Los avatares de la crisis europea

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CARLOS STENERI

Las contramarchas e indecisiones que presenta la resolución de la crisis europea comienzan a ser preocupante por razones diversas. En lo que refiere a la región, no debemos olvidar que el contagio es una categoría que nunca dormita. Incertidumbres de este tipo, en un conglomerado económico que representa alrededor del 25% del Producto Bruto Mundial, son una fuente potencial de riesgo, que merece atención permanente. Aunque eran otras las circunstancias internacionales, por mucho menos el default de la deuda doméstica rusa de 1998 desató una ronda de efectos adversos, que afectaron un par de años después regiones tan lejanas como la nuestra. Y todos recordamos lo que sucedió después: una secuencia de hechos que comenzó con una reversión del financiamiento externo que fue desnudando fragilidades que terminaron en una crisis histórica. Lejos está en el propósito de esta mención pronosticar nada. Solamente advertir que lo que se decida en Europa, tendrá implicancias sobre el resto del mundo. Como generalmente ocurre con estos episodios, las economías con bajas tasas de ahorro domésticas y altamente dependientes del comercio internacional son una de las variables de ajuste obvias. El cercenamiento inesperado de su financiamiento externo y la retracción del comercio internacional son las vías naturales por donde se propaga el contagio en su ámbito interno. El resultado es un frenazo en el nivel de actividad, frente al cual no existen aún marcos institucionales adecuados para compensar los daños sociales que genera.

Por su lado, juega a nuestro favor un entorno internacional diferente respecto al de una década atrás: la irrupción plena de China ha concretado un cambio estructural importante a favor de nuestros países. Su demanda de materias primas y alimentos garantiza su permanencia en nuestro comercio internacional. También su exceso de ahorro doméstico ayuda a alimentar por canales diversos el financiamiento del resto del mundo. Si agregamos la instancia actual de la política monetaria sumamente expansiva de Estados Unidos, podría decirse que la liquidez internacional para nuestros países tiene todos los visos de abundancia extrema independientemente de lo que ocurra en el viejo continente.

De todos modos, la inmunización que otorga ese panorama favorable no excusa distraer la atención de lo que viene ocurriendo. Por su magnitud y por su origen, la situación es seria. La permanencia de una crisis generalizada en alguna parte de Europa, zamarreará al mundo. Y más aún, cuando los responsables del diseño de una salida no han encontrado el camino, dadas las restricciones que impone el funcionamiento de la UE, las visiones diferentes de sus miembros relevantes de cómo actuar y el propio tamaño del problema.

EJEMPLO A NO IMITAR. La UE se lanzó a marchar con una moneda común, pero desnuda de dos instrumentos básicos para asegurar consistencia: una regla fiscal común y mecanismos preestablecidos de resolución de crisis. La urgencia de forzar resultados condujo hacia el camino más fácil de instrumentar, pero más riesgoso, como lo es un tipo de cambio común. Para ello, la política fiscal de cada país tiene que acompasarse a ese requerimiento, so pena del surgimiento de desequilibrios entre sus miembros. Y más aún, cuando ocurren eventos de crisis locales como la bancaria de Irlanda, que dislocan completamente el desempeño fiscal. Para eso entonces, la vigencia de mecanismos para resolver las emergencias de operativa automática. Su carencia agrega otra dimensión al tema, al relacionar la búsqueda de la solución con la postura política de la administración de los países de mayor jerarquía. Todo eso genera demoras e ineficiencias.

Este aspecto hace meditar sobre ciertos paralelismos con la situación del MERCOSUR. La cotización del real, dada la mayor magnitud de Brasil y la alta interdependencia con sus socios, por definición es ya el numerario de referencia dentro de la región. Por tanto su cotización respecto a otras monedas, determina en buena parte el tipo de cambio real de sus socios. En algún momento, se insinuó con alguna insistencia la posibilidad de ir hacia una moneda común para facilitar las transacciones y profundizar el proceso de integración. Lo que está sucediendo en Europa ilustra sobre las consecuencias de ese paso. Intentarlo sin una regla fiscal común es riesgoso, porque prohíja desbalances o le quita flexibilidad a una eventual estrategia de resolución de crisis. En definitiva, refuerza la posición dominante del socio con mayor peso económico dentro del esquema. En el caso europeo, el marco alemán disfrazado de euro, es el que intenta acompasar la performance del resto del viejo continente a la de Alemania. Pero la rigidez extrema del esquema muestra sus limitaciones en situaciones como las actuales.

