ALEJO RIVAS DE VECCHI
Saltan al vacío desde laderas, cerros o cualquier otra altura con borde abrupto. Usan alas delta, parapentes y otros dispositivos para volar libremente. Una vez en el aire, dependen sólo del viento, el sol, una estructura de tela y de sus conocimientos de aerodinámica para disfrutar de la experiencia inigualable del vuelo y para volver sanos y salvos a tierra firme.
Desde sus orígenes, el hombre ha querido imitar a los pájaros; el "vuelo libre" es lo más cercano que ha llegado hasta ahora. En Uruguay se practican dos modalidades tripuladas de vuelo libre: el ala delta y el parapente.
El vuelo en esta última máquina es un deporte cuyo nombre proviene del término "paracaidismo de pendiente". Para practicarlo se usa un ala no rígida, como planeador, de la que cuelga el piloto sentado en una "silla" diseñada a propósito.
El ala delta es también un deporte de vuelo libre; la aeronave que se utiliza consiste en una estructura rígida o semi-rígida. Las más usadas son las alas "flexibles" compuestas de caños de aleación de aluminio o fibras de carbono, a las que se fijan una vela o tela hecha con materiales plásticos (Dacron, Mylar, Matrix, etc.) de alta resistencia a los esfuerzos y erosión y al deterioro producido por el plegado y la luz solar. Las alas rígidas están construidas sobre una estructura más elaborada, son más caras y complicadas de transportar, se usan muy poco en todo el mundo, y en Uruguay, nada.
PENDIENTES POPULARES. Uno de los lugares de vuelo más populares es la ladera sureste de Punta Ballena. Los pilotos aprovechan allí la virazón, el viento del sureste típico de las tardes de verano en la costa uruguaya. Ricardo Rouco, uno de los pioneros, vuela desde hace 27 años. "En Uruguay somos unos 40, entre aladeltistas y parapentistas, aunque yo vuelo los dos. Me gusta el parapente por debajo de los veinte nudos de viento y el ala delta con vientos más fuertes", explicó.
Cualquier época del año es buena para volar; en invierno está la ventaja de un aire más denso que facilita la sustentación, pero en verano las corrientes térmicas son más consistentes y se puede subir más. "Hace un mes y medio hice un vuelo de 102 kilómetros, desde la Sierra de Caracoles hasta La Paloma. Llegué a 10 mil pies, nunca habíamos subido en Uruguay a esa altura", comenta Rouco con una sonrisa satisfecha.
La Sierra de las Animas es otra de las alturas populares para practicar el parapente, aunque de una forma diferente. Allí no hay mujeres en bikini que admiren la destreza en el aire, no hay autos llamativos, ni cámaras de televisión. La carretera no llega hasta el despegue y hay que subir al cerro a pie, por un camino hecho hace 75 años por unos aventureros que decidieron crear un Mirador Nacional, del que quedan sólo algunos vestigios. Es el modo de volar que prefiere Octavio Romano, instructor de parapente y operador del parque Paseo de la Sierra de las Animas. "Para mí el vuelo empieza cuando me pongo la mochila en los hombros, desde el camino, cuando se siente la incertidumbre de si al llegar a la cima se darán las condiciones necesarias para el vuelo. Las charlas con los amigos y con el ambiente natural en la caminata, son también parte del vuelo en parapente".
Y dice la verdad. Después de más de una hora de subida y otro tanto de espera, bajamos el cerro sin haber visto más vuelo que el de los cuervos, ciertamente envidiados por los parapentistas. "No siempre se vuela —reconoció Octavio a la vuelta— pero la experiencia de la montaña es la que hace que nunca sea tiempo perdido".
