DE PORTADA

Sentir la Celeste y vivir en Rusia

Uruguayos que viven en Moscú o en el Cáucaso cuentan cómo es el día a día allí y cómo se preparan para el Mundial.

Guillermo Helbling en el reloj del Mundial 2018 en Moscú.

Empezó a hablar en ruso cuando conoció a su mujer. Al principio le costaba mucho, pero pronto encontró una motivación extra para aprender, la mejor de todas: declararle su amor en la lengua de la que sería su esposa. Y así aprendió a amar a su país de adopción.

Guillermo Helbling (40) nació en Colonia, pero hace ya casi dos décadas que vive en Rusia. "Me fui en el año 2000 a Estados Unidos, porque tengo una hermana que vive en Nueva York", cuenta Guillermo, o Willy como le dicen todos. Estaba en esa ciudad cuando el 11 de septiembre cambió la historia, giro brusco con el que nació la nueva modernidad y encontró a Guillermo sin "papeles". Cada viaje en avión comenzó a convertirse en una pesadilla. "Entonces empecé a pensar en buscar otro destino, al principio pensé en China, ahora no recuerdo por qué me había parecido un buen destino, pero estaba con esa idea", recuerda.

Y de pronto surgió una posibilidad en el sitio menos pensado: Rusia. Se trataba de una oportunidad de trabajo, él era un veinteañero con ganas de conocer mundo y probarse a sí mismo. Y partió hacia aquel país sin pensárselo mucho más.

"Mi primer destino fue Siberia, que es como otro país. Sin embargo era un poco distinto a cómo me lo imaginaba", recuerda. Si las condiciones de vida pueden parecer complicadas en un país de largos inviernos, en Siberia las dificultades son aún mayores. "Es un lugar a la vez desolado, lejano, enorme y sobre todo exótico, que era lo que más me gustaba en ese momento", comenta.

Guillermo Helbling, hoy vive en Moscú pero cuando llegó lo hizo en Siberia.
Guillermo Helbling, hoy vive en Moscú pero cuando llegó lo hizo en Siberia.

Al principio no solo eran adversas las condiciones climáticas y naturales. Le costó bastante adaptarse a la idiosincracia de los lugareños. "Me parecían gente muy fría", observa. Pero poco a poco fue consiguiendo horadar esa capa de hielo y comenzó a conocer el verdadero ser ruso. "Ellos tienen una forma de ser muy emocional, aunque parezca gente muy tosca o incluso ruda, para lo que estamos acostumbrados nosotros", explica.

Pronto compendió que los rusos están acostumbrados a moverse en círculos de confianza. El primer círculo comienza con la familia, luego siguen los amigos, "pero una vez que entraste a ese círculo ya te consideran como de la familia".

Poco después consiguió establecerse en Moscú. En la capital, la ciudad con mayor densidad de población del país, la vida es más organizada. Las distancias siguen siendo enormes, sobre todo comparadas a la escala uruguaya, pero los rusos se precian de contar con el sistema de transporte metropolitano más eficiente del mundo.

Guillermo trabaja en la capital rusa impartiendo cursos de inglés para empleados de empresas multinacionales. Y, por supuesto, es uno de los uruguayos residentes en Rusia que espera con gran expectativa el Mundial.

"Ya tengo entradas para ver el primer y segundo partido, estoy tratando de conseguir para el tercero que es el más difícil", dice. El tercer partido es el que la Celeste disputará con Rusia, las entradas ya están agotadas pero Guillermo aún tiene esperanzas de obtener una.

Guillermo integra la que es, probablemente, la minoría más selecta. Según los datos manejados por el Consulado uruguayo en Moscú la minúscula colonia se compone de unos 200 compatriotas, muchos de ellos ubicados en la zona del Cáucaso. La reforma de la ley de ciudadanía, que permite a los hijos de ciudadanos uruguayos radicados en otro país reclamar la nacionalidad podría, estiman las autoridades consulares, duplicar esta población. Entre casi todos ellos —con la excepción de Guillermo Helbling, en este caso— hay un factor común: el pueblo de San Javier, la histórica colonia rusa fundada a principios del siglo XX ubicada en Río Negro. Muchos de los residentes uruguayos mantienen vivos los recuerdos, aunque en muchos casos se trate de una remota infancia.

