OPINIÓN

La coalición, entre el amor y el espanto

¿Cuál puede llegar a ser el común denominador, en materia de políticas públicas, entre liberales no fanáticos, social demócratas y peronistas?

Foto: Pixabay
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A lo largo de los últimos años me referí, desde este espacio, a la necesaria agenda de reformas pendientes, que el gobierno resultante de la elección de 2019 debería acometer. Entre las numerosas columnas dedicadas a ese tema, la del 1° de abril del año pasado, titulada “Es posible lograr consensos: agenda del próximo gobierno”, incluyó una lista exhaustiva de las reformas necesarias. Fue elaborada cuando no era posible prever el resultado de las elecciones que había por delante y por lo tanto, independientemente del resultado que de ellas derivara, ya que se trata de las reformas que desde mi punto de vista necesita el país.

A vuelo de pájaro, aquella agenda incluía a: la enseñanza pública; la infraestructura; la inserción internacional; la sostenibilidad fiscal y su regla, así como la atenuación de la endogeneidad del gasto público; un presupuesto que no subiera el gasto; una nueva gobernanza en las empresas estatales; una reforma previsional; una reforma laboral; y reformas pro competitividad en el sector no transable.

Naturalmente, para llevar adelante semejante agenda se requiere de un gobierno convencido de su necesidad y de una mayoría parlamentaria que la respalde. Y allí es donde empiezan los problemas, en la medida en que las dos coaliciones alternativas que existen en nuestro escenario político, están integradas por partidos y sectores más y menos reformistas. Es evidente que, en los 15 años anteriores, si hubiera sido por Astori y los sectores socialdemócratas del FA, se habrían llevado adelante mejores políticas públicas, lo que fue impedido por los bloques retrógrados (ver el diccionario para no ofenderse).

Algo parecido ya se vislumbra tras los primeros meses de gestión en el actual período de gobierno.

Es notorio que la intención del presidente Lacalle Pou con relación al mercado de los combustibles quedó diluida por obra y gracia de algunos de sus socios en el gobierno. También se han planteado discrepancias en la coalición con relación al tratamiento de las licencias por enfermedad en el sector público, que parece un tema menor, pero resulta un test muy útil sobre cómo piensa cada quién y hasta dónde está dispuesto a llegar con las reformas.

Por otro lado, es legítimo preguntarse qué resultará de la reforma de la seguridad social si (por ejemplo) el partido Cabildo Abierto se niega a incluir a la Caja Militar. ¿Se aprobará de todos modos excluyéndola o quedará por el camino? Así, podemos plantearnos dudas sobre otras de las reformas que el presidente quiera impulsar.

Ni qué hablar de la reciente coincidencia acerca de limitar la propiedad de la tierra por parte de extranjeros, entre el Frente (que en sus 15 años llevó la extranjerización a niveles récord) y Cabildo Abierto. Se trata de una iniciativa que se da de frente con la filosofía del Gobierno que ese nuevo partido integra y de una señal muy negativa para los mercados y los inversores que el Gobierno pretende convocar.

Esos ejemplos muestran que, al igual que ocurre en la coalición Frente Amplio, en esta Coalición Republicana (como la ha llamado Pancho Faig, también columnista de este periódico) hay diferencias enormes en materia de ideas, de filosofía, de visión de la economía y la sociedad. Grosso modo, la mitad de ella corresponde al Partido Nacional (que es liberal pero no fanático); un cuarto al eje social demócrata Colorado-Independiente; y otro cuarto al Partido Cabildo Abierto, cuyo líder comparte intelectual de cabecera con el Papa Francisco (¿peronismo uruguayo?).

Parafraseando a Borges, a esta coalición la unió más el espanto (a que el Frente Amplio siguiera en el gobierno) de lo que la une el amor (a un denominador común de ideas y propuestas). El espanto puede ser útil para ganar elecciones, pero para gobernar provechosamente se requiere de amor. ¿Cuál puede llegar a ser el común denominador, en materia de políticas públicas, entre liberales no fanáticos, social demócratas y peronistas?

Como bien ha señalado el columnista aludido, es evidente que no hay una tercera vía posible y que se está de un lado o se está del otro. Esto debería jugar a favor de una cierta affectio societatis en la Coalición Republicana. Pero si el conflicto ideológico se vuelve relevante, puede conducir a la inacción, a más años de lucro cesante, como en los gobiernos segundo y tercero del FA. O, alternativamente, a la aprobación de reformas licuadas, resultado de promediar ideas buenas y malas o ideas buenas pero diluidas (¿lo de los combustibles es una peligrosa sinopsis de lo que puede venir?).

Esto último puede dar lugar al peor de los escenarios para el gobierno, el Partido Nacional y el presidente Lacalle Pou a la hora de la evaluación y del juicio ciudadano sobre su gestión. Por un lado, habrán tenido un discurso realmente reformista, pero, por otro lado, no se tendrán los efectos plenos de medidas que en definitiva habrán resultado diluidas. Los tontos de siempre dirán que una vez más el neoliberalismo habrá fracasado cuando en la realidad de liberalismo habrá habido muy poco.

Como sucede con los medicamentos, las políticas deben aplicarse en las dosis adecuadas, no diluidas, y tampoco mezcladas con otras, que generen los efectos contrarios.

Ojalá que el presidente, que mostró un arte sin par a la hora de tejer los apoyos necesarios para llegar al gobierno, tenga la misma capacidad para alinear a la coalición que lidera, hacia la concreción de las mejores políticas.

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