El Mercosur en crisis

Carlos Steneri | Desde Washington DC

Una vez más, la última reunión del Consejo de Ministros y Jefes de Estado del Mercosur discurrió más en el plano de la retórica que en la búsqueda seria de mecanismos para garantizar la eliminación de asimetrías, en particular en lo que hace a sus socios más pequeños. Eso quedó de manifiesto en el carácter de mini cumbres latinoamericanas en que se han plasmado este tipo de eventos, donde la irrupción de Venezuela distrae al agregar elementos a la agenda ajenos a la esencia misma del Tratado de Asunción. Como si no hubiera temas pendientes importantes por resolver, se agrega ahora una impronta política de agenda imprevisible salvo la propuesta de proyectos faraónicos que no condicen con las urgencias a resolver del momento.

Por otro lado, no hay vocación genuina de resolver las asimetrías que el Mercosur genera sobre las economías más pequeñas. Días atrás, quedó demostrado que lo poco que Brasil propone en la materia es bloqueado en parte por Argentina, sin que surjan alternativas. En definitiva, una vez más queda patente que el bloque nació para resolver los temas comerciales bilaterales entre ambos países, quedando Uruguay y Paraguay como furgones de cola en ese proceso. La consecuencia práctica de esa concepción, es que los países más pequeños después de dos décadas, constatan que tienen bloqueado, de manera directa o indirecta, el desarrollo de su capacidad exportadora hacia los países grandes del bloque.

LAS ASIMETRÍAS. Una mirada a vuelo de pájaro sobre el acontecer de los últimos veinte años muestra que los socios mayoritarios, y en particular Brasil, son quienes más han profundizado las exportaciones con alto valor agregado hacia la región. La industria automovilística y los artículos de línea blanca son de los ejemplos más elocuentes. Lo mismo ocurre con numerosos insumos industriales. En definitiva, en este caso el arancel externo común ha servido como plataforma para potenciar el desarrollo de esas actividades en los socios más grandes, dejando a la vera de ese proceso a los más pequeños. Habría que reconocer que ese proceso hubiera sido ineludible aun sin el Tratado de Asunción, pero la teoría económica muestra que el acuerdo de comercio promocionó ese proceso, descargando sus costos sobre los socios menores bajo la forma de desvío de comercio. En otras palabras, compramos más caros productos que el resto del mundo oferta más baratos.

Por detrás de la fachada visible montada por los escalones arancelarios y sus excepciones, han existido y existen otros elementos de efectos más potentes que distorsionan totalmente lo que se negocia sobre la mesa. Y aquí se abre un amplio abanico donde vale la pena repasar sus aspectos más relevantes.

El primero refiere a la falta de reglas, o su desconocimiento, para coordinar políticas macroeconómicas, en particular la política cambiaria. Hechos recientes ligados con los orígenes de nuestra crisis del 2002 son un ejemplo clásico que nos debe llevar a la reflexión profunda. Los socios mayores del bloque durante la segunda mitad de los noventa usaron el instrumento cambiario como forma de frenar sus presiones inflacionarias domésticas.

El resultado fue una apreciación de sus monedas, con desequilibrios fiscales no resueltos, lo que produjo a su vez una expansión de sus consumos domésticos, y por tanto de la demanda de exportaciones desde la región. En 1999, Brasil de manera sorpresiva devaluó su moneda comenzando un efecto de arrastre que sumió en crisis al resto de la región. En este caso, Uruguay recibió el impacto doble de una caída dramática de sus exportaciones hacia la región y los elementos necesarios para detonarle una crisis bancaria sin parangón. Los costos para Uruguay de estos sucesos se potenciaron indudablemente al engancharse en profundidad sin diversificar destinos de exportación, en un acuerdo comercial que todavía no tiene reglas de cumplimiento estricto en materia macroeconómica y cambiaria entre sus socios.

