Mercado laboral uruguayo: lo que se ve y lo que no se ve

Sostener un sector ineficiente no es solo un costo estático: es, sobre todo, un freno al crecimiento de los sectores que sí funcionan.

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En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley, no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, lo que se ve. Los otros aparecen sucesivamente, lo que no se ve (...).” Frédéric Bastiat escribió esas palabras hace 175 años y siguen siendo tan vigentes como el primer día.

En el caso del mercado laboral, lo que se ve es evidente: los empleados contratados, los salarios pagados y la producción generada por dichos trabajadores. Pero los beneficios no se limitan únicamente a los trabajadores y empresarios de un sector particular. Implican, por un lado, recaudación para el Estado (por el pago de IRAE por parte de la empresa e IRPF por parte de los trabajadores) y, por otro —y aún más importante—, un efecto dinamizador sobre el resto de la economía: la producción de esos trabajadores puede alimentar otras industrias o traducirse en consumo directo, además de que el ingreso derivado del empleo permite a los trabajadores sostener cierto nivel de consumo y ahorro.

Lo que no se ve es menos obvio y tiene que ver con aquello que no llegó a producirse. El empleo generado en el sector A implica que no se generó en el sector B, y por lo tanto hay producción del sector B que nunca existió. La pregunta relevante es: ¿qué pasa cuando el sector A es ineficiente?
Si un sector es ineficiente, no será rentable —o al menos no tanto como podría—. Y eso no es un detalle menor: es una señal de que está usando más recursos (más capital, más trabajo, más energía) de los que debería para generar lo que produce. Los salarios reales terminan siendo bajos porque la productividad es baja, y la rentabilidad se resiente porque los costos son altos en relación a lo que se genera.

En condiciones normales, esos recursos tenderían a salir de ahí y moverse hacia sectores donde cada hora trabajada y cada peso invertido generan más valor. En el corto plazo, eso duele —empresas que cierran, empleos que se pierden, incertidumbre que aumenta—, pero lo que no se ve es que esos mismos recursos, bien redirigidos, elevan la productividad agregada y, en última instancia, el bienestar de todos. Es justamente ese proceso el que permite que, con el tiempo, la economía produzca más y mejor.

¿Pero qué pasa si se sostiene al sector A “a fuerza”? ¿Qué ocurre si se otorgan subsidios específicos para mantener una industria a flote, o se generan regulaciones a medida, aun sabiendo que sin ellas no sobreviviría?

Uno podría argumentar que es necesario mantener el sector A porque representa la fuente de ingreso de múltiples familias. Este suele ser el primer argumento, y también el más delicado. Asimismo, es cierto que si un trabajador está empleado en un sector de baja eficiencia, probablemente las habilidades que haya desarrollado allí no sean fácilmente transferibles a otras actividades.

Sin duda, estos son factores a considerar y no deberían ignorarse, pero no son razón suficiente para sostener forzosamente a todo un sector. Existen políticas concretas para atender esa transición —reconversión laboral, capacitación, transferencias focalizadas— que, dicho sea de paso, suelen ser menos costosas que mantener subsidios y regulaciones de forma permanente.

Hay, además, un factor más difícil de admitir: la nostalgia, esa noción de que todo tiempo pasado fue mejor. Sectores que en algún momento fueron motores de la economía quedan grabados en la memoria colectiva como si ese pasado pudiera repetirse por decreto. El problema es que la economía no funciona con recuerdos. La tecnología cambia, los precios relativos cambian, la demanda cambia. Insistir en sostener actividades que ya no son competitivas es, en el fondo, intentar congelar una foto que ya quedó vieja. Y ese intento no solo falla: además tiene costo, y uno mayor de lo pensado.

Lo que no se ve en todo esto es más profundo de lo que parece. Sostener un sector ineficiente no es solo un costo estático: es, sobre todo, un freno al crecimiento de los sectores que sí funcionan. Los recursos atrapados en sectores de baja productividad son recursos que no llegan a los sectores donde generarían más valor. Menos crédito para empresas que podrían invertir y expandirse, menos trabajadores disponibles para sectores más dinámicos, menos competencia que empuje a innovar.

El resultado no es solo que el sector ineficiente sobrevive en cámara lenta; es que los sectores eficientes crecen menos de lo que podrían. Invierten menos de lo que podrían, producen menos de lo que podrían, contratan menos de lo que podrían. Y una economía que no deja fluir sus recursos hacia donde son más productivos es, sencillamente, una economía que elige crecer menos de lo que podría.

En Uruguay este fenómeno es de sobra conocido. No hace falta nombrar ejemplos específicos porque seguramente ya se te ocurrieron un par mientras leías esta columna. Los sectores funcionan muchas veces como un entramado de subsidios cruzados y regulaciones diseñadas a medida para mantener a flote industrias que, libradas a su suerte, no resistirían. El costo de ese andamiaje rara vez aparece en el debate público. Precisamente porque es lo que no se ve.

- La autora, Deborah Eilender, es economista e investigadora en el Centro de Estudios para el Desarrollo.

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