KEVIN HASETT | BLOOMBERG
Esta semana que el Grupo de los Ocho países más industrializados se reúne para hablar de los problemas mundiales, hay una triste verdad a la que es posible apostar: el G-8 seguirá perdiendo el tiempo mientras los países en vías de desarrollo se consumen.
En las últimas décadas se ha logrado un progreso notable en el combate a la pobreza en todo el planeta. Según datos del Banco Mundial, el número de personas extremadamente pobres se redujo a menos de mil millones en 2004 desde unos 1.500 millones en 1981. Estas mejorías son atribuibles a incontables factores positivos, como la propagación del estado de derecho, la caída del comunismo y el cambio tecnológico. No obstante, la tendencia positiva bien podría estar por revertirse por el encarecimiento de los alimentos y la energía.
La pregunta ya no es si el mundo desarrollado necesita tomar medidas urgentemente. Ahora la atención debe centrarse en qué hacer.
Hay retos a corto plazo y a largo plazo. Necesitamos asegurarnos de que la hambruna no se propague rápidamente este año. Asimismo, necesitamos aprobar cambios de política para asegurarnos de que no se requiera ayuda urgente el próximo año y los siguientes.
Los países ricos han respondido bien a lo primero. Pero el poder político de los atrincherados grupos de interés parece destinado a obstaculizar las reformas reales que se requieren.
Una señal de cuán mal andan las cosas a corto plazo fue la urgencia con la que el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, pidió la semana pasada a los miembros del G-8 que aumenten su ayuda a los países en vías de desarrollo.
POBREZA EXTREMA. El encarecimiento de los alimentos y la energía "amenazan con hacer que 100 millones de personas caigan en la pobreza extrema", dijo. Esto "revertiría los progresos logrados en el combate a la pobreza en los últimos siete años", agregó.
La magnitud del problema a corto plazo es clara por la avalancha de recursos que Zoellick piensa que se necesitarían para evitar una catástrofe. Se necesitan US$ 10.000 millones, argumentó, para crear una red de seguridad a corto plazo.
¿Por qué tanto? Según el Banco Mundial, los precios de los alimentos han subido un 83 por ciento desde el 2005, y dicho incremento vuelve a los alimentos requeridos para subsistir prácticamente impagables para demasiadas personas con bajos o escasos ingresos.
En la reunión del Grupo de los Ocho se acordó aumentar la ayuda a corto plazo. De hecho, ya se han tomado muchas medidas encomiables.
En la cumbre de seguridad alimentaria de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación a principios de junio, Estados Unidos prometió US$ 5.000 millones en los próximos dos años para ayudar a países que sufren una escasez de alimentos. Otros importantes donantes durante la cumbre fueron Francia, que prometió US$ 1.500 millones en los próximos cinco años, y el Reino Unido, que prometió US$ 590 millones.
EL PROBLEMA DE FONDO. En conjunto, el Banco Mundial ha recibido promesas por un total de US$ 18.360 millones de países donantes.
Pero la ayuda alimentaria a corto plazo no resolverá el problema de fondo. Los subsidios agrícolas y las barreras comerciales en los países desarrollados han sofocado históricamente el crecimiento del sector agrícola en los países pobres. El problema es especialmente agudo en África, que sería el socio comercial natural de los europeos, obscenamente proteccionistas.
Conforme los precios se han disparado, uno pensaría que los países más pobres se verían beneficiados, ya que tienen la tierra y mano de obra barata requeridas para favorecer una especialización en agricultura. Pero dicha especialización no se ha dado nunca, principalmente, dicen los economistas, por la política proteccionista en el mundo desarrollado.
PRODUCTOS INNEGOCIABLES. Un estudio del Instituto de Asuntos Económicos del Reino Unido mostró que la política agrícola de la Unión Europea ha reducido las exportaciones africanas de productos lácteos más del 90 por ciento, las de ganado casi un 70 por ciento, las de la carne casi un 60 por ciento, las de las cosechas no cerealeras un 50 por ciento y las de granos más del 40 por ciento.
Los elevados precios mundiales de los alimentos solo bajarán si hay una mayor producción. La mayor producción en los países en vías de desarrollo es de poco valor si una cuota considerable de la cosecha es esencialmente no negociable.
Los precios más elevados deberían estimular una ola de inversiones; no obstante, los países pobres se hallan por definición carentes de liquidez. Si el mundo desarrollado anunciara hoy que suspende todas las barreras comerciales -y el fin de sus propios e innecesarios subsidios- a los productos agrícolas, el capital fluiría al mundo en vías de desarrollo con una velocidad y fuerza sin precedente.
Y para el próximo año, uno podría estar seguro de que los precios serían más bajos y la producción mayor.
Esta decisión no tiene posibilidad alguna de tomarse. Los intereses agrícolas atrincherados, especialmente en Europa y Estados Unidos, son demasiado poderosos. Ha habido muchos intentos de hacer algo sobre este conocido problema por decenios, incluso en la llamada Ronda de Doha de negociaciones comerciales multilaterales, que parece estar llegando a su fin. Todos han fracasado.
MUY INCONVENIENTE. Así que ahora que el G-8 se ha reunido para hablar sobre la crisis alimentaria, uno puede esperar que los países miembros se feliciten a sí mismos por la ayuda que prometerán. Pero de nuevo se pasarán por alto las difíciles decisiones y los difíciles cambios de política que se requieren para atender los problemas de largo plazo.
Es demasiado inconveniente para los países ricos deponer la política agrícola vergonzosa y moralmente indefendible a que están acostumbrados.