Peor imposible, el "novedoso" método

ISAAC ALFIE

No es una versión libre con un inicio del título inverso a la genial película protagonizada por Jack Nicholson y Helen Hunt, sino que me refiero a la forma con que, bajo argumentos falaces, la actual Administración decide la contratación de personal. La "novedosa" forma es una inscripción masiva, ninguna selección previa y luego el sorteo, sea directamente para proveer los cargos o para realizar algún concurso.

Es claro que esta manera de nueva no tiene nada, sí en cambio de perimida, anacrónica y totalmente carente de sustento racional. La misma, a esta altura del desarrollo del conocimiento ya desechada por libros de texto básicos de Economía del Sector Público, constituye la peor manera de seleccionar personal. Lo curioso que es llevada adelante en varios frentes y no solamente para posiciones donde se podría pensar, aunque tampoco es cierto, que la escasa calificación necesaria la transforma en un buen método de decisión. Defendida como algo muy positivo, llama la atención que pocas voces se alcen ante tan irresponsable actitud del Estado. Cuando lo anormal se convierte en normal y es aceptado pacíficamente, el futuro no se puede presentar como halagüeño, al menos no tanto como sería de otro modo. Los errores se pagan, a la corta o a la larga y si alguien no lo cree, basta mirar lo que está pasando en la otra orilla del Río de la Plata para tener cabal idea de cómo afecta.

LA TEORÍA. Es sabido que en equilibrio, los salarios abonados por las empresas equivalen al valor de la productividad marginal del trabajador. De esta manera hay sectores donde los salarios son mayores, o bien determinadas profesiones tienen mejores ingresos por hora trabajada en función de cuánto el mercado valore los bienes o servicios que produzcan. A su vez, dentro de una misma organización (privada) las personas tienen distinta remuneración total -incluyendo compensaciones especiales, bonos u otros conceptos- aún realizando las mismas tareas e incluso desempeñándose en una misma área, ni qué hablar si trabajan en distintos departamentos. Todo depende del valor de lo que hacen, que por cierto no es determinado por sí mismo, ni siquiera por la dirección de la empresa, sino por el mercado a través de la demanda y los precios que está dispuesto a pagar. Así de simple y compleja es la realidad. Podrá gustar o no, parecer demasiado "economicista", cruda o carente de "sensibilidad", pero es así, hay que tomarla como tal y comprenderla si queremos tener éxito. De alguna manera quien trabaja lo hace por un deseo de progreso familiar y personal y, generalmente, no está dispuesto a que otros se lleven "su" esfuerzo. Es por ello que fracasaron los colectivismos, que la productividad en las oficinas públicas es tan deplorable, y que usualmente cuando el sector público se pone en productor de bienes y servicios que los privados pueden brindar siempre termina siendo más ineficiente. Sin incentivos correctos, la innovación y mejora de procedimientos (que redunda en progresos en la productividad global) no aparece, los buenos terminan desestimulados, trabajando y rindiendo poco, o al menos bastante por debajo de su potencial.

La selección del personal no es un hecho baladí, el problema de la asimetría de información se vuelve muy relevante, en especial el llamado "problema de la acción oculta" donde quien realiza la tarea (el oferente) puede hacerla de mejor o peor manera sin que el demandante lo sepa.

LO PEOR. Llamar a inscripciones masivas sin ningún filtro genera que cualquier persona, apta o no, se presente. Si, como sucedió en una reciente convocatoria del Parlamento, primero se sortea entre los inscriptos para luego rendir una prueba, la probabilidad de que los sorteados realmente tengan las condiciones para el cargo decrecen a medida que el número de inscriptos aumenta. Por ende, en el mejor de los casos, tendremos suerte y alguno de los seleccionados tendrá las habilidades necesarias, lo cual no quiere, ni por asomo, decir que es el mejor de todos los concursantes. De hecho, matemáticamente bajo el método del sorteo, la probabilidad de encontrar al mejor o los mejores, tiende a cero a medida que aumenta la cantidad de postulantes.

En el caso anterior al menos existió una evaluación que llevó, desperdicio de recursos mediante, a que nadie ingresara. La peor situación se da cuando se ingresa directamente luego del sorteo, meramente cumpliendo los requisitos mínimos establecidos, usualmente en materia educativa. Para ello entonces basta con que los postulantes "señalicen" su capacidad mediante un certificado que tienen cierto estudio, no importando su escolaridad, si se actualizaron o no, su contracción al trabajo o si directamente saben o no.