Tal es el caso de Rosa Dalila Zikov (63), una sanjavierina que emigró con sus padres cuando aún no había cumplido los siete años. Su castellano está bien marcado por las "erres" y las "uves" potentes del habla eslava.

"Yo hablo español, nunca dejé de hacerlo, gracias a mi madre y a mi tía. Es mi idioma y siento que tengo que hacerlo", dice Rosa. "Mi tía siempre nos decía de chicos: Aunque tú hables chino en la calle, en casa se habla castellano", cuenta.

Rosa Zikov vive en Moscú hace casi dos décadas pero aún sufre el invierno.
Rosa Zikov vive en Moscú hace casi dos décadas pero aún sufre el invierno.

Vive en la localidad de Podolsk, a unos 16 kilómetros de Moscú, junto a su hijo Demetrio y su nuera Nadezda. Cuando falleció su esposo hizo un viaje con su hijo a Uruguay, un hermano suyo continúa viviendo en Paysandú y fueron a visitarlo. "Mi hijo se enamoró del país, se quería quedar", recuerda. Y, de hecho, espera que en poco tiempo le concedan la nacionalidad uruguaya porque "la camiseta tira".

Aunque Rosa lleva más de cincuenta años viviendo en el país todavía no se acostumbra a las temperaturas extremas. "Los inviernos son fatales aquí, hace mucho frío", confiesa.

De hecho, esta última semana la primavera moscovita ha tenido temperaturas de dos a cuatro grados bajo cero. Sigue habiendo nieve y esperan que continúe habiéndola hasta avanzado abril. El panorama cambiará definitivamente cuando comience el Mundial, en pleno verano ruso, y las temperaturas anden en el promedio de los veinte a veinticinco grados, ideal para ir al estadio.

Para quien pretenda ir a Rusia para seguir a la Celeste, convendrá tener en cuenta algunas cuestiones básicas. Las distancias de un punto a otro es una de las primeras claves que hay que manejar. Guillermo ha tratado de poner al día a varios amigos y familiares que planean llegar en junio. Un viaje en tren desde Moscú a la ciudad de Ekaterimburgo —donde Uruguay enfrentará a Egipto— lleva dos días. A la ciudad de Rostov —para el partido contra Arabia Saudita— es un día en tren. Algunos se han vuelto verdaderos guías expertos en estos menesteres.

Un conocedor.

Javier Benítez y su esposa Jana y su hija Matilda.
Javier Benítez y su esposa Jana con su hija Matilda.

Javier Benítez (46) es periodista y locutor y vive desde hace cinco años en Moscú. Trabaja para el servicio de noticias Sputnik, donde dirige un programa radial de entrevistas.

"Acá todo es muy particular. Es algo completamente distinto. Para empezar el formato de la ciudad no es un formato típico al que estamos acostumbrados, la cuadrícula o pseudo- cuadrícula de Montevideo o Barcelona. Aquí una cuadra igual son 300 metros. La estructura es rara, tenés que usar el plano y recorrer para ver que la estructura no tiene nada que ver", explica Javier.

Otra peculiaridad sobre la que Javier llama la atención tiene que ver con las tiendas. Solo en el centro de la ciudad los negocios tienen puerta a la calle, ya que en la mayoría de los casos se encuentran en subsuelos o sótanos, por lo que hay que conocer previamente la dirección para ir de compras.

Pero, a juicio de Javier, el ritmo a veces frenético de la ciudad es lo que más echa en falta un uruguayo. "La vorágine es tremenda. Somos 15 millones de habitantes y por día 7 millones de personas usan el metro que anda a 80 kilómetros por hora. En horas pico demorás dos horas en llegar a cualquier lugar. El metro pasa cada 40 segundos, sí, 40 segundos. Así que eso de llegar tarde porque perdiste el bus como en Uruguay no existe", dice entre risas.

Para quienes viajen a Rusia durante el Mundial es probable que les toquen días entre templados a cálidos. En pleno verano las temperaturas pueden llegar a los 30 grados. Pero viajar en invierno, o aún en la incipiente primavera, puede ser todo un desafío. "Cuando hace tanto frío no podés estar en la calle más de 15 minutos", dice Javier.

