HISTORIAS

Reinventarse: dejar atrás una vida por otra

Cómo y por qué se toman nuevos rumbos cuando ya se recorrió gran parte de un mismo camino vital

Alberto "Tito" Pintos
Alberto "Tito" Pintos. Foto: Leonardo Mainé.

En una reciente entrevista, el ya veterano comediante Eddie Murphy reflexionaba sobre su trayectoria y consolidación profesional. Palabras más, palabras menos, Murphy decía que iba haciendo las cosas —de los escenarios más chicos a los más grandes, y de ahí a la televisión y el cine— de acuerdo a un blueprint (un plano) preexistente aceptado por la mayoría. Eso era parte de, decía también, parte del “viejo mundo”. “Hoy ya no es así”, concluía.

Si lo sabremos. El posmodernismo terminó con los grandes relatos hace unas décadas y la pandemia aceleró el proceso de muchos esquemas sociales y laborales que ya estaban fluctuando desde el comienzo de la revolución tecnológica digital.

El paisaje actual trajo consigo el concepto de reinventarse, mutar hacia otra identidad profesional o vital. Pero como somos finitos, la variable edad es crucial. No es lo mismo reinventarse cuando a uno le quedan tres décadas por delante, que cuando el horizonte final empieza a divisarse dentro de una década o tres lustros.

De fotos a comida

El caso de Pablo Ronchi (40) y el de su pareja Marina Mezquita (31, foto) está entre aquellos a los que la pandemia obligó a hacer una curva pronunciada a una edad relativamente joven. Ambos son fotógrafos profesionales: “Fui fotógrafo durante más de 20 años. Nos agarró la pandemia y nos quedamos sin nada. En abril del año pasado, a raíz de la falta de sueño y la necesidad de trabajar fue que se nos ocurrió empezar a vender frutas y verduras”.

Ahora que establecieron y afianzaron su negocio, aprendieron a diversificarse. Marina dice que a pesar de que siguen siendo fotógrafos y ya están volviendo a tener encargos profesionales en ese rubro, no abandonarán la tienda: “No vamos a volver a poner todos los huevos en la misma canasta”. La pareja piensa incluso en contratar a alguien para poder volver a la fotografía pero mantener la tienda. “Es una seguridad”, cuenta Marina.

Marina Mezquita
Marina Mezquita. Foto: Leonardo Mainé.

Ambos abrieron la tienda Silvestremarket y —gracias a su esfuerzo y al apoyo de familiares y amigos— de comienzos modestos crecieron hasta convertirse en un mercado de alimentos, no solo de frutas y verduras, exitoso. “Hace unos meses llegamos a tener ingresos similares a cuando éramos fotógrafos”, cuenta.

Patrimonio y artesanías

Alberto "Tito" Pintos
Foto: Leonardo Mainé.

La historia de Alberto “Tito” Pintos es muy distinta. A él, la necesidad de reinventarse le llegó cuando ya estaba acercándose a los 60. Pintos había sido un muy exitoso guía turístico.

Apasionado de la historia nacional y regional, se especializó en temas patrimoniales, y eligió a Colonia del Sacramento como su campo de acción. Durante 30 años, construyó un oficio y un renombre que le dio reconocimiento y éxito. Pintos era una referencia casi que obligada para cualquier turista que quisiera conocer y apreciar la historia de Colonia.

Con facilidad para transmitir sus extensos conocimientos, Pintos cautivó durante 30 años a turistas nacionales e internacionales, lo cual también le permitió afianzarse socialmente, ganando prestigio y construyendo un capital social envidiable, con contactos entre políticos (en particular, del Partido Nacional), empresarios, intelectuales y artistas.

Tan consistente había sido el ascendente camino de Pintos que en 2019 decidió jugarse por un proyecto que le era caro: un hotel propio. Se asoció a unos amigos y apostó todos sus ahorros al hotel Bahía Playa, cuando el año 2019 ya estaba bien entrado. “Pero en febrero del año pasado, cuando empezaron a llegar las noticias de Europa y de Brasil, comencé a sentir ‘esto viene mal’”.

Tan mal venía “esto” que Pintos, luego del 13 de marzo del año pasado, perdió todo. Se quedó, literalmente, en la calle. Llegó a la puerta del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) con una valija y una laptop. Un viejo amigo lo fue a recibir. “No tengo dónde ir”, le dijo a su amigo. Por entonces, el Mides estaba por inaugurar un refugio en el barrio de Sayago, pero faltaba una semana para que abriera sus puertas. “Aguantá una semana, que te podemos dar un lugar en el refugio”, le dijo su amigo. Esa semana Pintos la pasó en el Palacio Peñarol, compartiendo espacio con otras cien personas, cuatro baños químicos y alimentándose de unas bandejitas de comida que se repartían entre todos. Para él, que entre muchas otras cosas había sido el guía turístico exclusivo del Hotel Radisson de Colonia, el cambio fue brusco. Pero apechugó.