IMPLICANCIAS. Si se selecciona mal, el resultado no puede ser bueno, más que por una casualidad. Por tanto llegamos a que el sector público, quien de por sí tiene en todos los países del mundo problemas intrínsecos derivados de su natural forma de funcionamiento, puede llegar a no tener personal siquiera adecuadamente capacitado para la tarea, lo cual es muy grave en cualquier sociedad. En efecto, es el sector público quien hace los reglamentos y regulaciones que ordenan la vida de los habitantes, si quienes tienen esa función fundamental no están adecuadamente preparados las consecuencias las pagará toda la sociedad con atraso económico y social. Las decisiones del sector público generan efectos generalizados, si éstas no son las mejores, el costo es infinitamente superior al error de un privado en su actividad que lo paga él mismo. Lo anterior se amplifica desde el momento que la propia dinámica lleva a que un error suele intentar salvarse con otra regulación y más personal, que termina castigando al sector privado, el verdadero generador de la riqueza.

Si de por sí el método es pésimo y sus consecuencias nada buenas, las cosas se agravan cuando los salarios pagados para actividades de poca o media calificación necesaria resultan superiores, y en algunos casos, muy superiores a la media del mercado y para las posiciones muy especializadas notoriamente por debajo de dicha media, llegamos al peor de los mundos posibles. Donde precisamos las mejores decisiones seguramente no tenemos a los mejores y para el resto del escalafón tenemos personal asignado por sorteo. A su vez, esta manera dispendiosa de manejar las remuneraciones del grueso del personal en el sector público, conduce a que la gente termine pensando que la riqueza no se genera, sino que existe y solo hay que repartirla. De donde para recibir una parte de la misma, nada mejor que trabajar en el sector público, donde haga o no haga nada será lo mismo. Claro como el cristal es que las consecuencias para la sociedad son malas.

DISCURSO "FACILONGO". Además de lo descrito respecto a la dinámica de crecimiento de largo plazo, existe otro factor no menos importante; los mayores salarios se pagan con más impuestos, muchos de los cuales aumentan el costo total de producción y por ende terminan repercutiendo en la competitividad general del país. Cuando cosas como la anterior se discuten a nivel parlamentario o directamente en "charlas de boliche", surgen argumentos efectistas como, "prefiero que los costos suban, no me asusten con esas cosas y que paguen los dueños de las empresas antes de tener salarios de hambre", o bien "que el sector público tome personal disminuye el desempleo". Ambos asertos encierran una enorme ignorancia. Si los costos suben alguien los termina pagando al afectar la competitividad y la ciencia económica enseña de manera inequívoca que a mediano plazo ese alguien es el factor trabajo a través de su remuneración. Entonces el Estado se vuelve más pesado cobrando impuestos para pagar lo que no genera, las empresas privadas deben ajustar sus ecuaciones de costos totales y terminan por abonar menores salarios y empleando menos personal que lo que harían en otras circunstancias. Al final el argumento por el cual se hacen determinadas cosas a efectos de evitar otras, termina no evitando nada y dejando a toda la sociedad en peor situación. Por tanto constituye una falacia, es intrínsicamente contradictorio y las acciones derivadas tienen efectos perniciosos a largo plazo. Los discursos son fáciles y bonitos. Es fácil y políticamente correcto estar a favor del bien y en contra del mal, al fin y al cabo ¿cuál era el lema de Superman? Luego, al tiempo, vienen los hechos y pocos asocian una cosa con otra, es difícil hacerlo en función de los tiempos requeridos, pero esto es lo que termina diferenciando a las sociedades.

La actual Administración asumió con determinado discurso y, en especial, con notorios compromisos con un sector de la sociedad, los mandos sindicales de los empleados estatales, que le dieron no solo el apoyo sino que jugaron un rol fundamental en generar descontento social y un estado de ánimo particular. Así luego ha impulsado determinada legislación que solo otorga poder a estas organizaciones, generando un pernicioso corporativismo, e impone restricciones más allá de lo racional en cuanto a deberes y obligaciones de cada parte. No es la mejor manera de gobernar, llega el momento en que todo se vuelve en contra, el castillo sin bases se desmorona. Dicho momento, aplicando esta política, no depende de nosotros sino de cuán benigno sea el resto del mundo.

La semana pasada el Senado se aprestaba a aprobar una ley donde impone el sorteo, como método de contratación del 100% del personal de determinadas categorías de personal al sector privado, cuando sea adjudicatario para la realización de obras públicas. La injerencia no queda solo en no poder elegir el personal y por ende asegurar cierto control sobre la productividad, sino que los efectos sobre los costos se exacerban al incluir en dicho sorteo personal que pueda vivir en hasta un radio de 100 km lo que se traduce en mayores costos por viáticos, alojamiento, etc. A su vez, un 35% de ese 100% ni siquiera se inscribe libremente, sino que se lo proporcionan mediante lista determinadas reparticiones estatales, básicamente el Mides, generando explícitamente el clientelismo político que se dice querer evitar.

De la peor manera comienza a extenderse una perversa injerencia estatal sobre, por ahora, una parte del sector privado. Principio quieren las cosas decían mis abuelos. Aún estamos lejos, pero mirando lo que pasa en el barrio el proceso luce similar y en cualquier momento le impedimos a las empresas distribuir utilidades bajo cualquier excusa.

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