El truco es tratar de permanecer el mayor tiempo posible en lugares cerrados y salir el tiempo estrictamente necesario. "La calefacción es gratis y está a 23 grados por lo general", señala.

Y si bien todos coinciden en tener presente el factor distancias para planificar los viajes y visitas, el consuelo es que el sistema de transporte y principalmente el subte es por demás eficiente.

Nostalgias de Moscú.

Iván Zagorodko vivió dos años en Moscú y sueña con volver.
Iván Zagorodko vivió dos años en Moscú y sueña con volver.

Iván Zagorodko tiene 21 años y es oriundo de San Javier. Vivió dos años en Moscú y tuvo que regresar por razones familiares a su pueblo natal. Pero cuando arribó hace poco más de un año ya se sentía como un turista en su propio país. Vive soñando el regreso.

Desde niño quería conocer la tierra de sus ancestros. Finalmente lo consiguió gracias a una beca que le permitió estudiar en la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos. Eso fue sobre fines de 2015, pero ya había estado dos veces antes, una en San Petersburgo y otra en la capital.

"Mi adaptación a Rusia la verdad que fue muy fácil, a la semana ya estaba acostumbrado. Como hacía la misma vida que tenía yo aquí en San Javier, con comidas rusas y todo, yo ya conocía todo y me sentía preparado para viajar", cuenta.

Y, claro, la barrera con la que se topó fue el idioma. Aunque llevaba tiempo estudiándolo, todavía no tenía el nivel necesario para mantener una conversación.

"La vida para un uruguayo en Rusia puede ser difícil porque es otra cultura, bastante diferente. Hay cosas tan simples que son diferentes, aquí en Uruguay cuando abres una puerta la abres hacia adentro, en cambio en Rusia tienes que abrir hacia afuera. A mí me pasó cuando regresé a Uruguay, siempre estaba cinchando hacia afuera aunque dijera empuje en la puerta", cuenta Iván y se ríe de sí mismo con ganas.

La seriedad de los rostros, la aparente frialdad, la extrañeza con que los rusos suelen observar las costumbres más bien expansivas de los latinos, forman parte de esa cortina idiosincrática con la que el visitante de estas latitudes suele chocar.

"Si conoces a un ruso y lo quieres saludar lo peor que puedes hacer es darle un beso en la mejilla", ejemplifica Ivan.

Desde que regresó a Uruguay se propuso continuar aquí sus estudios. Se inscribió en una tecnicatura de fotografía, mientras espera que se le vuelva a presentar una oportunidad de viajar.

Un puente invisible que parece tenderse entre los uruguayos-rusos y los ruso-uruguayos que viven a un lado y otro de ese eje pequeño enclavado en el departamento de Río Negro.

Aclimatada.

María del Rosario Recaita vive en Moscú desde hace 18 años. Es madre de cuatro hijos y aún vive con la más pequeña de 10 años.

"Vine por primera vez entre 1997 y 1998, estuve aproximadamente un año. Hacía poco que se había salido del comunismo y estaba todo muy revuelto, realmente no tuve una buena impresión", cuenta María.

Al principio le cuesta vencer sus reticencias. Prefiere su vida apacible, la rutina que se ha impuesto y la sola idea de contar su vida a un periodista le parece absurda. Es divorciada, su exesposo es ruso. "Una excelente persona", aclara de inmediato. Y como los otros uruguayos que viven en esta tierra siente que por fin se ha hecho un espacio en ese gigantesco país tan distinto al originario.

"Cuando volví en el 2000 ya era otro país, estaba todo más ordenado, era distinto. Es increíble cómo se levantó este país, cada vez que lo pienso me asombra un poco", dice.

Las Matrioshkas, típicas muñecas rusas.
Las Matrioshkas, típicas muñecas rusas.

Le llevó algún tiempo adaptarse, pero finalmente lo hizo. Ahora que sus hijos son mayores —26, 23 y 20 años, respectivamente— vive casi de manera exclusiva para el cuidado de su hija menor.

