El surgimiento de una agenda paralela a la del MEF

Ante una coyuntura compleja, lo único que no se necesita es echar más leña al fuego de la rigidez laboral y del desequilibrio fiscal o más impuestos.

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El discurso y las acciones emprendidas desde el Ministerio de Economía en el primer año del gobierno permiten concluir que, más allá de las dificultades y de las restricciones que siempre vienen desde la política, se mantienen las grandes líneas que han caracterizado a la política económica en nuestro país, más allá del gobierno de turno.

Es lógico que, con la alternancia en el gobierno de los dos bloques en que se divide nuestro sistema político, los sucesores introduzcan ajustes y modificaciones en medidas y políticas que promovieron los antecesores.

El ruido que suelen generar esos cambios por parte de ambos bandos, por lo general excede la magnitud de las modificaciones en cuestión, porque en realidad no hay grandes diferencias entre unos y otros, más allá de los énfasis propios de sus respectivas filosofías.

Además, el liderazgo de la agenda que parece tener el MEF, también parece recibir el mayor respaldo desde la Torre Ejecutiva. Lo que da para estar tranquilos.

Sin embargo, con el correr del primer año de este gobierno, se ha dado una situación inusual: desde filas del gobierno o cercanas o afines a él, se han venido planteando propuestas que no calzan con aquellas grandes líneas.

El ex legislador Ope Pasquet hizo una lista, el 19 de febrero en la red social X, enumerando esas iniciativas. Una, la más notoria, el impuesto del 1% sobre el patrimonio del 1% más rico, ridícula por considerar rico a quien tiene un millón de devaluados dólares y absurda por resultar confiscatoria, dados los rendimientos del capital. Esta propuesta fue relativizada por el presidente del FA quien afirmó que se debatirá, pero no se aplicará en este período de gobierno. Dos, la reducción de la jornada laboral, presumiblemente manteniendo el ingreso (lo que implicaría un considerable aumento real del salario que se trasladaría en el enero siguiente a las jubilaciones) y sin tener en cuenta al valor de la productividad marginal del trabajo. Tres, la pretendida ratificación, impulsada por el MTSS y que no requiere la firma del MEF, del convenio 158 de la OIT (que provenga de ésta, no es garantía de calidad) por el cual ante un despido se requiere causa justa y preaviso, además de ser recurrible. Cuatro, la jubilación a los 55 años en la construcción.

Pero sólo tres días después apareció la frutilla de la torta. El 22 de febrero, en entrevista publicada en El Observador, el coordinador del Diálogo Social (DS) y funcionario de la OPP, economista Hugo Bai, que dejó en claro que hablaba en representación del gobierno, desgranó los contenidos del DS.

Allí explicó detalladamente en qué consisten los cuatro bloques temáticos que forman parte de él: la protección a la infancia, el sistema de cuidados, la protección a los activos y el régimen de jubilaciones y pensiones.

Debo dejar constancia de mi coincidencia con algunos de los objetivos perseguidos por el DS. Por ejemplo, destaco la necesidad de que nuestra matriz de protección social incluya a los compatriotas que trabajan en la informalidad, pues dicha matriz es buena para los que estamos “en blanco” pero no llega debidamente a los que no lo están. También concuerdo en la conveniencia de que se centralice y focalice lo mejor posible el gasto social.

Lo peligroso del DS va por otro lado. Primero, se menciona que las propuestas resulten “lo más vinculantes (que sea) posible”, o sea, que generen la obligación de aplicarlas. Segundo, varias propuestas requieren financiamiento y éste hoy no está. En el ámbito de las transferencias, se propone crear un seguro de cuidados para adultos mayores y un nuevo tributo como el IRPF para financiarlo. Pero en otros casos no se explicitan fuentes de financiamiento, sino que se expresa que en futuras rendiciones de cuentas “pueden aparecer recursos” (previsiblemente más impuestos).

Pero lo peor del caso consiste en que, una vez puesto al moño al paquete, ¿cómo se lo frena? Habrá salido del gobierno, será lo más vinculante posible…

También son problemáticas algunas de las propuestas concretas. Veamos dos ejemplos. Uno, se propone volver a bajar a los 60 años la edad de retiro, y operar con las tasas de remplazo los incentivos para permanecer en actividad hasta los 65, teniendo en cuenta las desigualdades en la historia laboral. En declaraciones realizadas sólo tres días después de la entrevista, el coordinador del DS sostuvo que el retiro más temprano que a los 65 años debe ser la excepción y no la regla. ¿En qué quedamos? Dos, sacar de las AFAP las cuentas de ahorro previsional y que ellas sólo se ocupen de invertir y rentabilizar los ahorros. Aparentemente se trata de abaratar el costo del sistema. ¿No será mejor ampliar el menú de instrumentos en los que las AFAP puedan invertir de modo de “rentabilizar los ahorros”, como ellas mismas han planteado?

Desconozco si el MEF ha estado al tanto del proceso del DS y si es consciente de lo que se le viene. Porque me queda la impresión de que se trata de una suerte de “agenda paralela” a la suya. Y, lo más importante: veamos las consecuencias de una agenda como la referida.

Primero, en el corto plazo. Todos conocemos la coyuntura: el déficit fiscal está arriba de lo previsto, los ingresos crecen más despacio (por el menor crecimiento económico y la menor inflación) y los gastos son rígidos a la baja; el empleo, sin estacionalidad, baja desde el máximo de julio pasado y se acumulan casos notorios de paradas de producción y envíos al seguro de paro o despidos; el país está muy caro por razones micro y macro y no parece que ello vaya a cambiar en el futuro previsible. Con ese telón de fondo, lo único que no se necesita es echar más leña al fuego de la rigidez laboral y del desequilibrio fiscal o más impuestos.

Segundo, en el mediano y largo plazos. El menú planteado en esta suerte de agenda paralela o alternativa le pega de lleno a nuestro problema principal, que es la escasa tasa de crecimiento a largo plazo de la economía. Además, vuelve a cargar la hoja del “Debe”, dejando, cada vez más sola en la del “Haber”, a la institucionalidad de la que tanto nos preciamos y que tantas satisfacciones nos da. ¿Seguirá alcanzando con esto?

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