CARLOS STENERI | | DESDE WASHINGTON DC
El devenir de los acontecimientos ha generado una serie de debates, que aun sin aportar repuestas finales, vienen trazando ya algunas conclusiones sobre temas capitales que miran hacia el futuro. Y en esa dimensión del debate, comienzan también a aflorar posiciones sobre cuáles serían las políticas necesarias para que el mundo retome sendas de crecimiento robusto y sobre todo estable. También en ese marco que convierte a lo global en comarca, los países en desarrollo y en particular el nuestro, son llamados a plantearse ciertas preguntas de cuyas respuestas plasmadas en políticas depende su futuro.
EL GRAN DILEMA. Como era de esperar en el mundo desarrollado el debate está centrado en determinar cuál es la modalidad de capitalismo que asegura altos niveles de crecimiento estables. La discusión por supuesto ignora de plano como alternativa el retorno al socialismo real colapsado a fines de los ochenta. Pero gira evaluando como fórmulas hacia el futuro la social democracia europea y la definida como el capitalismo anglosajón. En la primera los países nórdicos (Noruega y Suecia, quizás Alemania) son sus prototipos clásicos en tanto que Estados Unidos es el paradigma de la segunda categoría. Entre ambos hay una miríada de casos intermedios, todo lo cual confirma que entre ambos extremos hay un denominador común llamado economía de mercado cuyos límites los traza una mayor o menor participación del Estado como regulador o como agente económico.
El debate destilado a sus esencias intenta responder una pregunta sencilla: la debacle actual es una falla del sistema o responde a una anomalía peculiar corregible. En otras palabras, lo primero se conecta con un sistema cuyo funcionamiento implica lapsos de inestabilidad periódica aguda y predicción difícil. En tanto que volcarse hacia la otra interpretación implica reconocer que se cometieron errores en el diseño de ciertas políticas. En este caso, carencias en las regulaciones del sector financiero en un escenario de alta liquidez aunado a cambios estructurales en el funcionamiento de la economía mundial fueron las causas de la recesión actual. Por tanto la deficiencia no pertenece a la genética del sistema, sino que responde a errores en el diseño de las políticas. Siendo así, el sistema no está condenado a transitar una senda mojonada de tanto en tanto con crisis como las actuales. Además, la historia de la humanidad muestra desde los dos últimos siglos aumento de los niveles de bienestar, cualquiera fuera el indicador elegido, superior a los de cualquier otra etapa.
Aceptados estos argumentos, aun queda por resolver el grado de intervención del Estado. Sin duda el péndulo de la política económica va hacia su fortalecimiento caracterizado primero por instancias de regulación financiera más intensas, proyectándose con una óptica global para acompasarse a la extensión y consecuencias de la intermediación financiera y sus actividades conexas. Lo segundo es conocer si las decisiones recientes de la administración Obama en cuanto a la participación del Estado en la propiedad de entidades bancarias o del sector automovilístico, o en fijar topes a las remuneraciones de los ejecutivos responden al dominio de lo inherente de los salvatajes, o marcan un cambio de rumbo que acerca la forma operativa de la economía norteamericana a los modelos de la social democracia europea. Considero que sobre el particular habrá un intento marcado de seguir en esa ruta cuyos alcances y duración dependerán de las circunstancias. Pero sin duda marca el ocaso de la concepción inaugurada por Thatcher y Reagan en los ochenta centrada en la gestión privada, y la reducción de la participación del Estado como regulador o agente económico en todas las esferas.
Si estamos en lo cierto, convendría ya ir pensando si estas políticas tendrán imitadores en el mundo en desarrollo. La historia muestra que una de sus características es copiar sin meditar lo que hay de nuevo. En el siglo pasado, y también en décadas más recientes, todos se zambulleron en experimentos con resultados diversos. Unos creando empresas públicas, otros nacionalizando las de propiedad privada, otros privatizando para crear monopolios en sustitución de los públicos. También hubo de los otros, quienes se embarcaron en cambios estructurales profundos aprovechando los vientos de cambio, dando lugar a nuevas empresas privadas, públicas o de propiedad mixta que arrastran al resto de sus economías. Chile y Brasil son sus paradigmas.