EL INICIO. Todos los pilotos coinciden en que el primer paso para empezar a volar es un curso, que lleva unas 20 sesiones prácticas y 20 teóricas y, para parapente, cuesta aproximadamente 300 dólares. Una vez que uno aprende, puede tomar una decisión calificada acerca del equipo a comprar, que puede ir desde unos 500 dólares, para un ala usada de ocasión, y llegar hasta cifras muy abultadas si se pretende tener la última y mejor aeronave en su tipo. Aunque en Uruguay las exigencias aún no son muy estrictas, se precisa tener licencia para volar estas alas, igual que en el resto del mundo. Es un deporte seguro si se lo practica bien, pero puede ser fatal cuando no se cuenta con la habilidad necesaria; por eso los responsables de los sitios de vuelo, y los propios habitués, se preocupan en asegurarse de que quien despegue tenga las condiciones para hacerlo en forma segura. "Un accidente te quema un sitio —dice Octavio—. Ya nunca vuelve a ser el mismo lugar para nadie".
Tardes ventosas, cielos claros, firmes conocimientos de aerodinámica y un ala de vuelo libre, es todo lo que se precisa hoy en día para lograr lo más cercano que el hombre ha estado nunca al vuelo de los pájaros.
SIERRA DE LAS ANIMAS: PASEO IMPERDIBLE
No sólo para volar va la gente a la Sierra de las Animas, los visitantes van a pasar el día, a veces se corren competencias como la Eco Challenge, y se experimenta un ambiente natural ciertamente especial. Andrea Miranda está encargada de manejar el área protegida de El Paseo Sierra de las Animas, que está en una propiedad privada protegida ecológicamente por sus actuales operadores. Por eso se permite el paso a los visitantes que estén de acuerdo en cuidar el área como ellos lo hacen, los fines de semana. "Es un camino de montaña, —explica Andrea— la gente viene aquí a hacer senderismo, a caminar. Hay dos destinos posibles: uno es la cumbre del cerro de las Animas, que es el ex Mirador Nacional, donde habían puesto, en 1930, un mástil con nuestra bandera. Hoy quedan sólo ruinas de las construcciones auxiliares. Se llega hasta allí por lo que queda del camino que se abrió para construir el Mirador".
Para poder hacer la caminata, hay que traer comida, agua, frutas, y buen calzado, botas de montaña o championes de suela gruesa con medias, protección solar y vestimenta adecuada a la estación. La mitad del trayecto es bajo galerías de vegetación indígena y la otra mitad es sobre las cumbres.
El otro destino es uno de los arroyos, el llamado "Cañadón de los espejos", que es una de las quebradas de la Sierra de las Animas donde se junta el agua de lluvia, formándose un arroyo que tiene ocho piscinas, tres de ellas escalonadas. Al otro lado de la sierra, luego de un camino de muchos quilómetros, están los llamados "pozos azules"; allí hay una sola piscina y ninguna cascada. El cañadón de los espejos es más cercano, una hora y media de camino, más fácil de acceder, y mucho más bonito.
La recomendación de los conocedores es visitar uno de estos dos destinos y volver en el día. Si uno quisiera pasar la noche en el sitio, debe volver a la entrada donde hay un área reservada para camping, pero que, por el alto riesgo de incendio, no está habilitada en enero.
CÓMO FUNCIONAN
Tanto con un ala delta como con un parapente sin motor, se despega desde una ladera, generalmente de borde abrupto, a la que el viento llega de frente. La corriente de aire pega en el borde y se eleva, produciendo entonces un flujo ascendente que aprovechan los pilotos para despegar y ganar altura. Una vez que ha sido usada al máximo esa corriente ascendente, el aeronauta planea buscando corrientes térmicas. Estas son la esencia y el motor del vuelo a vela; se producen cuando se calienta una masa de aire y, al resultar más ligera que el circundante, comienza a elevarse. La idea es, entonces, ganar altura en una térmica y planear hasta encontrar otra. Se puede viajar así más de 300 kilómetros.
También se puede despegar desde el llano utilizando un vehículo que remolque al piloto y su aeronave, en ese caso el vuelo dependerá de la posibilidad de encontrar corrientes térmicas o efectos dinámicos que se produzcan en alguna formación con respecto al viento.