Isaac Alfie
Es usual que en economías como la nuestra se hable recurrentemente acerca de la evolución del tipo de cambio. En general las personas comentan lo que se observa fácilmente, o sea el valor nominal de cotización de determinada moneda, usualmente el dólar. Lo cierto es que, si bien importante, el "valor de pizarra" normalmente no constituye un indicador acabado de casi nada, siendo meramente el reflejo de su escasez (o abundancia) relativa en determinado momento, de un bien donde las curvas de oferta y demanda pueden tener bruscos movimientos de corto plazo. Es por ello que sobre el mismo precio se construye como indicador más afinado para comparar el valor relativo de las monedas, el llamado tipo de cambio real (TRC) que consiste en ajustar, desde determinado momento base, los valores nominales de cotización en función del diferencial (*) entre las variaciones de precios internacional y doméstica.
Haciendo un poco más complejo el análisis, y tomando a la moneda nacional como base, este indicador no debe tomarse únicamente vis a vis contra una moneda extranjera (el dólar), sino contra una canasta de monedas que pondere adecuadamente el flujo comercial de bienes y servicios del país con el exterior. Como el lector advertirá, la base de ponderación variará entonces período a período. Por último el valor hallado para el indicador, si bien mejor que la mera cotización, se ve "afectado" de manera dinámica por el diferencial entre la evolución de la productividad de las economías. Así, partiendo de una situación de equilibrio, si los precios domésticos crecen al 5% anual y la productividad al 6%, en tanto en el exterior los precios suben al 2% y la productividad al 3%, el tipo de cambio nominal no debería modificarse.
Si bien la inclusión de todos los factores reseñados permiten tener una medida más adecuada del indicador en cuestión, existen sin embargo otros factores de fondo que no se pueden medir, al menos fácilmente, y son decisivos en determinados momentos ya que cambian radicalmente una economía y por tanto tomar como base el pasado deja de tener sentido. A vía de ejemplo, la apertura de la economía al comercio internacional, la desregulación y apertura a la competencia de sectores claves de infraestructura o servicios tales como las comunicaciones, la energía y los combustibles, representan saltos de gigante hacia "otro estadio" de desarrollo y capacidad de competir que el mero indicador de TCR no puede recoger.
Dejando de lado estos dos últimos factores, el diferencial en la evolución de la productividad y las reformas estructurales de fondo y removedoras, es común que la medición del TCR sea asimilada a un indicador de competitividad, y a ésta se la suela confundir con rentabilidad, para lo que como veremos, deben cumplirse determinados supuestos para ser cierto y en general suele no serlo.
De la estadística oficial que publica mensualmente el BCU, se infiere que el índice de TCR (**) está en un nivel 125, con base 100 en el promedio de 2000. El tema es que la base podría no ser la adecuada, ya que por aquella época se solían escuchar los lamentos por un significativo "atraso cambiario". De todas maneras la cifra, 25% superior no luce mal. Otra cuestión es que como se dijo la base de ponderación cambia año a año, en este caso a favor de la extra-región y el citado promedio tiene notorias disparidades según la parte del mundo con la que nos comparemos. Estamos bastante más complicados en la sub-región que fuera de ella, en especial por el "beneficio" que nos depara la apreciación del euro frente al dólar, estando nosotros en el área de influencia de este último. Dentro de la región la situación es radicalmente distinta frente a Argentina que a Brasil. Estos factores sesgan el valor del TCR hacia mejor en función de los cambios operados en el comercio exterior a partir de 2003.
Más allá de toda especulación, simplificando y con todas las limitaciones que hemos expresado, si medimos el TCR bilateral con Estados Unidos nos encontramos hoy en un valor del entorno al promedio enero 1985 - marzo 2007, incluyendo dentro del mismo el prolongado período de apreciación cambiaria regional de los noventa. A su vez, y en una apreciación más fina de las cosas debemos tomar en cuenta el tipo de bienes que exportamos y por dónde han crecido las ventas al exterior. Lamentablemente, la información que al respecto nos muestra la Cámara de Industrias, a través de su Departamento de Estudios Económicos, es que las exportaciones son en porcentajes muy importantes de bajo valor agregado en cuanto a mano de obra y conocimiento refiere. Por tanto, y reconociendo que la reducida dimensión del mercado local y en especial la falta de acceso de largo plazo a mercados externos estables y predecibles explican parte de ello, también debemos pensar que seguramente la productividad de nuestra industria no es la adecuada para elaborar ese tipo de bienes.