Así, surge la necesidad de contar con mecanismos de salida financiados por todas las partes en función del tamaño de las economías. Al respecto, aunque corriendo desde atrás, la UE puso en marcha el Fondo de Estabilidad del Sistema Financiero. Eso generó debates y resistencias en los respectivos congresos para autorizar su fondeo. Pero se hizo, bajo el postulado de preservar la unión monetaria y por ende al euro. Yendo a nuestra región, eso es casi un imposible. Imaginar transferencias entre países para rescatar al sector financiero del vecino o una crisis de endeudamiento, es una utopía. Si hubo dificultades para desembolsar recursos, raquíticos, del fondo destinado a corregir asimetrías con los socios menores del MERCOSUR, qué puede esperarse de la transferencia de financiamiento masivo para resolver una crisis bancaria o de endeudamiento.

Ambos ejemplos muestran las dificultades reales con las que tropiezan ideas cargadas de buenas intenciones, apuntaladas con visiones políticas, pero que para algunos países son todavía un puente demasiado extenso para intentar cruzarlo.

BUSCANDO UNA SALIDA. Los países europeos en problemas enfrentan una situación similar a la de América Latina a fines de los ochenta: alto endeudamiento que refinancian a corto plazo con dificultades. A eso se suman problemas en el sistema bancario propio por expansión excesiva del crédito, en particular el inmobiliario. A su vez, bancos locales y del resto de la UE tienen una alta exposición a la deuda soberana.

Cualquier mecanismo de salida debe resolver simultáneamente ambos aspectos, lo que impone otra restricción al problema. A eso se agrega, que su endeudamiento está nominado en una moneda que no emite, el euro. Por lo cual una salida, aunque temporal, del esquema monetario actual no resuelve el problema. Sin darse cuenta, adoptar una moneda común los hizo incurrir en una suerte de pecado original del cual América Latina es el ejemplo paradigmático que presenta un muestrario completo de sus costos asociados.

La experiencia latinoamericana muestra que un mecanismo similar al denominado Plan Brady aplicado a comienzos de los noventa, parece ser la vía apropiada. Este ofrecía un menú de opciones que permitían que cada país adoptara la salida que mejor se adecuara a sus circunstancias. No estigmatizaba a nadie en caso de participar en el mismo. Hubo quienes lo hicieron en situación de cesación de pagos, y otros como Uruguay, para reducir su endeudamiento.

También posibilitó una vía para consolidar el balance de los bancos excesivamente expuestos a la deuda soberana. Su canje por bonos Brady dio la excusa al regulador de permitir su registro contable como fondeo. En otras palabras, eliminó el efecto adverso de su registro en los balances tomando en cuenta su cotización de mercado (mark to market), en momentos de incertidumbre extrema.

Sobre el mecanismo final de la salida al problema europeo aún reinan algunas incertidumbres, pero hay indicios que todo confluye hacia el diseño de un mecanismo totalizador que, con seguridad, contendrá algunos de los principios de estrategias ya probadas.

De todos modos, recién se abandonó la actitud de negación de que esto no podía pasar. Basta recordar que hasta no hace mucho se pensaba que la crisis era un problema de Estados Unidos que salpicaba a Europa. Hoy existe la convicción que se ha instalado en ese continente por merecimientos propios. Y sobre esa realidad se está actuando en una atmósfera enmarañada por la burocracia de la Unión Europea, que enlentece la toma de decisiones, pero que osa dar pasos que hasta poco tiempo atrás parecían estarle vedados.

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