PAUL KRUGMAN | DESDE NUEVA YORK
Esta es la situación. Hemos pasado por la segunda peor crisis financiera en la historia del mundo y apenas empezamos a recuperarnos: veintinueve millones de estadounidenses no pueden encontrar empleo o uno de tiempo completo. No obstante, se perdió todo el impulso para una reforma bancaria seria. La interrogante ahora parece ser si tendremos una iniciativa de ley suavizada o ni siquiera eso. Y odio decir esto, pero la segunda opción empieza a parecer preferible.
El problema, sin sorprender demasiado, está en el Senado y, principalmente aunque no en su totalidad, en los republicanos. La Cámara de Representantes ya aprobó una ley de reforma bastante fuerte, más o menos parecida a lo que propuso el gobierno de Obama y el Senado, probablemente, podría hacer lo mismo si operara bajo el principio de mayoría. Sin embargo, no es así, y cuando se combina la oposición republicana casi universal a una reforma seria con demócratas vacilantes, las perspectivas son sombrías.
¿Cómo llegamos a este punto? ¿Y los defensores de la reforma deberían aceptar los compromisos que todavía podrían producir algún tipo de iniciativa de ley?
Muchos oponentes a la versión de la reforma bancaria de la Cámara presentan su posición como una de principios. Los republicanos de la Cámara, al presentar su propuesta alternativa , dijeron que terminarían con los excesos bancarios introduciendo la "disciplina de mercado"; básicamente, prometiendo no rescatar a los bancos en el futuro.
Sin embargo, eso es una fantasía. Entre otras cosas, a la hora de la verdad, los gobiernos siempre terminan por rescatar a las instituciones financieras claves. En términos más generales, depender de la magia del mercado para mantener seguros a los bancos siempre ha sido un camino al desastre. Hasta Adam Smith supo eso: puede haber sido el padre de la economía de libre mercado, pero argumentó que la regulación bancaria era tan necesaria como los códigos de incendios para los edificios urbanos, y pidió una prohibición a la versión del siglo XVIII de los préstamos de alto riesgo con intereses elevados. Y la lección se ha confirmado una y otra vez, desde el pánico en 1873 hasta Islandia en la actualidad.
Sospecho que hasta los republicanos, muy en el fondo, entienden la necesidad de una reforma verdadera. Sin embargo, su estrategia de oponerse a todo lo que proponga el gobierno, junto con el atractivo de los dólares del sector financiero -en diciembre, algunos de los principales dirigentes republicanos se agruparon con lobbistas bancarios para coordinar sus campañas en contra de la reforma- han vencido a todas las demás consideraciones.
Dicho esto, se podría, sólo posiblemente, persuadir a algunos republicanos para unirse a una versión muy debilitada de la reforma, en particular una que elimine un puntal clave de las propuestas del gobierno de Obama como lo es la creación de un organismo de protección al consumidor fuerte e independiente. ¿Deberían los demócratas aceptar semejante reforma diluida?
Yo digo que no.
Hay momentos en los que incluso una reforma altamente imperfecta es mucho mejor que nada; es el caso de la atención de la salud. Sin embargo, la reforma financiera es diferente. Se puede revisar una iniciativa de ley sanitaria imperfecta a la luz de la experiencia, y si los demócratas aprueban el plan actual habrá presión constante para mejorarla. En cambio, una reforma financiera débil, en contraste, no se probaría hasta la siguiente gran crisis. Todo lo que haría, sería crear un sentido de seguridad y una tapadera para los políticos que se oponen a cualquier acción seria; y, después, fracasar en el cierre.
Mejor, entonces, en lugar de tomar una posición hay que poner en un aprieto a los enemigos de la reforma. Por todos los medios resaltemos la disputa por la propuesta de un Organismo de Protección al Consumidor Financiero.
¿Es importante que un organismo independiente proporcione esta protección? Debe ser, o los lobbistas no estarían haciendo campaña con tanto ahínco para evitar su creación.
Y no es difícil ver el porqué. Algunos han argumentado que el trabajo de proteger a los consumidores lo puede y debería hacer la Reserva Federal o -como en un compromiso que a estas alturas parece improbable- una unidad dentro del Departamento del Tesoro. Sin embargo, hay que recordar que no hace tanto Greenspan fue gobernador de la Reserva Federal y John Snow, secretario del Tesoro. Caso cerrado. La única forma en la que los consumidores estarán protegidos bajo futuros gobiernos antirregulatorios -y, créanme, dado el poder del lobby financiero, los habrá- es si hay un organismo cuya única razón de ser, sea vigilar los abusos bancarios.
Entonces, en resumen, es tiempo de establecer límites. No tener una reforma, junto con una campaña para nombrar y avergonzar a la gente responsable, es mejor que una superficial que solamente encubra la falta de acción. THE NEW YORK TIMES