Análisis

El futuro del Mercosur, una luz de esperanza

Nada es para siempre, como dice la canción; y el inservible, pero dañino mamarracho en que se convirtió el Mercosur, —no el original que volvería de sus cenizas—, parece tener fecha de expiración.

Sede del Mercosur en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra.
Foto: Nicolás Pereyra.

En Brasil, no solamente el Presidente electo y su equipo están dando señales de que quieren un cambio sustancial, argumentando de manera muy parecida a Uruguay, sino también algunos sectores que no participan de sus ideas políticas. Tanto Marina Silva, (izquierda ecologista) como el lobby empresarial paulista (Fiesp), son contestes en pedir el fin del acuerdo tal como lo conocemos.

Del lado argentino, ciertamente no tengo tan claro el pensamiento, aunque debería presumirse que iría en una línea parecida. No lo puedo afirmar, porque en ese país, lamentablemente, nunca se sabe cómo terminan las acciones reales y los mismos actores suelen dar giros copernicanos. El condicional de mi afirmación radica en el hecho que tampoco me resulta del todo clara la dirección de Brasil, ya que hay contradicciones en el discurso.

Por la apertura.

El Mercosur es de las zonas del mundo más cerradas, sus acuerdos comerciales con socios extrazona son pocos y marginales, cuando no testimoniales o políticos. Abrir la región es tarea imperiosa si realmente queremos ver progreso de largo plazo. La actual realidad nos muestra con crudeza lo que algunos decíamos acerca del espejismo que significaban los altos precios de las materias primas, junto a tasas de interés reales negativas. Hoy, apenas en circunstancias más normales, —no bajo las extremas negativas de la segunda mitad de los 90 hasta mediados de 2003—, estamos en retroceso o estancados y sin un horizonte de desarrollo claro. De hecho, pareciera que estamos contemplando lo que sucede en el mundo y le pedimos que nos bendiga nuevamente.

Hoy la región parece estar pronta, porque Brasil parece estarlo, para volver a lo que nunca debió abandonar, una mera zona de libre comercio donde se establecen preferencias aduaneras entre sus miembros, pero ello no obsta a que cada uno acuerde con quien quiera y pueda en el mundo, las mismas o mayores concesiones aduaneras. Nos quitaríamos así nuestro "chaleco de fuerza" que significa una Unión Aduanera que, por cierto, no sólo es muy imperfecta sino que se convirtió en algo político sin más sentido práctico que "la amistad" de algunos a costa del atraso de todos.

Terminar, al menos por un buen tiempo, con el usual "escape hacia adelante" que el bloque hace, creando una "comisión de alto nivel" como solución cada vez que aparece un problema, no sería poca cosa. Tales comisiones teóricamente hacen sentido, pero en los hechos, lo usual es que Argentina y Brasil violen desde el momento cero el compromiso. Dejar estas actividades nos liberará recursos, humanos fundamentalmente, pero también materiales, para hacer lo que debemos hacer, o sea negociar con otros sin que sea una inútil gimnasia donde desde antes de empezar ya sabemos que perderemos el tiempo. Personalmente recuerdo muchas de las reuniones y negociaciones, discusiones donde reíamos para no llorar, en especial cuando se acordó lo que pomposamente se denominó "el pequeño Maastricht", un acuerdo fuera de las posibilidades reales de cumplir por Argentina y Brasil en esa época. Si al acuerdo europeo lo violaron bajo el control de Alemania, el mercosuriano con incumplidores contumaces que, además, en ciertos casos, se jactan de ello (somos unos vivos bárbaros), ¿qué destino podría tener?

Libre comercio.

El Tratado nunca debió dejar de ser lo que fue el propósito original: comercial. Se transformó en cualquier cosa. Hemos perdido ya más de 20 años, llegó la hora de comenzar a recorrer el camino perdido. Nuestras autoridades debieran tomar la iniciativa desde ya en cambiar la regla u obtener las dispensas del caso, y así emprender una ambiciosa agenda de negociaciones con el fin de lograr rápidamente acuerdos de comercio con el mundo. La Alianza de Pacífico, Corea del Sur y Canadá podría ser un auspicioso e inmediato comienzo. También se quedaría libre para rebajar de manera unilateral aranceles, al menos en donde lo precisamos para competir, evitando los regímenes de excepción (TIC, maquinarias, materias primas). La competitividad del país también está en ello.

Tener acuerdos de comercio, aunque sean parciales con China, en productos donde nuestros competidores ya tienen, equivale a no pagar impuestos para entrar a ese mercado. Eso implica mayor precio para el exportador y, como consecuencia, mayor precio al productor (en caso que sea diferente). Su efecto es similar al de una devaluación de la moneda local, sin los efectos negativos que aquella trae consigo. Es como devaluar sin devaluar.

Para bailar el tango se precisan dos. Hacer acuerdos comerciales requiere voluntad, al menos, bilateral, en un mundo donde los nacionalismos han retornado. No es lo mismo hoy que hace 10 años, el tren bala pasó y ni saludamos en el andén. De todos modos, hay muchas oportunidades ya que la actual ola proteccionista en nada compara a lo que el mundo padeció décadas atrás.

Es más, la crisis de fines de 2008 no muchos años antes hubiera desatado un espiral de tarifas aduaneras, intentos de cuasi autarquías y, probablemente, devaluaciones competitivas, como ya vivió el mundo. Afortunadamente quienes lideraban el mundo en ese momento estuvieron a la altura de las circunstancias, aprendieron de los errores del pasado y no los reiteraron.

Parece que el momento es ahora, aprovechémoslo de una buena vez. Está en manos del gobierno, también en este tema, como tantos otros, no esperar a marzo 2020 para comenzar la tarea.

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