JORGE CAUMONT
Radicales de la coalición de izquierda que gobierna al país tildan de neoliberal a la mezcla de políticas macroeconómicas y de largo plazo de la conducción política y de la administración económica. Y están equivocados desde la calificación que usan para el escenario económico hasta su condescendencia con acciones anacrónicas, perdedoras y que traban al progreso de la sociedad. Lo de neoliberal es un eslogan. Es la consabida repetición de algo que busca crear despecho y rechazo en la población. Pero no es algo ni correcto en su definición ni académicamente respetable. Muchos de los que usan el término ni siquiera entienden lo que por él se comprende pues, en realidad, no hay nada que comprender. El neoliberalismo no existe. Está solo en la mente de quienes rechazan al liberalismo y que en lugar de referirse a los liberales, se endilga un prefijo que busca ser despectivo con una orientación económica alejada del estatismo y de la manipulación del individuo y de su accionar. No hemos oído hasta ahora hablar de neoliberalismo político. A lo que se denigra es al liberalismo económico. Los radicales constituyen un grupo que quiere desarrollar acciones perdedoras, porque el liberalismo implica libre empresa y no propiedad colectiva de los medios de producción, que fue lo que llevó a la disolución de la URSS, a la reconversión de buena parte de China y a lo que hoy sigue ahogando a la Cuba de Fidel. Y acciones anacrónicas por la misma razón. Objetivamente, es un grupo que tiene el derecho de opinar pero también la obligación de probar la realidad de los efectos de sus ideas, abandonadas en aquellas partes del mundo, ya no solo occidental, que progresan. Su prédica, sin respaldo de la realidad, no debe ser obstáculo para un desarrollo más rápido del país, como sí lo han sido otras de sus aventuras socializantes hoy superadas que condenaron desde los sesenta a varias generaciones de uruguayos.
RECORDEMOS. No pago de la deuda externa ni interna, nacionalización de actividades consideradas estratégicas por un pequeño grupo con poder de convencimiento de la masa, nacionalización de la banca y del comercio exterior, oposición a la inversión extranjera y otras cosas por el estilo han sido los objetivos fundamentales de los radicales. Otrora, no hace muchos años, apenas tres lustros o menos, los hoy desteñidos objetivos radicales eran compartidos por muchos más. Fundamentalmente, por integrantes de la coalición que gobierna, pero también por algunos representantes de los partidos tradicionales. La realidad, cuando se viera más de cerca por la mayor proximidad a los centros de decisión, ha llevado a un cambio paulatino de la orientación desde una estatista, reguladora, centralista, controladora de la oferta y de la demanda, a otra de mayor apertura. En primer lugar y a pesar que aún se mantienen muchos precios controlados, se fue admitiendo que se deben fijar por el mercado a partir del accionar de la oferta y de la demanda, siempre y cuando no haya ni poderes mono u oligopsónicos ni mono u oligopólicos. Ese reconocimiento dejó afuera la regulación extraordinaria que habrían traído las propuestas de control y manejo de precios, el desiderátum en los sesenta, de los grupos del oficialismo de hoy. Manejar precios, administrarlos y controlarlos habría llevado en aquella época y a sabiendas de sus propulsores, a la planificación centralizada de la producción de bienes y de servicios desde la administración de gobierno. Lo que habría necesariamente desembocado, salvo por las corruptelas y por los mercados negros, en la nacionalización de la producción, en la estatización de los medios de producción. Ayer eso fue imposible porque no gobernaban quienes lo proponían. Hoy eso es imposible porque quienes guían a la coalición electoral, los grupos de mayor peso de acuerdo con la voluntad de la población, han cambiado "radicalmente". Se han puesto en la vereda opuesta de los radicales que siguen pensando que la deuda no se debe pagar, y se han apresurado a pagarla, incluso a los organismos multilaterales de crédito que antes condenaban.
OTROS CAMINOS. Las últimas dos administraciones de gobierno han tomado por los caminos que sus integrantes rechazaban cuando no tenían la responsabilidad de la gestión política y económica del país. Además de mantener la libertad de precios y de respetar el servicio de la deuda pública, hoy se considera que la inflación sí importa, que el comercio exterior debe ser libre y que las exportaciones no deben estar gravadas ni las importaciones soportar impuestos que, aunque todavía altos, las prohíban de hecho. Además, hoy no solo se tolera sino que se brega porque el sistema bancario no sea exclusivamente estatal. Pero si bien el reconocimiento de la superioridad de una economía de mercado respecto a una estatizada ha llegado a la mayoría de las facciones del gobierno, aún hay vestigios del estatismo que existiera y que se quería ampliar. Aunque hay diversos sectores productivos en los que una empresa estatal ha dejado de ser la proveedora monopólica de bienes o servicios, aún permanecen otras con su poder monopólico intacto, lo cual distorsiona el funcionamiento de los sectores a los que abastecen. Hay todavía un afán subrepticio de engrosar los registros de empleados públicos. Aunque se diga lo contrario, una evaluación cuantitativa de los funcionarios públicos marca que su cantidad ha crecido mucho en la administración anterior y en lo que va de ésta. Como también hay una clara tendencia creciente en el gasto público, que se manifiesta desde la salida de la crisis en 2003 como era lógico esperar, pero fundamentalmente desde mediados de 2008, año previo a las internas de los partidos políticos y a las propias elecciones generales de 2009. Esa tendencia, que no implica resultados mejores por unidad de gasto, que será difícil manejar en el futuro ante problemas externos que afecten a la situación interna o debido a problemas propiamente internos, comienza a preocupar de acuerdo con el ajuste todavía expansivo pero menos que antes, del presupuesto para 2012.
TODO CAMBIA. El expresidente Vázquez tenía razón. Todo cambia. Salvo los radicales, estacionados en el tiempo y confundidos ideológicamente pues sus propuestas no igualan oportunidades. Bienvenidos los cambios que en la ideología de la mayoría de la izquierda ha provocado la cercanía al poder. Pero serán más bienvenidos aún que los reconocidos de hecho, que los que han heredado manteniéndolos, también introduzcan sus propios cambios. También reformen al Estado, desmonopolicen las actividades estatales que están vedadas a la competencia privada e introduzcan modificaciones en la política de distribución del ingreso de modo que realmente beneficie, más eficientemente y como debe ser, a quienes lo necesitan para mejorar sus oportunidades hacia el futuro.