El nuevo mapa del optimismo

| La confianza determina si los consumidores se animan a gastar y si las compañías se deciden a invertir

Propiedad casi exclusiva de Occidente en los últimos cuatro siglos, la idea de prosperidad material parece estar mudándose a otras latitudes: con el ascenso de potencias como China, India y Brasil, los países emergentes son hoy el nuevo polo de la esperanza, la tierra de oportunidades que, según las encuestas, despierta mayores expectativas de un futuro mejor.

Esperanza es una de las palabras utilizadas con mayor exceso en la vida pública, en competencia con "cambio". Pero tiene una gran importancia. Los políticos prestan cuidadosa atención a los indicadores de vía correcta/vía incorrecta. La confianza determina si los consumidores gastan y si las compañías invierten. El "poder del pensamiento positivo", como señaló Norman Vincent Peale, es enorme.

Durante los últimos 400 años, Occidente ha disfrutado de una ventaja comparativa respecto del resto del mundo en lo que se refiere a optimismo. Y no es que haya estado libre de una brutalidad atroz. La búsqueda de la utopía puede sacar tanto lo peor como lo mejor de la humanidad. Pero la noción de que la condición humana era susceptible de mejora continua se compadecía mejor con el materialismo científico occidental que, digamos, con el sistema de castas de la India o la servidumbre de Rusia.

Ahora la esperanza está en movimiento. Según el Centro de Investigaciones Pew, de Estados Unidos, alrededor del 87% de los chinos, el 50% de los brasileños y el 45% de los indios creen que su país va en el sentido correcto, mientras que 31% de los británicos, 30% de los estadounidenses y 26% y de los franceses piensan lo mismo. Mientras tanto, las compañías están invirtiendo en los "mercados emergentes", y dejando de lado el mundo desarrollado. "Jóvenes, vayan al este", parece ser la convocatoria del siglo XXI.

LA DESESPERACIÓN. El creciente pesimismo de Occidente está remodelando la vida política. Dos años después de la asunción de Barack Obama, llena de esperanzas, el ánimo en Washington está en su punto más bajo desde que Jimmy Carter sostuviera que Estados Unidos estaba sufriendo de un "mal". El sueño de los demócratas de que el país estuviera al borde de un renacimiento liberal al estilo de la década de los sesenta se hundió en las recientes elecciones de mitad de período. Pero los republicanos no están precisamente esperanzados: su credo se inclina por la ira y el resentimiento, en vez del optimismo reaganiano.

Mientras tanto, Europa ha visto protestas masivas, algunas de ellas violentas. Si los países de la periferia de la Unión Europea están mal no es como para sorprenderse, pero hay pesimismo también en su centro más exitoso. El libro de más venta en Alemania, escrito por Thilo Sarrazín, se llama Alemania se liquida sola, una jeremiada acerca del "hecho" de que las mujeres menos capaces (en particular las musulmanas) tiene más hijos que sus hermanas más brillantes.

La explicación inmediata de esta asimetría es la crisis económica, que no solo ha socavado la confianza de los occidentales en el sistema que construyeron, sino que también ha ensanchado la brecha entre economías maduras y emergentes. China y la India están creciendo a tasas del 10% y el 9%, respectivamente, comparado con el 3% de Estados Unidos y 2% de Europa. Las tasas de desempleo de muchos países europeos son vergonzosas, aún medidas por sus mediocres estándares: el 41% de los españoles jóvenes está desocupado, por ejemplo. Y la gran máquina de crear empleo estadounidense se ha trabado: uno de cada diez está desocupado y más de un millón puede haber dejado de buscar trabajo. Pero el cambio es aún más profundo, ya que alcanza a los sueños que dieron impulso a Occidente.

Durante gran parte de su historia, Estados Unidos mantuvo su promesa de dar a sus ciudadanos buenas oportunidades de vivir mejor que sus padres. Pero ahora, menos de la mitad de los estadounidenses cree que el nivel de vida de sus hijos será mejor que el suyo. La experiencia los ha hecho pesimistas: el ingreso del trabajador medio ha estado más o menos estancado desde mediados de los setenta y gracias a una combinación de fracaso educativo y desaparición de puestos de trabajos de nivel intermedio, la movilidad social se ubica entre las más bajas del mundo rico.

Los sueños europeos son distintos, pero igual de importantes para las esperanzas de un futuro pacífico y próspero. Tienen dos formas: una Unión Europea cada vez más profunda (que elimine el nacionalismo) y Estados de bienestar social cada vez más generosos (que ofrezcan seguridad). Con la posibilidad de que algunos países abandonen la zona euro y ante la evidencia de gobiernos que se hunden bajo el peso de planes sociales imposibles de sostener al envejecer sus poblaciones y reducirse el número de sus trabajadores, esas nociones felices se están evaporando.

En el mundo emergente, mientras tanto, no están discutiendo sobre jubilaciones, sino construyendo universidades. La población universitaria china se ha cuadruplicado en las dos últimas décadas. Compañías de primer nivel mundial, como Infosys, de la India, y Huawei, de China, están superando a sus competidores del mundo desarrollado.

El ascenso del pensamiento positivo en el mundo emergente es algo saludable, en no menor medida porque cuestiona el statu quo. Nandan Nilekani, de Infosys, señala que el mayor logro de su compañía no es producir tecnología sino redefinir los límites de lo posible. Si la gente en otros países toma esas ideas en serio, le harán la vida incómoda a los gerontócratas de China y Arabia Saudita.

Pero también hay peligros. El optimismo puede convertirse fácilmente en exuberancia irracional: los precios de los activos en algunos mercados emergentes han subido demasiado. Y existe el peligro de una reacción occidental. A menos que los países en desarrollo comiencen a asumir con seriedad su responsabilidad por la seguridad global, los estadounidenses y europeos pueden comenzar a preguntarse por qué harían las veces de policías del mundo a fin de mantener abiertos los mercados si son otros los que se hacen ricos.

En cuanto al pesimismo de los occidentales, tiene su utilidad. Hay un creciente reconocimiento de que el viejo mundo rico no puede dar su prosperidad por sentada, que será alcanzada por potencias con mayor apetito si no resuelve sus problemas estructurales. Los estadounidenses están comenzando a aceptar que su país debe volverse menos derrochador. Los europeos están advirtiendo que necesitan hacer más ágiles e innovadoras a sus economías. Ambos están comenzando a tratar esta crisis como la oportunidad que es.

Tampoco deben los occidentales exagerar la desesperanza, porque el surgimiento de nuevas grandes potencias también los beneficiará a ellos. Es cierto que para sus gobiernos será más difícil controlar al resto del mundo, que sus propiedades más deseables estarán cada vez más en manos de extranjeros; que sus hijos tendrán que esforzarse más para tener buenos empleos en una economía cada vez más globalizada. Pero el número creciente de indios, chinos y brasileños que tienen recursos suficientes para comprar sus productos y servicios ayudará a prosperar a sus propias compañías. Los países que proveyeron a Occidente de trabajadores también lo proveerán de clientes, y cada vez más.

En Occidente puede no parecerlo, pero en muchos sentidos, éste es el mejor de los tiempos. Cientos de millones de personas están saliendo de la pobreza. Internet da a gente común acceso a información que ni siquiera el estudioso más privilegiado podría haber soñado con tener a su alcance hace pocos años. Los avances médicos están dominando ciertas enfermedades y extendiendo la vida. Durante gran parte de la historia de la humanidad, solo unos pocos privilegiados hubiesen podido esperar que el futuro fuese mejor que el presente. Hoy las masas en todas partes pueden esperarlo. Eso, sin duda, es motivo de optimismo.

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