La crisis actual en el Mercosur finalmente ha puesto sobre el tapete uno de los temas ineludibles pendientes de la agenda de gobierno. El país necesita de una nueva estrategia de reinserción internacional en lo comercial, pues lo que existe ahora está agotado por decir lo menos. Y por decir lo más, está generando perjuicios importantes al vulnerar la capacidad del país para navegar sin mayores contratiempos en tiempos futuros de presagios borrascosos.
Lo que acontece en la actualidad es fruto de un proceso de cambios estructurales dentro del Mercosur y en el resto del mundo, que cambiaron incentivos y por ende resultados diferentes a los esperados inicialmente.
Lo que en su momento se vio como una idea regional de fuste, arropada en la idea de una Patria Grande que podía derribar las dificultades del camino y plantarse como un coloso regional, fue metamorfoseándose en un conjunto de patrias chicas donde se privilegian las agendas domésticas. Y en ese nuevo juego de realidades, las naciones más pequeñas son las que más sufren.
UN POCO DE HISTORIA. La integración económica es una categoría a la cual la región no es ajena desde hace más de cuatro décadas, siendo la Asociación Latinoamericana de Comercio (Alalc), mutada luego en la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), los ejemplos clásicos. En suma, emplear al mercado ampliado regional como forma de justificar un proceso de sustitución de importaciones y, en el caso de esta última, otras formas de integración que trascendían lo comercial. Quienes en aquellos albores ya participábamos de alguna manera en el proceso, podemos recordar las esperanzas puestas (desmedidas) y el capital político aplicado para llevar adelante el proceso. Pero la mayoría de los esfuerzos naufragaba en resultados magros para potenciar el crecimiento de sus socios.
Siguiendo la moda Latinoamérica, de que cuando una cosa no funciona se le superpone otra entidad parecida pretendiendo resultados diferentes, fue apareciendo la idea del Mercosur bajo el acápite -hoy en boga- de que esta vez es distinto. Un proceso liderado por las economías más grandes de Latinoamérica no podía fracasar, pues se trataba de naciones complementarias en lo productivo, y una visión de regionalismo abierto para potenciar su inserción conjunta con el resto del mundo.
En aquel momento lo que Brasil necesitaba era seguridad alimentaria y energética, ya que era importador neto. Para lo primero era necesario acoplarse con Argentina. Para lo otro los acuerdos con Paraguay para obtener electricidad (Itaipú) y gas boliviano eran la clave para cimentar un esfuerzo industrialista vigoroso.
Para entender mejor las justificaciones de ese proceso es necesario detenerse en lo que ocurría en la arena internacional de entonces. La Ronda Uruguay de liberación comercial estaba agotando sus límites, siendo las trabas al comercio de alimentos uno de sus escollos más evidentes. Por tanto, el resto del mundo ofrecía pocas oportunidades de expansión, siendo entonces la reserva de nichos de mercado, como el brasileño, una alternativa apetecible, principalmente para Argentina.
Sobre esas bases, apoyadas en la necesidad de buscar un destino más próspero como naciones en lo que era un mundo diferente comparado al de hoy, se fue montando una idea cargada de esperanzas y también acechanzas. Uruguay por razones locativas e históricas no tuvo más remedio que subirse al tren del Mercosur, pues en esa disyuntiva es más difícil subir que bajarse. En definitiva, lo que estaba haciendo era potenciar sus tratados comerciales bilaterales con Argentina y Brasil, con el plus esperado de otras etapas posteriores donde la integración energética, de infraestructura y de cierta industrialización amparada por el mercado ampliado cerraba una estrategia de desarrollo regional a la manera de la Unión Europa.
