El primer trimestre de 2026 encuentra al mercado laboral uruguayo en un momento incómodo. El Índice Mensual de Actividad Económica del Banco Central, que registró tasas de hasta 7% a mediados de 2024, cerró 2025 convergiendo hacia cero y tocó terreno negativo en enero de 2026. La economía no está en crisis, pero el impulso que sostuvo la mejora del empleo durante 2024 se ha agotado. La tasa de empleo, que alcanzó el 60,0% en noviembre de 2025, retrocedió a 59,3% en marzo de 2026. Tal como lo muestra el gráfico 1, las tasas de crecimiento de la actividad y del empleo se fueron desacelerando a lo largo de 2025.
Hay además una condicionante estructural que no solo se refleja desde la demanda de trabajo: la tasa de actividad lleva más de dos años oscilando en un rango de apenas un punto porcentual, entre 63,8% y 64,7%. Esa estabilidad podría ser un techo. No parece existir una reserva significativa de personas dispuestas a ingresar al mercado si las condiciones mejoran.
Lo que muestran los microdatos
La comparación entre los promedios anuales de 2024 y 2025, procesados a partir de los microdatos de la ECH del INE, convive con ese diagnóstico. La tasa de empleo subió de 59,0% a 59,7%, la tasa de actividad, de 64,3% a 64,5%, y la tasa de desempleo bajó de 8,2% a 7,5%. Son mejoras reales, aunque modestas. El promedio anual además esconde la dinámica intra-anual: 2025 arrancó estancado, la recuperación llegó en el segundo semestre, y los primeros meses de 2026 ya muestran agotamiento.
Más relevante es lo que los promedios ocultan al desagregarlos. El mercado laboral uruguayo no es uno solo: es la superposición de realidades distintas según la edad, el nivel educativo y la calidad del empleo. Los números generales orientan, los desagregados revelan las tensiones que los promedios esconden. Para ello se procesaron los microdatos de la ECH de acuerdo a tramos de edad y nivel educativo, entre otras características, para las principales variables del mercado de trabajo como la tasa de empleo (generando el gráfico 2), la tasa de actividad (generando el grafico 3) y la tasa de desempleo (generando el grafico 4).
Los jóvenes: alta desocupación y entrada precaria
El tramo de 14 a 24 años concentra los indicadores más preocupantes. En 2025, apenas el 32,7% de los jóvenes estaba ocupado (se puede ver en el gráfico 2 que desagrega la tasa de empleo por estratos de edad), menos de la mitad de ese tramo de edad sale a ofrecer su trabajo (gráfico 3), y alcanzan una tasa de desempleo del 24,5% (gráfico 4): uno de cada cuatro que buscaba trabajo no lo encontraba. La mejora respecto a 2024 —cuando el desempleo juvenil era de 26,3%— es real pero insuficiente. Cuando la tasa general ronda el 7,5% y la juvenil la triplica, el problema trasciende el ciclo económico.
La informalidad (gráfico 5) en este grupo alcanzó el 30,2% en 2025: tres de cada diez jóvenes que trabajan lo hacen sin aportes jubilatorios, sin cobertura de salud, sin los derechos de un empleo registrado. Es la antesala de trayectorias precarias que se extienden más allá de la juventud. El sector informal actúa como válvula de absorción de quienes no logran cruzar las barreras del mercado formal, barreras que los jóvenes enfrentan de manera desproporcionada.
El núcleo activo: alta ocupación, informalidad persistente
Los tramos de 25 a 54 años muestran el comportamiento esperado de un mercado maduro: tasas de empleo entre 82,6% y 88,2% (gráfico 2), desempleos entre 8,0% y 3,7% (gráfico 4). Pero casi uno de cada cinco trabajadores de este núcleo carece de cobertura de seguridad social (gráfico 5): la informalidad ronda el 18,6% en el grupo de 25 a 34, baja al 16,8% entre los de 35 a 44 y vuelve al 19% para el de 45 a 54.
Los trabajadores mayores: salida anticipada
A partir de los 55 años la dinámica cambia. En el tramo de 60 a 64, la ocupación cae al 52,2% (gráfico 2) y la actividad al 53,9% (gráfico 3): la caída en la tasa de actividad —más que en la de desempleo— indica personas que han dejado de buscar trabajo, no que fracasan buscándolo. En el tramo de 65 y más, solo el 14,9% está ocupado, y quienes trabajan lo hacen con una informalidad (gráfico 5) del 54,5%, la más alta de todos los tramos. La alta informalidad en los extremos del ciclo vital —jóvenes que no empiezan a aportar y adultos mayores que no terminaron de acumular— es una presión silenciosa sobre el sistema previsional, en un país que envejece a un ritmo que la política pública no termina de procesar.
La brecha que no cierra: educación, ingresos e informalidad
Si la edad estructura el acceso al empleo, la educación determina cuánto se gana y en qué condiciones. Los datos de asalariados privados de 2025 lo confirman. En ingresos —los provenientes por el trabajo[CL1] — (ver gráfico 6), la escala es pronunciada: mediana de $30.000 para quienes no completaron[CL2] el ciclo básico; $33.000 con ciclo básico completo o secundaria incompleta; $37.308 con secundaria completa o terciaria incompleta; y $66.000 entre los universitarios. Completar una carrera más que duplica el ingreso mediano.
La educación también define si se trabaja con derechos o sin ellos. La informalidad cae progresivamente desde el 18,6% entre quienes no completaron el ciclo básico hasta apenas el 3,5% entre los universitarios. Un trabajador sin ciclo básico completo tiene cinco veces más probabilidades de estar en la informalidad que uno con título universitario. La educación no es solo la puerta a mejores salarios, es también la llave al empleo formal.
Conclusión: ¿Qué señalan estos datos?
Tres lecturas emergen que van más allá de la coyuntura.
La primera: el desempleo juvenil y la informalidad temprana son el problema más persistente del mercado laboral uruguayo, y el que menos ha respondido a los ciclos favorables. Una desocupación del 24,5% con informalidad del 30% configura un punto de entrada que hipoteca trayectorias.
La segunda: el retorno de la educación opera en dos planos —más ingresos y más formalidad— y la brecha entre niveles de ingresos es suficientemente grande como para que reducir la deserción en los niveles medio y terciario sea, además de un objetivo educativo, una política de ingresos y de reducción de la desigualdad con efectos que perduran toda la vida laboral.
La tercera: el mercado laboral llega a 2026 con una economía que pierde impulso, oferta laboral estancada y brechas estructurales que el débil crecimiento de la economía uruguaya parecería no cerrar. Y que acumula costos que se pagarán más adelante.
Los números agregados pueden tranquilizar, o no. Los desagregados, obligan a mirar con más atención y a un mercado laboral que tiene mayores externalidades hacia la sociedad uruguaya.
-El autor, Economista Ramón Pampín, es Manager en PwC