A mediados del año 2002 el Center for Corporate Citizenship de Boston College completó un proyecto de dos años de duración en el que investigó las posibilidades de desarrollo conjunto de la comunidad y las empresas. Se hizo un seguimiento de seis compañías que brindaron oportunidades económicas —y esperanza— a comunidades de bajos ingresos. Esas corporaciones reconocieron que al darle una mano a las personas carenciadas estaban cultivando clientes y empleados potenciales y, en el fondo, mejorando los resultados de sus balances. Pero entre ellas hubo una excepción que fue Enron.
Una de las tragedias de la caída de Enron es que tiró abajo un esfuerzo de responsabilidad social empresaria verdaderamente muy loable y traicionó la confianza de un público desesperado por creer en sus instituciones, especialmente en los negocios. Enron Investment Partners (EIP) figuraba en la complicada maraña de asociaciones y subsidiarias de la corporación. Sin embargo, EIP no surgió por la codicia corporativa o como resultado de las acrobacias de la contabilidad, sino por un impulso muy humano de ayudar a la gente necesitada.
Esa organización comenzó a funcionar con un grupo de empleados que voluntariamente utilizaron su experticia para apoyar a los pequeños comercios de propiedad de mujeres o de grupos minoritarios que luchan denodadamente por sobrevivir. No les llevó mucho tiempo darse cuenta que esos minúsculos emprendimientos nunca crecerían si no se les inyectaba capital. Esos funcionarios persuadieron a la casa matriz que destinara un fondo de asistencia para ese proyecto. A los dos años de su creación, EIP había canalizado U$S 18 millones para dichos negocios.
EIP era un modelo de cómo la responsabilidad social empresaria puede satisfacer los objetivos de las corporaciones mediante su servicio a causas sociales. Pero, en última instancia, EIP no fue sostenible porque el sistema que lo cobijaba era básicamente defectuoso. Del mismo modo que no sirve de nada un transplante de corazón en un paciente con cáncer terminal, EIP resultó ser un ejercicio inútil, además de un desperdicio de buena voluntad. Aun el órgano más sano no puede vivir en un cuerpo enfermo por más diestro que sea el cirujano. Y la responsabilidad social empresaria no puede subsistir en una organización corrupta pese a que cuente con un programa bien estructurado y que los individuos a cargo del mismo sean honorables.
Cuando la estructura de Enron se desmoronó, quedó expuesto lo peor de la codicia corporativa porque traicionó a sus empleados, traicionó a sus clientes y, al enardecer al público con el preconcepto tan difundido de que no se puede confiar en que las compañías hagan otra cosa que servir sus propios intereses y llenar sus bolsillos, Enron traicionó a toda la comunidad empresaria de Estados Unidos.
Fuente: Traducción libre de una nota de Bradley K. Googins, director ejecutivo del Center for Corporate Citizenship, publicada en Newsday.