La advertencia para nuestros países es no interpretar mal las señales que indican cambios de rumbo en la economía más grande del mundo, obligados por las circunstancias y muchos de ellos de vida corta. En realidad se trata de cauterizar excesos y rescatar actividades emblemáticas.
EL DESACOPLE. Mientras los niveles de actividad del mundo desarrollado continúan cayendo, parece que China ya ha pegado la vuelta. Su PIB podría estar creciendo a casi un 8% anual, y con ello derramando bonanza con sus socios comerciales más estrechos, entre ellos Brasil.
Si la tendencia se confirma estamos en presencia de nuevos hechos. Primero, la política fiscal expansiva anunciada por las autoridades chinas (5% del PIB) está dando sus frutos. Esto confirma su capacidad para gestionar políticas, cuyo antecedente es el fino manejo de la política monetaria y cambiaria en años previos. En segundo lugar, la economía china no es tan dependiente de Estados Unidos como se suponía. En realidad sólo el 5% de lo que exportan a ese país es valor agregado chino. Su rol es el de una gran ensambladora de productos semiterminados que importa de su periferia. Por último, su consumo no esta apalancado por crédito, lo cual lo inmuniza de los avatares del ciclo financiero mundial
Y para el caso de Brasil, China desplazó a Estados Unidos como su principal cliente para sus exportaciones. Aunque eso puede responder a las circunstancias de la contracción norteamericana, de todas maneras implica un cambio extraordinario: China se convierte en el comprador de última instancia en una situación de crisis del mundo desarrollado, en especial Estados Unidos. Imaginarlo una década atrás era un imposible.
Si nos detenemos a pensar en lo que implica para la región, en particular el Mercosur, se abren sin duda otras opciones que obligan a proyectar nuevas ideas sobre su funcionamiento. Nos estamos moviendo hacia un mundo multipolar, por ahora en lo comercial, que implica actuar rápido. El mundo desarrollado demorará más de lo esperado en recuperarse, en tanto que a economías complementarias de China, como la nuestra, se les da la oportunidad de tener una salida de recuperación alternativa.
NUESTRA REALIDAD. Rodeados de una realidad internacional alumbrada por fogonazos, hemos comenzado el saludable proceso de los debates electorales. En esta circunstancia, más que en ninguna, es el momento de hacernos las preguntas correctas. Sin estas nunca puede haber respuestas del mismo tenor.
Felizmente en el debate ya se dan por sentado categorías tales como el acatamiento del imperio de la ley en todos los casos, el pago puntual de las obligaciones tanto domésticas como externas, la necesidad de preservar la consistencia fiscal o de crear redes de protección social por citar algunas. Esos son categorías que se han transmutado en valores culturales que son hoy parte de nuestra matriz social.
Pero volvemos a insistir que del debate se nos escapan temas básicos, que son frenos reales para insertarnos mejor en un mundo sumamente complejo. Asumiendo que seguirán siendo de propiedad pública, ¿pensamos seguir con las reglas de funcionamiento actuales de empresas del Estado que ocupan lugares claves de la economía? ¿Cual será la forma de insertarnos internacionalmente, sobre todo mirando lo comercial? ¿No habrá llegado el momento de retomar la discusión para mejorar el sistema educativo en sus tres niveles? Todos los países, hasta los más avanzados, están en un proceso permanente de búsqueda de excelencia, pues saben que en ello les va la vida para competir en un mundo cada vez más difícil.
Sobre esos aspectos reposan algunas de las fuentes de crecimiento del país. Los hechos recientes demuestran que su fortalecimiento es la mejor manera de mitigar los efectos de las crisis.