La concreción de la iniciativa China de fundar el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura marca un hito histórico hacia la conformación de una nueva arquitectura financiera internacional.
Su sede residirá en Beijing, su capital inicial de 50.000 millones de dólares fue duplicado dado el interés suscitado, y lo que es más importante, su paquete accionario fue abierto a todos los países desarrollados. El poder de voto estará relacionado al tamaño del PIB de cada accionista.
La realidad mostró que corrieron presurosos a ser nominados como socios fundadores países como Alemania, Francia, y hasta el propio Reino Unido quien lista siempre como aliado natural de Estados Unidos en materia de política económica internacional. A la lista se han agregado otras naciones aliadas como Australia, Corea y Taiwán. Por tanto, del concierto asiático de naciones solo resta un Japón dubitativo ante las presiones del Presidente Obama
Las implicancias políticas y económicas de esta nueva realidad trascienden su ámbito geográfico, para convertirse en los nuevos mojones del devenir financiero internacional.
Bretton Woods.
A partir de 1971, cuando el Presidente Nixon decretó la inconvertibilidad del dólar respecto al oro, comenzó el lento declinar de la institucionalidad creada después de la segunda guerra. Crisis de diversa índole expusieron las flaquezas del Fondo Monetario como custodio de la estabilidad financiera. En tanto el Banco Mundial, después de haber ayudado exitosamente a la reconstrucción europea, comenzó a navegar sin rumbo aparente ante la complejidad de los temas del crecimiento y la diversidad de situaciones.
Pero por encima de ambas realidades, dice hasta hoy presente el predominio político que ejerce su accionista mayoritario, léase Estados Unidos y sus aliados europeos, hecho que corresponde a una correlación de fuerzas económicas que feneció hace tiempo. Basta recordar que a mediados de la década del cuarenta, India era todavía una colonia y China una nación aun sumida en una larga guerra civil. El resto de las naciones emergentes tal como hoy las conocemos, eran irrelevantes en lo económico. Hoy esa realidad ha cambiado, siendo este nuevo conjunto de naciones las que hoy explican, en una ruta ascendente, más del 40 por ciento del Producto Bruto mundial. A pesar de algunos ajustes recientes en la estructura del paquete accionario de ambas instituciones reconociendo esta nueva realidad, aun continúa el predominio de sus fundadores. Basta recordar que el presidente del Banco Mundial, por una regla no escrita pero operativa, es de nacionalidad norteamericana, en tanto el director gerente del FMI es europeo.
Para reforzar el malestar entre el conjunto de las naciones emergentes, la gobernanza peculiar de esas instituciones se tiñe muchas veces de las posturas provinciales del Congreso de su accionista mayoritario, Estados Unidos. Es así que, como ejemplo, vale citar las dificultades perennes que aplican para ampliar el capital esas instituciones ante el descreimiento de su rol en la estabilización financiera o la promoción de crecimiento económico.
De manera inesperada, la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura ha mostrado que el liderazgo político de Estados Unidos ha sufrido una nueva mella. Entre sus grandes aliados internaciones sólo Japón ha sido hasta el momento permeable a sus presiones para no integrarlo, con la excusa de que tiene dudas sobre la gobernabilidad de la nueva institución, pero no sobre la pertinencia de sus objetivos. Pero es muy probable que sea solo una cuestión de tiempo, antes de dar el paso de convertirse en su accionista.
Este juego que recién empieza, puede tener como resultado que apure las negociaciones del acuerdo comercial del Trans-Pacífico liderado por Estados Unidos, en el cual casi todas las naciones de la cuenca del Pacífico, excepto China pero incluyendo a Japón, integrarán un espacio económico equivalente a casi la mitad del Producto Bruto mundial. Ya hubo anuncios que al Presidente Obama el Congreso le otorgaría la facultad especial de culminar las negociaciones respectivas (fast track) antes de fin de año.
Ambos eventos son en realidad piedras fundamentales de un nuevo orden económico y financiero que se va adaptando a las circunstancias, que tomará tiempo en plasmarse definitivamente pero que irá derribando inexorablemente la institucionalidad heredada de Bretton Woods tal como la conocemos.
Infraestructura.
Lo que fue el motivo fundacional del Banco Mundial se fue abandonando en el tiempo. A la financiación de inversión en infraestructura física, su marco de operaciones rotó hacia programas más conectados hacia temas sociales, incluidos la educación y la salud. De esa misma tónica también fueron participes los bancos regionales, entre ellos el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Asiático de Inversiones, donde también Estados Unidos y Japón detentan mayoría accionaria entre ambos. Uno de los supuestos de tal postura es que el sector público sería capaz de por sí de financiar y ejecutar las obras de infraestructura necesarias. Pero la realidad los desmintió. Tanto Asia como América Latina presentan un déficit en todo tipo de infraestructura que estrangula los aumentos de productividad necesarios.
Por otro lado, el mundo continuará inundado de liquidez por un buen lapso, la mayoría de los accionistas del nuevo banco de inversiones en infraestructura tienen una cuantiosa disponibilidad de reservas que es necesario reciclar buscando hacerlo con el mejor destino. China es el ejemplo típico, pero son varios que a otra escala se encuentran en situación similar.
Hacia otra realidad.
Sin duda en estos escenarios se mezclarán la geopolítica en su dimensión verdadera, los temas provinciales y las necesidades reales de sociedades que presentan déficit importantes en materia de infraestructura.
De todo ello devendrán estructuras institucionales y financieras que harán su marcha en el camino del acierto y el error. Pero de lo que no habrá duda es que estamos en un codo del camino que nos llevará hacia una nueva arquitectura financiera internacional, más acompasada con la realidad económica y política del mundo. Y si estamos en lo cierto, debemos reconocer —aunque nos pese como latinoamericanos— que ese partido se dilucidará en un tablero donde seremos cuasi espectadores. Los jugadores serán los países desarrollados y el mundo emergente asiático. Lo cual no implica mantener una actitud prescindente, máxime cuando de naciones pequeñas se trata. Para ello basta recordar que Uruguay fue miembro fundador de las organizaciones de Bretton Woods.
CARLOS STENERI