Una vez en el refugio, empezó a hacer unos maceteros de caña que él mismo califica de “horrorosos”. Los hacía con una lima de metal, un destornillador y una sierra pequeña. Otro amigo, al enterarse, le dijo que le iba a comprar tres. Ahí empezó a hacer más de esos maceteros “horrorosos”.

En frente al refugio se estaba construyendo una propiedad inmobiliaria y los albañiles lo veían luchar contra las cañas con esas herramientas precarias. Entre todos, juntaron lo que pudieron de distintas herramientas y se las regalaron, para que pudiera trabajar un poco mejor. “Estaban en mal estado, pero las pude recuperar y empezar a usarlas”.

A partir de ese momento, Pintos empezó a fabricar más y más artesanías, hasta tener todo tipo de artículos decorativos. Las manualidades siempre se le dieron bien. Ahora las va a vender a cuanto lugar puede y agradece especialmente al sindicato de feriantes de Peñarol, que le hicieron un lugar en esa feria.

—¿Qué aprendiste en el camino que te llevó de ser guía turístico a artesano?

—(Se le quiebra la voz y llora) A estar orgulloso de mí mismo. A ser más humilde. Yo iba atrás de la plata, el éxito, el renombre, esa idea estúpida de “vamos a tener un hotel”… E iba dejando atrás los afectos. Volví a apreciar ideales como los de Mayo del 68, la imaginación al poder, pasión por el rock y una cabeza menos consumista y más humana.

experto

Juan Fernández Romar*

El sociólogo Zygmunt Bauman (1925-2017) desarrolló una metáfora muy elocuente para hablar de la época actual y la definió como una “modernidad líquida” signada por el cambio continuo, la inconsistencia y la trasitoridedad de las relaciones humanas, tanto a nivel afectivo como laboral. Navegamos en mares de incertidumbre sin saber que nos ocurrirá mañana y cada uno de nuestro movimientos cambia el flujo y la forma del agua.

Por eso intentamos congelar algo de eso y apenas logramos una delgada capa de hielo. Y claro…patinar sobre una capa fina de hielo exige velocidad. El que se detiene se hunde. Nos desplazamos velozmente impulsados por el miedo a quedar fuera de algún circuito, a perder lo que hemos atesorado, por el miedo a la pobreza, el miedo a quedarnos solos…

Nuestra mayor preocupación es tratar de estabilizar el futuro, dotarlo de una mayor solidez pero sabemos que nada dura demasiado y que las novedades que aparezcan van a devaluar nuestra realidad. Esa inestabilidad (...) induce una competencia salvaje y mucho recelo del que tenemos al lado.

*Profesor de Psicología Social de la Facultad de Psicología.

Soft política

Silvia Nane (51) es senadora de la república. Ingresó al Senado el año pasado, cuando Carolina Cosse asumió como intendenta de Montevideo. Nane era la suplente. Nunca había ocupado un cargo político de tal relevancia. Hasta ese momento, había sido una empresaria en el rubro tecnológico, al frente de la compañía de testeo de software T. Machine.

Desde que egresó del liceo, Nane siempre se desempeñó en el sector privado. Con una gran capacidad de trabajo y productividad (hizo toda la educación secundaria al mismo tiempo que estudiaba para analista de sistemas en la Universidad ORT y trabajaba en una librería), Nane entró al mundo de la computación por un mandato materno. “Mi madre, un día, me dijo que la computación era el futuro y yo respondí a ese mandato. Creo que hubiese elegido ingeniería o agronomía de no haber hecho lo que mi madre quería. Pero tampoco estamos hablando de que me mandaban a Siberia, ¿no?”, cuenta sobre sus comienzos.

Apenas terminó sus estudios empezó a trabajar (“Había una necesidad de que empezar a trabajar cuanto antes en mi familia”). Su primer trabajo fueron arduos y repetitivos (ella y otros tenían que tipear todos los pliegos de una licitación en el sector público), pero ella tenía incorporado un sentido de la responsabilidad que hizo que se destacara.

Pasó por varias empresas de computación y a medida que iba cambiando de trabajo iban aumentando sus responsabilidades y desempeños.

Un día, se puso a hacer cálculos y se dio cuenta que por más que fuera gerenta y una líder en ese mundo, no iba a llegar a acumular suficiente capital para poder comprarse una casa. Ya era madre y el techo propio era una prioridad. Se largó por su cuenta.

—¿Sentiste algún tipo de temor o incertidumbre cuando decidiste dar ese paso?

—¿Qué era lo peor que me podía pasar? Tener que volver a trabajar como antes. Y sentía que no había forma de que me fuera mal.

