RELATOS

Los viajes de economía y arquitectura: una aventura que marca para toda la vida

Venden rifas y hacen amigos que se vuelven familia. Pasan en camionetas o en carpas, y sus rutinas se miden en destinos y aventuras.

Grupo del Viaje de Arquitectura de 2015. Foto: Juan Carlos Turban
Camilo (i) junto a su padre y a su grupo del Viaje de Arquitectura de 2015. Foto: Juan Carlos Turban

Para irse, hay que parar todo. Hay que cortar la rutina, el trabajo y dejar lejos a los seres queridos por meses. “Cuando salís de Uruguay, quedás como en una realidad paralela, y la masa que dejaste (tu familia, tus amigos) se sigue moviendo, pero vos, cuando volvés, estás en el mismo punto que cuando te fuiste. Corrés atrás en un montón de cosas, pero lo vale”, explica Camilo (31, izquierda en foto principal). Hizo el viaje de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (Fadu) en 2015, y en ese momento, nada era más importante. Aunque tuvo la suerte de que en su trabajo lo esperaban.

Cuando volvió, estaba en el mismo punto de su rutina que dejó. Tuvo que reencarar la carrera para terminar, recibirse y darse un chapuzón en el estanque. Pero también, reconoce, cuando aterrizó, lo hizo completamente diferente: “Me cambió la vida”.

Viaje de Arquitectura 2015. Foto: Juan Carlos Turban
La mayor parte del trayecto del viaje de Arquitectura se vive en carpas y en camionetas. Foto: Juan Carlos Turban

Cada año, cerca de 300 alumnos de la Fadu y unos 500 de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración (Fcea) —la cifra ha ido en aumento, en los ochenta rondaban los 75 viajantes con acompañantes incluidos—, recorren el mundo. Viven las aventuras de sus vidas durmiendo en carpas, en camionetas o en motorhome. Comparten saltos al aire, viajes en globos aerostáticos y vistas a paisajes imponentes. También hay inconvenientes, días de pasar frío y otros de calores extremos, situaciones que al vivirlas asustan o incomodan, pero que se transforman en anécdotas de risas y de nostalgias. Sobre sus historias, sobre el día a día en el mundo y las enseñanzas, Domingo habló con siete viajeros. 

1986

En la familia de Alejandro (60), la arquitectura viene en la sangre. O algo parecido. “Mis padres hicieron el viaje en 1958 y, un dato curioso, dicen que me concibieron en París”, comenta Alejandro, arquitecto, y docente en la Fadu. En el 2014 fue uno de los profesores referentes del viaje.

Alejandro en su viaje por el mundo de 1986
Alejandro en su viaje por el mundo de 1986. A la derecha, la camioneta que compraron en Bruselas. Fotos: cortesía Alejandro Falkenstein

Hay algo que Alejandro tiene claro: “El viaje te completa como persona y como arquitecto. Eso me lo decían mis padres, que no dejara de hacer el viaje, porque por tu cuenta no es igual que en el grupo”. Así que en 1986 les hizo caso, y se fue por el mundo, que en aquel entonces era Cuba, México, Estados Unidos y Europa. Él y su grupo se unieron en Estados Unidos.

“Fue un viaje particular, porque el dólar no estaba tan fuerte, además, en nuestra camioneta todos repartíamos el presupuesto con acompañantes, así que fue bastante más acotado”, cuenta. Por lo general, el grupo del viaje de Arquitectura se divide en subgrupos, que comparten una camioneta alquilada. En su caso eran nueve, y decidieron comprar una en Bruselas. La revisó uno de los viajeros que tenía nociones de mecánica y, como no tenía aire acondicionado, iban con las puertas abiertas y ataban al asiento al que quedaba más expuesto, para que si se dormía, no cayera en las curvas.

La base de su grupo era la organización. Por un lado, cada uno tenía designado un día en el que se encargaba de hacer las compras, cocinar y limpiar. Pero también organizaban la dormida, que por lo general era en camping. Hubo un par de noches que alquilaron un hotel en Francia y se turnaban durmiendo. Unos en el hotel y otros en la camioneta. “La noche que te tocaba la camioneta, podías desayunar en el hotel, y los que habían dormido bien se iban a comprar su desayuno”, describe.

Cuando no estaban en la camioneta, andaban recorriendo la ciudad. En su generación, había todo un fanatismo por los arquitectos posmodernos, y el itinerario se centraba mucho en eso. “Nosotros éramos una camioneta militante, así que nos apegábamos al itinerario”, explica. Ahora, dice, lo posmoderno ya no sorprende tanto, y a las generaciones actuales les sorprende tanto lo clásico como lo contemporáneo.

