ARTE

Al rescate de San Roque: así es el proceso de recuperar una obra de arte

La conservadora y restauradora Claudia Barra trabaja a puertas abiertas en una obra pictórica del Museo de Artes Decorativas.

La conservadora y restauradora Claudia Barra trabaja en un cuadro
La conservadora y restauradora Claudia Barra trabaja en un cuadro

San Roque fue canonizado en el siglo XVI por su poder sanador. La historia cuenta que San Roque fue, antes que santo católico, un peregrino que recorrió Italia en épocas de grandes epidemias. Se contagió de la peste negra y se recluyó en un bosque para no contagiar a los otros. La enfermedad dejó marcas en su pierna. Un perro de la zona lo encontró, moribundo, y robaba panes para alimentarlo. Y así, al parecer, San Roque, el sanador, se recuperó.

En el Museo de Artes Decorativas, Claudia Barra viste una túnica blanca, un tapaboca celeste, y encima de los lentes de cristal, una vincha negra que tiene una pequeña lupa. Está sentada sobre una silla de terciopelo gastado -parece que en alguna época fue roja o naranja o terracota o bordó o color durazno- y casi magnetizada a la obra oscura y grande que tiene enfrente. Tiene un pincel en su mano tan grotesca en la forma como delicada en el movimiento y recuesta la cerda minuciosamente sobre una uña pintada al óleo. Retira la mano. Observa, pasa el pincel por una paleta que parece de espumaplast, repite el proceso. Se levanta, le pregunto sobre un frasco marrón que parece de un boticario de siglos pasados.

—Es justo lo que voy a usar ahora. Es el disolvente. Sabés que nosotros (se refiere a los conservadores y restauradores) no usamos óleo. Esta obra es al óleo, pero nosotros usamos otras resinas con pigmentos estables, porque si un día tienen que borrar nuestro trabajo, tienen que poder hacerlo sin alterar el óleo original.

Claudia Barra trabaja en una obra de arte
Claudia Barra trabaja en una obra de arte. Foto: Francisco Flores

Dice Claudia que no puede hablarme del trabajo que está haciendo sin contarme del San Roque que se ve en el cuadro -el santo católico que sanó a muchos- y de José de Ribera, el artista.

El pintor nació en España pero desarrolló su carrera en Italia, entre Roma y Nápoles, en el siglo XVII. “Perteneció al período Barroco y tuvo una fuerte influencia de Caravaggio, de quien absorbe el estilo del tenebrismo. De ahí ese claro oscuro tan marcado en zonas específicas, que el artista resaltó con una luz que no parece venir de algún lugar, sino que emana del cuerpo, desde adentro, como algo místico”.

A simple vista, al San Roque de José de Ribera se le ve el rostro -con una expresión desprovista de emociones intensas- las manos, la pierna y el perro con el pan en la boca. Con un poco más de esfuerzo y a pesar de la interrupción de los reflejos de la iluminación compleja de la sala, se ve su atuendo y, dice Claudia, con un poco más de esfuerzo todavía, podríamos ver su bastón, el sombrero y la sombra que la boca del perro le hace al pan. Desde donde estoy, no lo veo. Camino unos centímetros y sí, ahí están. Fueron “sorpresas” que encontró al ir limpiando el cuadro.

“Hay otra obra, muy similar, en el Museo del Prado de España. Hay registros de que este que está en Uruguay ya se consideraba de mejor calidad en la época que se compró”. Lo adquirió, según correspondencia que guarda el Museo de Artes Decorativas, la familia original del Palacio Taranco, a principios del siglo pasado. “Si buscás, el cuadro que está en el Prado se puede ver en Internet y hasta se nota a simple vista, en las fotos, que también tuvo restauraciones”.

—¿Siempre te informás así antes de sumergirte en una obra? ¿Es un requisito del oficio?
—Siempre estudio. Busco siempre interiorizarme, aprender corrientes, referentes. Es algo que lo hago naturalmente, pero también es parte de algo que se recomienda. Hay que tener el máximo conocimiento porque eso va a influir sobre las decisiones que tomes después sobre la obra en sí. Disfruto de eso. Siento que así trabajo con más pasión.

Estudiar la obra es tener respeto. Es entender que la mano que importa verdaderamente allí es la que pasó antes, la del artista. El conservador restaurador es más bien como un cirujano que tratará de sanar el cuadro.

—¿Para restaurar necesitás silencio?
—No siempre. Para la parte que es más repetitiva, necesito concentración, pero puedo tener sonidos alrededor. Ahora, cuando estoy con el pincel y las resinas, necesito meterme adentro y el silencio es fundamental. Cada pincelada del retoque la tenés que pensar.

