política económica de todos estos años. El viento de cola se acabó y llega la dura realidad.

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