Existe una cifra que los economistas ya repetimos como un mantra: la economía uruguaya creció a un ritmo de 1,3% anual en la última década, por debajo del 2% que representa el crecimiento histórico de nuestro país. La discusión se puede ordenar con lo que se conoce como contabilidad del crecimiento: el crecimiento se explica por el aporte de los factores de producción —trabajo y capital— y por las mejoras en la tecnología y en la eficiencia con que se combinan, la productividad total de los factores (PTF).
La teoría agrega otra idea: cada factor cobra según lo que aporta, y por eso el salario real solo puede crecer en forma sostenida al ritmo de la productividad. La negociación puede separarlos en el corto plazo, no en el mediano.
Esta cuenta para Uruguay se ha hecho en varios estudios, con distintas ventanas de tiempo y metodologías. Pero aun con esa heterogeneidad, se pueden rescatar algunas conclusiones en común: nuestra economía ha crecido más por la acumulación de los factores (“transpiración”) que por eficiencia (“inspiración”). La productividad solo dio saltos en episodios puntuales, como la apertura de los años ochenta y noventa o el auge de 2003-2014. Fuera de esos episodios, el residuo se apaga.
La última década fue la prueba, y la cuenta para 2015-2025 es elocuente (tal como lo vemos en el gráfico 1 para la última década): de un crecimiento de 1,3% anual, la acumulación de capital explica entre 0,9 y 1,2 puntos, el empleo cerca de 0,4, y la productividad, nada. Uruguay creció a fuerza de transpiración, y en buena medida por un solo ciclo de inversión, el de la segunda planta de celulosa y su ferrocarril. Para comparar: en el ciclo completo anterior (la otra barra considera en el gráfico 1), de 1998 a 2014, la productividad aportaba cerca de un punto por año.
¿Por qué crecemos poco? ¿Fue el mundo?
En una economía pequeña y abierta, producir requiere comprar afuera maquinaria, insumos y energía. Cuando entran divisas en abundancia, las empresas trabajan a plena capacidad e invierten en mejoras; cuando escasean, las plantas quedan subutilizadas y la productividad medida cae, aunque nadie haya olvidado cómo producir. El profesor y economista chileno Juan Eduardo Coeymans estudió esta relación y propuso medir esa holgura externa, es decir, cuánto puede importar un país con lo que exporta, recibe y le prestan, para separar la productividad que llega de afuera de la que se genera adentro. Aplicado a Uruguay, su indicador explica bien el auge: entre 2008 y 2014 la holgura fue excepcional, y la productividad brilló con ella, en parte porque se midió como eficiencia lo que era viento de cola. Entre 2015 y 2019 cayó y desde 2020 volvió a niveles altos, con muy buenos términos de intercambio. La holgura volvió, pero la productividad no. El freno ya no está afuera.
Si el crecimiento sale de tres fuentes, más capital, más trabajo y más productividad, la pregunta de cómo volver al 2% tiene pocas respuestas. El trabajo casi no va a aportar, porque la población en edad de trabajar crece poco. Queda la inversión o la productividad. Si la productividad sigue sin aportar, habría que invertir entre 20% y 23% del producto todos los años, contra 16% de hoy, un nivel que Uruguay solo alcanzó mientras se construían las plantas de celulosa. Con una productividad como la del ciclo anterior, en cambio, alcanzaría con lo que se invierte hoy. Más inversión ayuda, pero sin productividad el camino al 2% es cuesta arriba.
El reparto confirma el diagnóstico. Según estimaciones propias para 2016-2024, la participación de los salarios en el valor agregado se mantuvo estable hasta 2020 (ver gráfico 4), cayó unos tres puntos en 2021 y 2022 y luego se recuperó, hasta ubicarse en 2024 algo por encima de su nivel de partida (considerar ECH con datos de seguimiento, adecuado para temas de mercado de trabajo). La caída coincide con el convenio puente de los Consejos de Salarios, que tras la pandemia priorizó el empleo sobre el salario, y con una inflación y unos precios de exportación que subieron más de lo previsto. En el saldo, el salario se movió cerca de la productividad, como predice la teoría, con un leve sesgo hacia el trabajo en los últimos años. Los Consejos de Salarios fijan el ritmo, pero no el techo. El problema es que acompañó a una productividad que no crece, y en el mediano plazo ninguna negociación puede repartir lo que la economía no genera por eficiencia.
¿Dónde buscar la productividad?
Uruguay ya cosechó varios saltos de productividad: la apertura de los noventa, el auge de los commodities y los grandes proyectos de inversión. Cada uno elevó el nivel, pero ninguno cambió el ritmo. Ahora asoma otro: el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, que se aplica en forma provisional desde mayo. La apertura uruguaya está lejos de haberse agotado. El desafío es que esta vez el salto se convierta en un piso más alto, y eso depende en buena medida de lo que pase dentro de las empresas.
Desde PwC realizamos para ANDE un estudio sobre productividad, disponible públicamente, cuyas conclusiones apuntan a dos niveles. En lo macro, el problema es de transmisión: Uruguay no carece de empresas en la frontera, pero lo que ellas saben hacer no se difunde al resto. Entre 2008 y 2022, la productividad laboral de las grandes creció 4,2% anual, contra 2,3% en las pequeñas y 1,7% en las medianas. Y esto se traduce en lo que vemos en el grafico 5: mientras que en 2008, las empresas chicas producían por trabajador un 31% de lo que producían las grandes, en 2022 eso se redujo al 24%. Y algo similar con las medianas. En lo micro, el problema es de absorción: muchas pequeñas y medianas empresas no tienen la gestión ni las capacidades para incorporar tecnologías que ya existen.
El país tiene una institucionalidad densa y camino recorrido: instrumentos de innovación que, según las evaluaciones disponibles, mejoran a las empresas que acceden a ellos, y experiencias de extensión, universitaria y tecnológica, sobre las que se puede construir. Con recursos públicos escasos, la política debe concentrarse en fallas de mercado concretas, como el conocimiento que una empresa no puede apropiarse sola o la coordinación que nadie organiza, y ser muy precisa en el diagnóstico: qué empresas, en qué sectores, con qué instrumento. A eso se pueden sumar políticas de estímulo a la ciencia y de atracción de talento, que amplíen la base de capacidades del país. Sin esa inspiración, el país seguirá eligiendo entre invertir como en tiempos de grandes proyectos o crecer al 1%, y discutiendo cada año cómo repartir una torta que no crece.
-Economista Ramón Pampín, Manager en PwC.