Es así que Argentina instrumenta hoy una política "activa" de tipo de cambio real alto para favorecer las exportaciones y control de precios para mantener a raya la inflación. La consecuencia práctica es que subsidia sus exportaciones vía tipo de cambio, y en particular aquellas que utilizan insumos sujetos a controles de precio o impuestos a su exportación. Podría decirse que el subsidio corre parejo para todos, pero en esencia es una distorsión al comercio que se potencia cuando se aplica en un ámbito cerrado como el Mercosur. En tanto, Brasil aplica una política monetaria ortodoxa que conlleva a un fortalecimiento de su moneda, lo cual confecciona un mapa cambiario atípico para un esquema de integración. Parece que una vez más, olvidamos los pasos en paralelo dados por la Unión Europea durante su proceso de integración y previos a la creación del Euro: hacer flotar sus monedas dentro de una banda cambiaria estricta y exigir pautas fiscales convergentes.

En definitiva, con este estado de inestabilidad latente en el diseño de las políticas macroeconómicas intra regionales por la falta de reglas, se lesiona de un plumazo todo lo acordado en materia arancelaria.

A eso se agrega una segunda familia de distorsiones ligadas con formas promocionales encubiertas de tipo administrativo a nivel de estados, o la aplicación de medidas para arancelarias que distorsionan corrientes comerciales de productos importantes como el arroz.

Sobre este estado de cosas ha venido operando el Mercosur desde sus inicios, no apareciendo aún fórmulas que desactiven este atolladero. Lo que sucede es que fue montado sobre visiones distintas, todas legítimas desde el punto de vista nacional, pero que en su promedio nos hacen navegar a contramarcha. En esa visión conjunta priman los intereses de los países más grandes.

LOS PALIATIVOS. La oferta brasileña presentada para compensar asimetrías es insuficiente pues no ataca las raíces propias del problema que enfrentan los países más pequeños del bloque. Aun su parte medular, basada en reducir significativamente el requisito de origen sobre las exportaciones de Uruguay y Paraguay fue desechada desde el inicio por Argentina. Por otro lado, la propuesta de aplicar mayoritariamente en Uruguay los recursos del Fondo de Convergencia Estructural, cuyo tamaño es de 100 millones de dólares, tiene más de caricatura que de propuesta efectiva para barrer asimetrías.

La miopía de la propuesta descansa en visiones diferentes del proceso de integración, que de seguir así generará un endurecimiento de las posiciones que llevará a antagonismos estériles y de difícil marcha atrás.

MIRANDO HACIA ADELANTE. No somos optimistas acerca de que los países grandes del bloque puedan desprenderse de sus visiones y expectativas sobre la dinámica del proceso de integración. La historia muestra que sobre todas las cosas en materia del bloque regional opera un binomio Brasil-Argentina que derrama sobre el resto de la región el peso de sus decisiones, que estarán casi siempre en función de sus intereses nacionales. Derribar esas conductas es improbable, pues son necesarias otras coordenadas políticas que no tienen convalidación histórica.

Pero también creemos que hay una hendija de oportunidad que va en línea con sus intereses nacionales: la existencia de naciones vecinas, aunque pequeñas, saludables en lo económico y estables en lo político.

Hoy por hoy, y por lo que se proyecta en el corto plazo, el Mercosur no es el mecanismo idóneo para hacer que países del tamaño y las características de Uruguay puedan realizar su máximo potencial. Todos en el bloque somos exportadores netos de casi lo mismo, lo cual es caldo de cultivo para el imperio de trabas arancelarias. Cuando de importaciones industriales se trata, el desvío de comercio que aplica el arancel externo común es significativo y favorable a Brasil.

Por tanto, es necesario insistir en la autorización para negociar bilateralmente el acceso a mercados de terceros países, pues a la larga descomprime una fuente permanente de rozamientos.

Sin duda que las resistencias a esta postura, cualquiera fuera su origen, está divorciada de toda lógica económica. Para los países mayores del bloque pueden operar visiones estratégicas que no son las nuestras, abroquelando a los países en agrupamientos que ellos mismos piensan liderar en negociaciones con terceros.

Para nuestro país esa opción implica auto encerrarnos y de alguna manera perder soberanía económica. Su resultado es lesionar nuestro potencial de crecimiento y el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestra población.

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