La sala de madera donde están Claudia y el cuadro absorbe toda reverberación posible. Cualquier sonido que nace ahí, ahí muere. Seco. Solo se escuchan los ruidos de algún motor que atraviesan la ventana de marco blanco y cristales pequeños o las voces de los que caminan por los pasillos del palacio y rebotan en el mármol.

Es un taller improvisado: Claudia trae en su bolso un portapinceles, un recipiente de plástico con utensilios, el frasco marrón como de boticario, papeles, computadora, microscopio digital. Y es, también, la vieja biblioteca de la casa, la original. Detrás de las puertas de vidrio hay libros de lomo de cuero rojo y marrón. Leyes y decretos, diccionarios de arte, gacetas. Sobre la chimenea, un retrato de Félix Ortiz de Taranco, uno de los hermanos que ordenó construir la casa.

La puerta está abierta. La intención es que los visitantes puedan acercarse a Claudia y conversar con ella. Mientras estoy allí, observándola y preguntándole, son pocos los que pasan. Entran tímidamente. Halagan la labor de la restauradora, miran los estantes, el mobiliario y siguen. Dicen la restauradora y funcionarios del museo que sábado y domingo del Patrimonio hubo mucha gente. Dicen, además, que normalmente se ven más personas los miércoles y que hay quienes se acercan después de leer sobre la restauración en las redes sociales del Palacio Taranco.

La cuenta de Instagram la crearon en pandemia, como una herramienta para vincularse con el público tras el cierre de los museos. “Y queríamos acercar al visitante al tema de la restauración. Pero sin museo abierto, las redes fueron la forma de empezar. Es una forma de que vean el ‘backstage’, una tarea que se hace siempre en los museos y que es muy importante, pero que nadie ve”, explica Micaela Villalba, asistente de Dirección del museo. “Cuando la gente ve el proceso, se familiariza con la obra, implicarlos es muy gratificante”, añade el director Fernando Loustaunau.

Afirman que Instagram les sirvió para acercarse a otro tipo de público, uno más joven, que se acerca con una mirada distinta a la de los mayores. “Los más grandes ya conocen el museo y lo ven con nostalgia. Los más jóvenes lo ven como un lugar del que pueden apropiarse y eso nos gusta. Y nos interesa que este sea un museo que permita reflexionar sobre la cultura occidental, hacer un tejido de la información”, dice Loustaunau.

Claudia cuenta que las preguntas que hacen los visitantes son, la mayoría, de curiosidad. Quieren saber sobre la obra, sobre el artista. Ella aprovecha y difunde su trabajo. Le preocupa, muchísimo, que se entienda la importancia de su oficio para preservar la memoria. Porque al final de cuentas un cuadro puede ser simplemente eso, un objeto decorativo colgado en una pared o puede ser -debería- un indicio, un símbolo, un eslabón para comprender la cultura, el contexto de una época.

La primera vez que Claudia vio este San Roque fue entre 2007 y 2009, cuando hizo un relevamiento de casi toda la obra pictórica del Taranco junto a su padre, el restaurador Ruben Barra. La intención era conocer el estado de conservación general y entre los cuadros que requerían intervención, estaba este, de los más importantes del acervo. “Nuestro diagnóstico fue que había microdesprendimientos, algo que es muy común en obras de cierta cantidad de años, y esta es del siglo XVII. Observamos también que hubo ciertas restauraciones antes. Era necesaria una consolidación que ahora se concreta. Lo que hacemos es ir desde entender dónde está ubicada la obra, para saber cuáles son los factores que llevan al deterioro -la luz, la humedad, las vibraciones-, hasta estudios directos con lupa, radiación ultravioleta -interpretamos los repintes- y así, entre otras cosas, planificamos el tratamiento”.

El paso a paso de lo que hace y lo que debería hacer un conservador (hay tecnologías que no están en Uruguay) podría ocupar esta página entera. Claudia lleva un mes y medio trabajando en este cuadro y le quedan por delante un par de semanas más. Pero la esencia de su oficio está ahí, en la biblioteca silenciosa, en la milimétrica distancia entre sus ojos y la oscuridad de San Roque, en el minucioso movimiento de sus manos grotescas. Y, quien quiera, lo puede ver.

Fe de errata: la nota original, publicada el domingo 10 de octubre de 2021, fue modificada. El texto original decía que el cuadro fue pintado en el siglo XVI, lo correcto es siglo XVII. Disculpa a los lectores.

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