Al frente de su propia empresa, pudo acumular el capital necesario para ser propietaria y el trabajo en sí le dio muchas satisfacciones. Entre ellas, hacer una de las cosas que más le gustan: formar a jóvenes que están arrancando en el mundo de la programación y computación.

Por más que fuera una empresaria exitosa, Nane no dejó de lado la política. Provenía de una familia en la que hablar de política era pan de todos los días, y tenía familiares de todos los colores partidarios. Ella recuerda que su padre, por ejemplo, citaba a Wilson Ferreira Aldunate para dar algún consejo. Siempre militó en la izquierda, aunque no fuera una dirigente política de relevancia nacional. Cuando conoció a Cosse, encontró una personalidad afín. Trabaron amistad y generaron una confianza recíproca, que desembocó en un lugar de suplente de Cosse en la lista al Senado.

Cuando la actual intendenta abandonó la tarea parlamentaria para ser intendenta, Nane dejó la empresa para dedicarse de lleno al trabajo legislativo. ¿Extraña el sector privado y el mundo empresarial? Lo que más extraña, dice, es el trabajo de formación y capacitación de los jóvenes, pero también aclara que parte de las tareas que realiza junto a su equipo tienen similitudes con lo que hacía cuando era empresaria, en cosas como la planificación y la evaluación de trabajos realizados.

—En el cambio que hiciste, ¿hay alguna sensación de que lo hiciste por un tema de responsabilidad hacia otros y no tanto por un deseo propio?

—Sí. La política me gusta porque es una herramienta para transformar la realidad, pero también hay algo de eso que decís.

Así como respondió al mandato materno cuando empezó a estudiar, así también parece responder al mandato de una fuerza política —y el colectivo que esa fuerza representa— para transitar esta nueva etapa de su vida.

Silvia Nane
Foto: El País.

Seguir aprendiendo, siempre

Yannine Benitez Villar (68 años) fue docente de secundaria durante tres décadas. Hace 10 años, se jubiló. Con 58 de edad, tenía por delante tiempo libre para hacer lo que quisiera. En vez de ir a la plaza a alimentar palomas, quiso indagar sobre un tema que siempre le había llamado la atención: la sexualidad humana. Ya había realizado cursos de capacitación en Educación Sexual y también estudiado por su cuenta. En un momento, empero, comenzó a pensar en hacer de ese interés algo más formal. “Como siempre me interesó la sexualidad humana, pensé en la carrera de sexología. Pero para ejercer como sexólogo, tenés que ser médico o psicólogo. Así que en 2010, empecé a estudiar la licenciatura en Psicología”.

Entró a la Facultad y se sintió a gusto enseguida. No solo estaba estudiando algo que le iba a permitir adentrarse en la sexología, sino también estaba rodeada de gente toda mucho más joven que ella. “Si algo me dejó haber trabajado en la enseñanza es el deseo de permanecer con muchos jóvenes al lado. Todo el pasaje por esa carrera fue descubrir cómo los jóvenes te aceptan y te integran. Mi teoría es que cuando sos un o una estudiante, la edad no importa. Tu comportamiento es el de una estudiante, sos una más”.

Aunque tuviera una meta definida, Yannine recalculó su trayecto académico: con varios de sus compañeros estudiantiles, empezó a acudir a cárceles para realizar estudios de campo. Y chau sexología. Se recibió de Psicóloga en 2014 y ahora sigue especializándose en psicoanálisis, la corriente lacaniana y también sigue estudiando sobre sexualidad.

Reinventarse para satisfacer una inquietud puede ser —al menos en el caso de Yannine— un camino hacia una fuente de vitalidad y vigor. Una manera de manter encendido el deseo vital de crecer y superarse, aún entrando en la veteranía.

experta

Beatriz Cuadro*

A veces, estas circunstancias nos sacan de la zona de confort. Ocurre que muchas veces vivimos en circunstancias que no nos gustan, pero como es lo conocido no nos animamos a cambiar. Creo que una de las consecuencias que tuvo la pandemia fue empujarnos a salir de ahí, y tener que explorar otro tipo de aspectos. Y eso, creo que lo que más promueve es la creatividad e innovación. Muchas veces, no hacemos uso de nuestra creatividad a no ser que estemos en un momento muy extremo. Es como cuando llegamos a casa sin haber hecho las compras. Abrimos la heladera y tenemos media cebolla, dos papas y dos huevos. Y con eso a veces podemos hacer una tremenda tortilla. En definitiva, se trata de sacar algo positivo de una situación dificultosa. Es una estrategia de supervivencia, y para eso es importante la inteligencia emocional, con cómo gestionar las emociones. Eso es lo que denominamos “resiliencia”, un concepto que hemos tenido prestado de la Física. Pero no siempre podemos: hay personas que ante situaciones extremas se deprime o incluso llega al suicidio.

*Psicóloga social y coach gestáltica

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