ÚNICO SOSTÉN. Usualmente se confunden los conceptos de competitividad y rentabilidad. El primero de ellos se mide por la evolución de los costos relativos entre el país y el exterior expresados en una moneda común, en tanto la rentabilidad nos dice meramente si, a los precios y costos vigentes, hay empresas dispuestas a ofertar determinados bienes y servicios en el mercado.
En base a ello, es claro que la rentabilidad puede mejorar o empeorar de manera independiente de la evolución de la competitividad. Algo de eso está pasando ahora. Los salarios medidos en dólares corrientes han crecido, en promedio, al 20% anual durante los últimos dos años y en el presente lo harán por encima del 10%; casi 60% en tres años. De la misma manera el resto de los costos internos en bienes que no se comercializan internacionalmente así como los servicios, crecen a tasas parecidas. Cualquiera comprende que es una situación insostenible, porque seguramente en el resto del mundo esto no pasa. De hecho en Estados Unidos y Europa el crecimiento de los salarios apenas supera el 5% y en Asia son menores aún.
La explicación es la misma que para tantas cosas que hoy por hoy se observan; los precios internacionales de los principales bienes vendidos por el país (de origen agrícola y con poca transformación) están en la estratosfera y el promedio de las llamadas commodities alimenticias ha crecido más de 100% medido en dólares en los últimos dos años. Es obvio que esto soporta el aumento de costos muy por encima del resto del mundo, y hasta en parte lo explica, con la consiguiente pérdida de competitividad reseñada, sin afectar la rentabilidad, es más es posible que ésta haya crecido. Pero no debe llamarnos a engaño que "no pasa nada", ni que estamos en buena situación competitiva.
El riesgo es nuevamente en este caso, como en tantos otros, que nuestro único sostén son precios internacionales con escasos antecedentes históricos y por ende transitorios. Apenas los mismos vuelvan a valores más normales, ciertas actividades pueden literalmente "desaparecer" en tres meses.
BURBUJA. No es novedad que la "plata dulce" ha vuelto al Río de la Plata, aunque esta vez no sólo se instaló en esta zona del mundo, sino en la casi totalidad de los mercados emergentes. Las bajas tasas de interés a nivel internacional, tanto en valores absolutos como, más importante, en términos reales, aunado a los ya señalados precios muy por encima de las tendencias históricas, hace que los capitales fluyan para este lado del mundo, con lo cual es difícil que el dólar no se abarate, al menos de manera relativa frente a los precios en su conjunto, mucho más si el sector público sigue generando déficit fiscales y recurre a traer dólares desde el exterior para financiarlo. Esto trae una bonanza temporal, la baja del dólar genera euforia de consumo, mejora el salario, reduce la pobreza, suben las exportaciones e importaciones, entre éstas en especial las de bienes de consumo duradero, etc. Todo el ciclo positivo, sabido y vivido, pero tan real como que es una situación pasajera. El gobierno disfruta de la misma, como cualquier otro lo haría en un contexto donde los indicadores mejoran solos con el mero expediente de "dejar todo lo más quieto posible", sin necesidad de hacer cambios o tomar medidas. La burbuja en algún momento se desinfla, para evitar que "reviente", hay que tomar medidas que deben dirigirse a preservar la competitividad olvidando la rentabilidad de corto plazo, cosa que por cierto hasta el momento, desafortunadamente, no se ha hecho. El fin no parece cercano, pero como todo es seguro, cuanto más tiempo nos anticipemos, mejor pasaremos los tiempos por venir.