Por momentos, sentía que solo caminaba por una postal, que no era más que eso. Pero de repente se encontraba con obras que conocía de memoria pero de estudiarlas en blanco y negro, y las veían ahí, vivas y en colores. Para Alejandro era redimensionar a los clásicos, y a él le pasó sobre todo con Le Corbusier: “No me la hubiera jugado tanto por él”.

La memoria y el impacto

"Hawái, China, Nepal, India, Vietnam, Malasia, Emiratos Árabes (...) Estados Unidos (Nueva York), y bueno... seguro alguno me faltó, no están en orden, solamente el orden que acudió a mi mente”, responde Alejandra (43) sobre los destinos de su viaje de economía en 1999. Nombra 32 países, fueron tantos, que le cuesta saber si están todos. “Es la desventaja que tiene el hacer un viaje tan largo, estando poco tiempo en cada lugar, y cuando digo poco tiempo, digo un par de días en algunas ocasiones”, añade.

“Al comienzo, cuando iba llegando a cada lugar, el asombro y la gratitud de estar ahí era enorme, a medida que iba pasando el tiempo y los kilómetros y mi memoria se iba llenando, no puedo negar que la capacidad de asombro iba disminuyendo. Había lugares que, como se suele decir, ‘los tildaba’ pura y exclusivamente, perdiéndome quizás la belleza que me podían ofrecer”, admite. Pero hubo paisajes, edificios, ciudades que la maravillaron, y a los que volvería: a Nepal, por su energía especial. A Egipto, a Noruega y a Londres, que, dice, es su lugar en la Europa clásica. Por ahora, solo regresó a Nueva York.

Si tiene que elegir un solo lugar, se queda con el Taj Mahal. Admite que le llenó el alma, los ojos, todos sus sentidos. Cuenta que lo vio al amanecer, al mediodía y al atardecer. “Siempre distinto”, responde, y sabe que por él, definitivamente también volvería a India.

Aventura familiar

Camilo se unió al viaje de Arquitectura en mayo de 2015. Era dos años más grande que la generación que viajaba, y no conocía a nadie. Ocho meses más tarde, cuando terminó la aventura, volvió a Uruguay con una familia nueva. Se sumó a una camioneta por descarte, porque tenía que hacerlo, pero luego conoció a un grupo de chicos con los que viajó y se hizo tremendamente amigo.

Compartir recuerdos
Agustín y Sofia viajando por Nueva Zelanda
Recuerdos de parejas

Están quienes eligen viajar con sus parejas.

Agustín en este momento está a dos meses de haber empezado el viaje. Sigue recorriendo el primer destino, Nueva Zelanda, y lo hace junto a amigos y su esposa, Sofía. “Podría haberme anotado hace 2 años, pero preferí primero casarme y después viajar”, comenta. Cuando terminen, en setiembre, se quedan en Barcelona por un posgrado.

Carol fue de acompañante de su novio, que es contador, en 2016. Gracias a eso, y a que vendió el auto, pidió un préstamo y ahorró mucho, se pudo ir por más de seis meses de viaje. Al final, dice que lo que le queda es que “el tiempo es muy intenso, todos los sentimientos se multiplican, te sentís vivo de verdad”.

Pero además de la familia amiga, a los dos últimos meses del viaje se unió su padre. “Como yo había viajado con esta dinámica de que me iba solo y no sabía qué podía pasar, le dije a mi viejo que me encontrara en Italia”, cuenta. Al final, su padre se unió al grupo y era uno más. Para ir más cómodos, alquilaron un auto que iba atrás de la camioneta. Era el vehículo en el que se podía fumar. “En Barcelona, por ejemplo, mi padre fue con nosotros al bar y se llenó porque todos fueron a ver si era verdad que un padre salía con nosotros a tomar una”, recuerda con humor Camilo, y dice que los que no fueron al viaje le preguntaban si era verdad la historia.

Para Camilo, el viaje de Arquitectura de verdad es el que se pasa entre el campamento y la camioneta, y en esa aventura, el regalo más grande fue haber compartido con su padre: “Él falleció dos años después, en 2017, y esa fue la experiencia más fuerte que tuve con él en mi vida”.

La convivencia a veces es complicada, pero el mundo, la distancia y lo desconocido, unen. A Camilo eso le quedó claro. Hoy en día, sus amigos del viaje le dicen “mamá” a su madre y él a las de ellos. “Termina siendo una familia”.