"Las cosas han cambiado en estos últimos años, la gente es diferente a cuando yo llegué, está más contenta, se nota que hay más dinero y más trabajo, ha mejorado todo en general", reconoce.

Y como le ocurre también al resto de sus compatriotas le cuesta explicarles a los rusos dónde está exactamente su país. ¿Uruguay? ¿Es parte de México? O, más frecuentemente: ¿Uruguay? ¿Che Guevara? Solo cuando puede mostrarles con un mapa lo austral de ese pequeño país cuña entre dos grandotes dicen entre dientes: "¡Guau, qué lejos!"

"Saben que los uruguayos son muy buenos jugadores de fútbol, porque nos conocen en todas partes del mundo por el fútbol", dice María.

El fútbol, entonces, una suerte de lingua franca que por ahora parece el mejor pasaporte para viajar a la mayor porción de territorio bajo una misma bandera del planeta.

María ha alcanzado una posición de bienestar luego de tantos años. Se confiesa como no aficionada al fútbol y, de hecho, mientras ocurra el torneo ella piensa estar veraneando con su hija y tal vez con sus hijos mayores en la casa de campo en las afueras de Moscú, la dacha en la que se refugian del ajetreo de la ciudad.

Lo cierto es que para algunos cerca, para otros muy lejos, tarde o temprano un pedacito de esa patria portátil que son los recuerdos termina por colarse en la vida cotidiana. Una canción, un gol de Suárez o de Cavani, un poco de yerba para el mate, algo termina por abrir el puente entre la banda oriental y el país de las estepas. Guillermo, Rosa, Javier, Iván, María del Rosario, Vasily forman parte de esa extraña comunidad.

Muchos de ellos se aprestan a recibir a varios compatriotas más que viajarán a principios de junio. Una oportunidad para reunirse y celebrar con verdadero espíritu ruso.

Otra porción de ruso-uruguayos hará lo propio en la pequeña colonia de San Javier, donde los corazones están divididos. Do svidaniya (Hasta la vista).

Nació en San Javier y se fue a la antigua Unión Soviética

Vasily Gorlo en una visita a Moscú posa ante el Kremlin.
Vasily Gorlo en una visita a Moscú posa ante el Kremlin.

¿Por qué habían regresado a la Unión Soviética en 1958? Vasily Gorlo (83) todavía no lo sabe. Por entonces él era un joven de 23 años y aunque su padre Grigoriy y su madre Feodosia nunca lo habían hablado con él, "era algo que siempre flotaba en el aire". Aprendió con su padre el oficio de zapatero y con eso se ganó la vida los primeros años. Recuerda que cuando se despidieron de San Javier su padre confeccionó 40 pares de botas y los donó al Centro Máximo Gorki del pueblo, donde ensayaba el grupo de danzas folclóricas. De aquellos tiempos remotos Vasily recuerda la antigua comunidad liderada por el patriarca Lubkov con cierto despotismo. Pero mucho más vívidos son los recuerdos de aquel enorme país al que llegó con su familia. "Todo era nuevo, distinto, la gente era muy buena. Claro, recién habían pasado 14 años de la guerra más cruenta y desvastadora en la historia, no solo de la URSS, que se llevó más de 20 millones de vidas de este país. Todavía las huellas y las cicatrices eran muy visibles, y el nivel de vida era bastante difícil. Pero la gente era alegre, feliz a su manera, generosa, hospitalaria, pierna en el trabajo", cuenta don Vasily. Aprendió el oficio de soldador y trabajó duro mientras estudiaba de noche. Pronto se estableció en la ciudad donde aún continúa viviendo, en Stávropol, en la región del Suroeste ruso y de donde era oriundo Mijail Gorbachov, el padre de la perestroika que llevaría a la apertura y finalmente a la caída del régimen soviético. Vasily le enseñó toda la historia de Uruguay a sus hijos y nietos. Hace pocos años volvió a San Javier y visitó la casa donde había nacido. Llevaba con él a su nieto Maxim, ruso de nacimiento que se declara como "enamorado de Uruguay", con solo haber estado dos semanas en el país. Sin embargo don Vasily encontró que "el espíritu sanjavierino" que conoció, "se esfumó". "Me dolieron las ruinas del Molino y la Aceitera también", agrega. De todas maneras, Vasily continúa recordando con cariño todo lo referido al país. "Ahora, lamentablemente nos vemos poco, porque los viejos nuestros hace añares que fallecieron, y los de mi generación, de los varones, quedo solo yo; en Stavropol soy el único criollo", se lamenta.

