Rosina Gil: "Quiero volver a bailar para mi gente"

Bailó en compañías de Paraguay, Brasil y España. Fue bailarina del Ballet Nacional del Sodre por cuatro años y es la primera uruguaya en formar parte del Cirque du Soleil. Foto: Matt Beard | Vestuario: Zaldy

Rosina Gil, bailarina y artista del Cirque du Soleil

Fueron cuatro años. No era el comienzo pero era el inicio de algo nuevo, un nuevo escenario, un nuevo director, una nueva compañía. Nadie sabía muy bien qué iba a pasar. Después de todo, hacía muchos años que el ballet en Uruguay no llamaba demasiado la atención y ella había dejado el país hacía ya varios años. No lo había hecho por el futuro, sino por el ahora. Porque Rosina Gil, 34 años, bailarina y artista de variedades, no piensa en el futuro. Lo había hecho por las experiencias, por las ganas de bailar, por los sueños. Y ahora, aunque todo pareciera incierto, había una propuesta a la que no podía negarse: era 2010 y Julio Bocca había tomado la dirección del Ballet Nacional del Sodre (BNS) para reinventarlo, para hacerlo renacer.

Era 2010 y Rosina decidió regresar a Uruguay. Fueron cuatro años y ese tiempo fue suficiente para que el público la viera bailar muchos roles principales de los clásicos, para que la reconociera como primera bailarina del BNS y para que aplaudieran su talento. Fueron cuatro años porque, como todo en la vida de Rosina, no existen rutinas para siempre y el cambio es lo único constante en su carrera. Del ballet clásico al contemporáneo, de nuevo al clásico y a probar otra vez. Ahora es la primera bailarina (y mujer) uruguaya en formar parte del Cirque du Soleil. Le gusta y además siente la responsabilidad de representar bien a su país ante los ojos del mundo.

Girando 

En el circo comparte número con un artista japonés
En el circo comparte número con un artista japonés . Foto: Foto: Matt Beard | Vestuario: Zaldy

El 16 de febrero de 2018 llegó a Montreal, (Canadá) donde la compañía tiene su sede principal, para ensayar su papel en Volta, un espectáculo donde baila mientras su compañero japonés, Nao Yoshida hace flatland (una disciplina en bicicleta). “Mi número es un momento del show donde el personaje principal encuentra una cinta de video de cuando él era chico e iba a andar en bicicleta con su madre en un parque. Es un momento muy emotivo, porque es cuando él se acuerda del pasado. Él es un niño que nace con el pelo azul y con plumas y los demás niños se ríen, sufre mucho. Su madre, mi papel, es la primera persona que lo impulsa y le dice que él es lindo, que tiene que confiar en sí mismo y en su belleza, que es diferente y especial y eso lo va a hacer llegar lejos”.

Además de ese número, Rosina participa en otros momentos del espectáculo que son colectivos. Y, aunque todo implique a la danza, la experiencia del circo es distinta a la del teatro. Allí la gente está cerca, bien cerca, de un escenario circular que la mantiene expuesta todo el tiempo. Si respira rápido, si se cansa, si algo no sale bien, si se emociona, pero también si alguien llora, si alguien sonríe, si alguien habla, todo ocurre cerca, íntimo. Hay algo que sucede, una emoción particular que solo se logra así: con una comunión cercana entre los artistas y el público. Para ella el circo supone otro universo.

“Me gusta el circo porque es un mundo diferente, más diverso, más amplio. A mí siempre me encantó el ballet pero como que me sentía un poco presa dentro de los cánones de lo que tiene que ser una bailarina clásica”, cuenta Rosina desde el apartamento que alquila en San José, California, donde estará hasta el 24 de marzo con las funciones del espectáculo. “Acá el ambiente es muy lindo, la gente está muy contenta, es muy positiva. En la danza siempre hay otros factores, hay más competencia y esas cosas. Acá cada uno tiene su disciplina y al ser gente de tantos lugares distintos, de culturas distintas, se genera la necesidad de querer descubrir al otro. Se aprende mucho del otro en el circo, se hacen trueques de conocimiento. Por ejemplo, yo soy bailarina, pero si quiero aprender trapecio, me acerco a mis compañeros y ellos me enseñan. La gente aprende varias cosas, no se quedan solo con su disciplina. Es muy amplio y no hay prejuicios para nada”.

Antes había estado tres meses en San Francisco. De San José se irá a San Diego por un mes y medio. Así es la vida de Rosina desde que se incorporó al circo, girando, sin un lugar fijo pero haciendo de cada sitio su hogar. “Me encanta esta vida. Yo vivo así desde los 17 años. Egresé de la Escuela Nacional de Danza, estuve un año en el Sodre y después me fui a bailar a Paraguay, estuve dos años allá y me fui para España, donde estuve en Barcelona, en Zaragoza, (NdR. Donde formó parte por primera vez de un espectáculo del Cirque du Soleil por seis meses), y en Madrid. De ahí volví a Uruguay, estuve cuatro años más en el Sodre y me fui a Brasil. Ahora el circo”.