El optimismo inicial de los primeros años llevó a quemar etapas, hablándose de ir a una Unión Aduanera, antesala de formas más profundas de integración económica. Pero ya a fines de los noventa comenzaron a verse sus primeras grietas, fundamentalmente comerciales. Ante ello, y como forma de diluir el problema, se redoblaba la apuesta con nuevas propuestas ajenas al perfeccionamiento del acuerdo comercial. Dos ejemplos son sintomáticos. En un caso, ante las dificultades del momento, se comenzó a hablar de crear una moneda común como forma de facilitar las transacciones y evitar el uso de divisas. Ello motivó a que el ministro Luis Mosca dijera públicamente de manera lacónica, que esa propuesta le recordaba a los matrimonios en problemas que deciden tener otro hijo para ver si resuelven el impasse. El otro hecho, del cual fuimos testigos, estuvo relacionado con la publicación de estadísticas con una metodología común de acuerdo a los estándares internacionales más recibidos previamente acordados. El Mercosur decidió a la manera de puntapié inicial de una nueva etapa hacer su presentación oficial a nivel internacional en la Reunión Anual del Banco Mundial y el FMI realizada en Praga en septiembre del 2000. Pero a la hora señalada la delegación argentina faltó a la cita: la razón fue que las estadísticas que publicaban oficialmente para algunas variables divergían cuando se aplicaba la metodología mercosuriana. Nadie predecía en aquel entonces lo que se estaba incubando para eclosionar unos años después, y que fue letal para algunos de sus miembros como Uruguay.
Sobre esas bases cargadas de marchas y contramarchas que fueron vaciando el concepto de integración inicial, Uruguay comenzó a buscar caminos propios que le permitieran zafar de una situación cada vez más magra en resultados y con costos mayores en materia de desviación de comercio.
Fue así que Uruguay tuvo la visión de negociar un Tratado de Libre Comercio con México, logrando la complacencia de sus socios del Mercosur seguramente por distracción, el cual la administración Batlle suscribió al fin de su mandato.
Agotado por la resolución de una crisis brutal, Uruguay entra al siglo XXI mirando un mundo internacional en profundo proceso de transformación y un ámbito regional diferente. China comienza a ser un protagonista nuevo que se convierte en el verdadero mercado en expansión para todos los países del Mercosur. El mercado ampliado regional perdió relevancia, pues la demanda mundial lo superaba con creces en cualquiera de sus rubros relevantes. Todos sus miembros pasaron a ser exportadores netos de alimentos en volúmenes impensados apenas una década atrás. Brasil también comenzó a ser autosuficiente en petróleo y cada vez menos dependiente del gas boliviano. Y desde el punto de vista político, comenzó a jugar en la liga de las grandes economías emergentes junto a China, India y Rusia, con una agenda donde las conductas obedecen a intereses globales.
Esas circunstancias llevaron a nuestro país, acostumbrado a operar bajo las normas del derecho, a una secuencia de protestas y a la búsqueda de tratados de libre comercio con países relevantes, como Estados Unidos, a efectos de potenciar comercio así como de fijar un estándar que facilita la concreción de acuerdos similares con otros países.
Mas allá de la oposición interna, a nuestro entender irracional, a un proceso políticamente avanzado de negociar un TLC con Estados Unidos, se encontró con la oposición cerril del Mercosur al grado de la ignominia. La "recordada" Ministra de Economía de Argentina, Felisa Micelli, públicamente dijo desde un programa periodístico que Uruguay debía optar entre quedarse en el Mercosur o suscribir un TLC con Estados Unidos.
CONCLUSIÓN. Por tanto, lo que actualmente está ocurriendo no son tan solo los desbordes de una administración que se siente acorralada por una situación que se le está tornando difícil a pesar de la bonanza. Es otra dimensión de una idea que la realidad ha hecho obsoleta, provocando asimetrías entre sus socios. No es cuestión de tirar todo, pero sí de refrescar ideas, desechar los preconceptos e ir hacia delante. Se perdió tiempo precioso, pues anduvimos por la "picada" equivocada o simplemente porque hace tiempo la perdimos. Pero llegó el momento de recuperar el tiempo perdido abriéndonos hacia el resto del mundo a través de tratados de libre comercio.