Consejos prácticos para viajeros

"Para los uruguayos que vengan el primer consejo que les doy es que se consigan el nuevo pasaporte, el biométrico. Si traen el antiguo pueden demorar más, media hora, mientras que con el nuevo miran y revisan —aconseja el periodista Javier Benítez, residente en Moscú—. El dinero es mejor traerlo en dólares o euros, es mucho más conveniente cambiar acá. Otra cosa es que hay muchos lugares donde comer barato, solo hace falta buscar y encontrarlos. Podés comer una muy buena cena para dos personas por 30 o 40 euros. Los lugares para comer suelen tener cartas en inglés. Respecto a la gente en general, los que más hablan inglés son los jóvenes, así que es mejor acercarse a ellos para preguntar. Para transportarse pueden comprar una tarjeta de 20 viajes en el Metro que vale 10 euros. Pasa cada 40 segundos. Las estaciones son un sitio para visitar por sí mismo, son palaciegas. Es mucho más fácil moverse en metro que en ómnibus o en tranvía. Los estadios y las principales atracciones, todos tienen el metro al lado".

San Javier espera el Mundial

El grupo Kalinka de San Javier ofrece una de las danzas típicas.
El grupo Kalinka de San Javier ofrece una de las danzas típicas.

EN LA COLONIA RUSA.

En la colonia rusa de San Javier el Mundial de fútbol se palpita de manera diferente. Es la tierra de aquellos abuelos que llegaron al Norte del país una fría mañana de julio de 1917. Trajeron el girasol y montaron la primera fábrica de aceite de esta oleaginosa en el país. También el primer molino harinero. Por eso, en Semana Santa se realizó la tradicional Fiesta del Girasol que rescata las costumbres de los viejos rusos que se mantienen vigentes por los criollos de hoy: bailes tradicionales del grupo Kalinka, bordados clásicos, matrioshkas (muñecas típicas) y las peculiaridades gastronómicas como shaslik (comida en base a cordero, cebolla y limón), varenikes (empanadas hervidas rellenas de ricota y bañadas en crema doble), piroj (pan dulce relleno de dulce de zapallo), entre otras exquisiteces que solo se encuentran en San Javier. La gastronomía es motivo también para atraer cientos de turistas que llegan cada año para interiorizarse sobre esta cultura afincada sobre un área Ramsar, declarada hace pocos años como reserva natural protegida "Esteros de Farrapos". Los chicos del baby fútbol de San Javier sueñan con ir al mundial para ver a la Celeste y conocer el país de sus antepasados, pero claro, eso hoy no pasa de un sueño porque no tienen quién los patrocine. Igual, se animan a seguir con su deseo y se miran en el espejo del grupo de baile Kalinka, que ha podido viajar dos veces a Rusia con apoyo de una fundación y de la embajada de ese país.
Denis Romañuk es uno de los profesores que se dedica a enseñar a los más que pequeños. Kalinka es un fiel representante de la cultura de los fundadores. "Por suerte tenemos mucho apoyo no solo en San Javier, sino también de la embajada. Eso nos motiva seguir adelante, además del interés de los jóvenes que sigue siendo importante", explicó Romañuk. El grupo viajó a Rusia en 2010 y en 2013. "En 2010 fuimos a la región de Voronezh, de donde vinieron quienes fundaron San Javier, pero además visitamos Moscú y conocimos el Kremlin", cuenta Romañuk. Ahora, por estar en una comunidad fundada por inmigrantes rusos, existe una expectativa importante. "Ver imágenes de allá todo el tiempo será algo muy reconfortante para todos aquí", expresó a Domingo el alcalde Aníbal Fachin. "Nosotros vamos a hinchar por Uruguay, porque la Celeste puede más. De última, si quedamos descalificados seguimos con Rusia", dice Romañuk, con gran sentido práctico. POR DANIEL ROJAS


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