EL PAÍS DE MADRID
"Hola, ¿podría hablar con su marido, por favor?", pregunta una voz al teléfono.
"Está en el trabajo", responde la mujer.
"Eso es lo que usted cree. Está con nosotros. Lo tenemos secuestrado".
Ese es uno de los comienzos de un tipo de llamada que cada vez se está volviendo más frecuente en Argentina, y sobre la cual las autoridades han dado la voz de alarma para que la población esté atenta al nuevo fenómeno.
El proceso delictivo es el siguiente: la persona que descuelga el auricular, angustiada, sigue las precisas instrucciones de su comunicante sin pararse a reflexionar. No llama al lugar donde debería estar el familiar presuntamente secuestrado, no cae en la cuenta de que el secuestrador pide cantidades altas pero siempre accesibles en un plazo muy corto, e incluso no le extraña que le exija los códigos de tarjetas telefónicas de prepago que la víctima debe comprar, y dictar por teléfono al potencial secuestrador.
La realidad es que el familiar nunca ha sido secuestrado y sigue su vida normal, ajeno a lo que está sucediendo en su propio domicilio.
Es lo que se llama un "secuestro virtual". Lo preocupante es que gran parte de esas llamadas se realizan desde el interior de las prisiones, y que en muchos casos sus autores disponen de ayuda en el exterior.
MUERTE. Uno de esos secuestros virtuales acaba de costarle la vida a un hombre de 71 años, Gregorio Nezkalo, que murió de un paro cardíaco en la periferia de Buenos Aires cuando le llamaron para decirle que su hijo había sido secuestrado. Mientras tanto, el hijo se encontraba perfectamente bien, hasta que recibió la triste noticia sobre el fallecimiento de su progenitor.
Otro ejemplo es el de una joven, Janina Gómez, quien se encontraba en su casa, sola. "Mis padres estaban de viaje en España cuando me telefonearon diciendo que hablaban desde una comisaría, y que había ocurrido un grave accidente", relata la joven.
La llamada tuvo éxito al principio. Janina enseguida pensó en su hermano, quien en esos momentos había salido de casa.
Los delincuentes llaman al azar hasta que alguien contesta, utilizando guías telefónicas que se encuentran en las prisiones. Una de las reacciones más normales de los comunicantes es comenzar a dar datos y nombres, preguntando por los "accidentados".
Esa información muchas veces es facilitada en forma inconsciente, debido a los nervios del momento de quien recibe la llamada.
Los delincuentes anotan y utilizan esos datos cuidadosamente en la conversación, que se va deslizando del accidente al secuestro, y de ahí a la exigencia de un rescate.
"Yo tuve reflejos y mientras hablaba con ellos le envié a mi hermano un mensaje de texto con el teléfono móvil", explica Janina Gómez.
Su hermano contestó enseguida. Ella comprendió que era un "secuestro virtual" y colgó.
Sin embargo, no todo había terminado. "Llamé a la policía y me dijeron que no saliera a la calle, ya que existía la posibilidad real de que la llamada se hubiera realizado frente a mi casa y fuera secuestrada de verdad, al ir a pagar el rescate", destaca.
Y esta segunda variante es la que se encuentra creando mayor sensación de inseguridad en el gran Buenos Aires.
COBRO REVERTIDO. Las autoridades argentinas han reconocido que se multiplicaron estos tipos de llamados, sobre todo los realizados desde los institutos penitenciarios.
Los "secuestradores virtuales" ni siquiera necesitan gastar dinero ya que telefonean a cobro revertido, y muchas de sus víctimas confunden la voz grabada que señala "desde la penitenciaría" con las palabras "desde la comisaría".
El jefe del Servicio Penitenciario Bonaerense, Fernando Díaz, ha confesado las dificultades para controlar estas llamadas. "No podemos grabar las conversaciones porque eso traería aparejados problemas judiciales", declaró el jerarca.
Algunas cárceles han instalado sistemas para que se escuche claramente que, del otro lado del teléfono, hay alguien que habla desde una prisión.
Pero el nerviosismo puede pasar por encima de estas barreras, como en el caso de un padre que mientras dictaba códigos de teléfono a los "secuestradores" de su hijo, observó como éste atravesaba el pasillo de su vivienda, tras despertarse de una larga siesta.