En una película

 “Nueva York me enamoró desde el día uno. ‘Es como las películas’, decía cada vez que veíamos un bus amarillo, y cada vez que yo repetía eso, me explicaban que lo que pasaba realmente era que las películas se inspiraban en eso que a mí me estaba enloqueciendo”. Sabrina (30) es arquitecta, recorrió el mundo en 2015, y descubrió que su lugar era ese, Nueva York. Fue el primer destino, y la enloqueció tanto que al final del viaje no dudó en estirar un poco más los días en la Gran Manzana. También le gustó Japón, sobre todo por la arquitectura, pero al final, tanta educación y tanto silencio le resultó un extremo. En Finlandia y Noruega fueron testigos de una aurora boreal y fue, para ella, una de las mejores cosas que vio en su vida.

Sabrina recorriendo Italia en 2015. Foto: cortesía Sabrina Sánchez
Sabrina recorriendo Italia en 2015. Foto: cortesía Sabrina Sánchez

Empieza a enumerar destinos y no puede parar. Le pasa por lo general a todos los que viajan. Ven maravillas, se acercan a realidades inimaginables y a paisajes que dejan a cualquiera sin aliento. Para los arquitectos, es también una chance de acercarse a las obras más maravillosas del mundo. Incluso tienen charlas con referentes y está la posibilidad de apreciar la espacialidad y el sonido de todo aquello que estudiaron.

Aunque hubo días en los que Sabrina quería estar en su cama, en su casa —sobre todo cuando había que desarmar carpas bajo la lluvia para seguir marchando y después de dormir poco—, le costó volver. Sabrina se negaba a la rutina montevideana, “hasta que un día vas volviendo solo”, dice y añade que “hay que sanar del viaje”.

Crecer

Pablo (28) ya había vivido lejos de familia y amigos cuando hizo un intercambio estudiantil en 2012, en el interior de San Pablo. Pero el viaje de Ciencias Económicas era diferente. Primero, porque fueron ocho meses y medio; segundo, porque significaba ser un trotamundos de hostel en hostel, y tercero porque estaba acompañado de un grupo, aunque el último mes y medio lo hizo solo. Además, en referencia a las rifas, tanto a él como a todo extranjero que le contaba, les sorprende que en Uruguay muchos paguen para que otros puedan cumplir sus sueños.

No extrañó nunca. Los meses no se le hicieron largos, y piensa que es porque en el medio se tomaba descansos, en lugar de hacer todo “a lo loco” y desesperarse. Había días en los que en vez de salir a recorrer, se quedaba en una playa, asimilando todo lo que estaba viviendo. Fijando los paisajes que había dejado en Nepal con sus picos montañosos iluminándose al amanecer, o el resplandor de los lagos de Nueva Zelanda.

Viaje de Arquitectura 2015. Foto: Juan Carlos Turban
Algunos tramos también se recorren en motorhome. Foto: Juan Carlos Turban

Otra decisión que tomó, fue no atarse a ningún grupo, fue rotando, y asimismo, unos cuantos de sus compañeros se volvieron indispensables en su vida, al punto que desde el regreso, se juntan por lo menos una vez al mes.

Documental que narra la aventura

El documental Plexo - una aventura multisensorial, es uno de los tantos proyectos detrás de Plexo, un colectivo docente que busca contribuir en las actividades referentes al viaje de Arquitectura. En 2015, varios de los docentes de Plexo fueron referentes en el viaje: “Viajando se generó una sinergia muy interesante con los estudiantes, y surgió la idea de pedirles a ellos que filmaran cosas, que generaran un montón de insumos, y prometimos que a la vuelta íbamos a hacer algo”, explica Fernando García Amen, director del documental. Trabajó con Angel Armagno, Gabriela Barber (arquitectos) y Marcos Lafluf (bibliotecólogo y editor).

Con lo que generaron los alumnos, sumado a entrevistas posteriores, se armó la película en la que tanto ellos como los docentes incursionaron por primera vez en el audiovisual. El filme se estrenó en febrero con tres funciones agotadas en la Sala Zitarrosa, y para el equipo fue impresionante ver cómo varias generaciones e incluso viajeros de Economía se emocionaban con el relato.

Con el viaje de Economía, Pablo creció: “Siento que la forma de ver las cosas y de afrontar problemas es distinta. El haber visto otras realidades, otra manera de pensar de personas de otros países, te hace entender las situaciones y resolverlas de otra manera”. Dice que los cambios los notan más su familia y amigos, pero también admite que vivir tanto tiempo a la distancia y por su cuenta lo hizo desear su autonomía montevideana. Ya unos días antes de volver, empezó a buscarle la vuelta para mantener la independencia que había ganado.