Sus días transcurren entre carpas, entre ensayos, funciones (entre 8 y 11 por semana en cada lugar en el que se presenta el circo), entrenamientos físicos, clases particulares de ballet o yoga, y entre alrededor de 125 personas que empezaron siendo completos desconocidos y terminaron por ser su familia, su gran familia. “Son muchas horas juntos y compartiendo todo. Se da un vínculo familiar muy fuerte en el circo, llegás a compartir cosas tan profundas, porque todos estamos en la misma situación de extrañar a nuestra familia, entonces te apoyas de una manera diferente en tus compañeros. Se convierten en tus hermanos”.

Ahora Rosina no viene a Uruguay desde agosto del año pasado y lo hará recién en julio, durante las dos semanas en las que el las actividades del circo paran y cada uno de los artistas puede regresar a casa. Aunque ese concepto para ella no tenga una imagen fija en su cabeza. Nació en Montevideo pero sus padres son de Carmelo, y durante su infancia tuvo varias mudanzas dentro de la ciudad.

No recuerda bien si fue ella que pidió para hacer ballet o si fueron sus padres que notaron que a Rosina le gustaba bailar. Pero lo cierto es que poco importa lo exacto o no de ese recuerdo. Cuando escuchaba música Rosina se ponía a bailar, fuera cual fuera, viniera de donde viniera, estuviera donde estuviera y eso es lo que marca el resto de su historia. A los 4 años empezó a hacer expresión corporal y a los 7 comenzó ballet en una academia de su barrio, con Silvia Fernández, que era bailarina del BNS. Fue ella, justamente, que le dijo a su mamá que Rosina tenía condiciones para entrar a la Escuela Nacional de Danza.

Entró. Estudió y egresó. Luego ingresó al Ballet del Sodre con 16 años. Por entonces la situación del BNS no era como la actual. “Estaba difícil, la verdad. Había pocas funciones, había muchos retrasos en los pagos, problemas con la luz y cosas así. De cualquier forma se seguía bailando con las mismas ganas y energía, solo que había más problemas por solucionar, era más a pulmón”.

Ahora, aunque pensar en el futuro la pone un poco nerviosa, le da un poco de ansiedad, dice que está abierta a todo, incluso, a volver a Uruguay. “Es como un sueño poder terminar mi carrera en Montevideo. Quiero volver a bailar para mi gente, para mi abuela, para mi madre, mis amigos, compartir la danza que todavía tengo con mi lugar. Pero no sé qué va a pasar con mi vida, cómo se va a dar el futuro. Siempre voy dejando que las cosas sucedan y generalmente, funciona, me aparecen nuevos desafíos, nuevas aventuras”.

En 2010, mientras Rosina vivía en Madrid y bailaba en el Ballet Carmen Roche, le llegó un mail: “Hola Rosina, me pasó tu contacto Ismael Arias. Si tuvieras la oportunidad de volver a bailar en Uruguay, ¿lo harías? Abrazo, Julio Bocca”. Lo leyó y pensó que era una broma. Nadie sabía, por entonces, que el argentino sería el director. Demoró en responder el mail porque “cómo Julio Bocca” iba a escribirle a ella, qué iba a hacer Julio en Uruguay, cómo era posible. Poco después se enteró de que estaba el rumor de la llegada del exbailarín a Montevideo. Y entonces sí, respondió y no lo dudó: estaba dispuesta a regresar a su país. Volvió y se quedó hasta 2014, cuando se pidió una licencia de un año para irse a la compañía brasileña Deborah Colker.

A la noche del 23 de diciembre de 2014 la recuerda con detalles, como en cámara lenta, como se recuerdan los momentos especiales. Esa noche interpretó el rol principal de Bayadera. Sus compañeros sabían que Rosina se iba pero que, en definitiva, un año pasa rápido. Sin embargo, ella sentía que iba a haber algo más y que aquella función no era como cualquier otra. Hasta ahora, esa fue la última noche que el público uruguayo gritó “¡Brava, Rosina!”

Rosina Gil
La primera vez
En 2008 estuvo seis meses haciendo un espectáculo del Cirque du Soleil en España. Sin embargo, recuerda con detalles la primera vez que el año pasado se presentó con Volta: “Estaba nerviosa, fueron pocos ensayos, tenía que hacer trucos en la bicicleta. Era una gran responsabilidad, no solo como bailarina sino como uruguaya”.
Andar en bicicleta
La bici y la coreografía
Dice que salir a pasear en bicicleta es una actividad que disfruta mucho, pero que recién empezó a hacerlo estando en el circo. También disfruta de tomarse tiempo para crear sus propias coreografías, una rama de la danza en la que le interesa seguir adentrándose. Incluso, cuenta, también le gustaría volver a Uruguay en el rol de coreógrafa o asistente.
Rosina en La Bayadera
Una obra
La Bayadera es una obra que ha marcado su carrera. Es que Nikiya fue el primer rol principal que bailó, cuando tenía 15 años y fueron con la Escuela Nacional de Danza a un festival de Cuba. “Allí, además de las clases, durante un mes se ensayaba una obra y me eligieron para hacer el papel principal”. Además, fue lo último que bailó en Uruguay.
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