En el medio del viaje, están obligados a asistir a cursos, y aunque quieren vacaciones eternas, terminan teniendo la oportunidad de estar cara a cara con referentes mundiales, o con sus obras. Viajar abre la cabeza, y para estos chicos (y ya no tan chicos) la vuelta al mundo que les permitió la rifa los hizo mejores personas, y, sienten, mejores profesionales. Algunos lo volverían a hacer, otros solo elegirían unos pocos destinos, pero ninguno se arrepiente.

Escenarios que invitan a arriesgarse a todo y a vivir extremos

Estos viajes suelen ser una oportunidad única. Por eso, tratan de dejar los miedos en casa y se animan a todo. Paula (26) se lo propuso, y en su viaje de 2018, lo hizo. En Nueva Zelanda, su primer destino, saltó en bungee jumping. “Fui con esa idea, y estuvo tremendo. Pero me faltó un poquito el aire, me costó recuperarme y por eso no lo haría de vuelta”, cuenta.

Los otros riesgos fueron sorpresa. En Turquía se subieron a un globo aerostático y todo salió bien. Pero luego en Egipto, perdieron el control del globo cuando bajaban y “pasó de finito” por una casa. “Mucha gente corrió para tratar de estabilizarlo, porque no paraba de moverse”, recuerda. Se asustó, pero ver el amanecer egipcio mientras volaban, le valió la pena.

La otra anécdota fue el paseo de rafting, que consiste en ir remando a gran velocidad por cauces de ríos. Fue en Nepal, y aunque todo el mundo les decía que no podía pasarles, cayeron al agua y quedaron todos desparramados alrededor del bote. Y sí, primero se asustaron, pero después vinieron las carcajadas. “Todo lo vivís de otra manera”, opina Paula.

En 2018, Paula dejó todo y se fue a recorrer el mundo por cinco meses. Foto: cortesía Paula Mederos
En 2018, Paula dejó todo y se fue a recorrer el mundo por cinco meses. Foto: cortesía Paula Mederos
La previa

Nervios, ansiedad y rifas

El primer miedo, es saber si lo van a lograr. Para viajar, los estudiantes de Economía tienen que vender 85 rifas mínimo en un año. A los de Arquitectura, el desafío se les divide en tres años: el primero tienen que vender 25, el segundo 60 y el tercero, mínimo, 120. Las rifas es la forma de hacer que ese viaje sea una posibilidad para todo aquel que pisa la facultad, y parece un cometido difícil, pero al final lo logran.

Después de que se vende todo, el próximo paso es controlar las expectativas y la ansiedad. De eso sabe Sofía (25), estudiante de Arquitectura que está en su segundo año de ventas, viaja en 2021, y que piensa mucho en el viaje, porque es su “plus en la vida”. Admite: “Espero demasiado. Me considero una persona muy abierta pero creo que ese viaje me va a cambiar para mejor me va a hacer ver la vida, el mundo, la gente, las relaciones de otra forma y siento que me va a llenar el alma de algo tremendo”.

Patricia tiene 33 años, entró a la Facultad de Ciencias Económicas en 2004 y aunque priorizó otras cosas en su vida, siempre tuvo claro que quería hacer el viaje. Se va en el 2020 y es parte del comité ejecutivo. Porque sí, aunque las facultades y sus docentes proponen ciertos circuitos y la obligatoriedad de cursos, al viaje lo organizan los estudiantes, y las decisiones importantes se votan en asambleas.

Carlos Calderón, que fue docente referente en 2011 y 2014, considera que el viaje es importante porque “es una culminación y es fundamental para cualquier persona y profesional perder el aldeanismo, tener una visión de qué pasa en todo el mundo”. Estos viajes permiten que sea en primera persona.

Las asambleas (en Economía semanales y en Arquitectura con fechas puntuales) son obligatorias para los estudiantes que viajan, pero tanto a Sofía como a Patricia les parece importante acudir más allá de eso. Es donde están los “piques” para la venta de rifas. También es el momento de integrarse y conocer a esas personas con las que después tendrán que vivir meses, la previa es tan parte del viaje como los vuelos y las camionetas.

Martina, que viajó en 2018, aconseja: “La realidad fue totalmente distinta a mis expectativas. Es tal cual lo que me dijo un compañero: ‘Nada de lo que te preocupe antes de irte va a servirte”.

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