Recorrido por la Tanzania más salvaje: entre jirafas, ñus y leones

Desde el Kilimanjaro hasta el cráter Ngorongoro, una expedición que atraviesa paisajes ancestrales y la gran migración animal en el corazón del Serengeti.

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Safari en Tanzania

Viajar a Tanzania desde el Río de la Plata implica, antes que nada, embarcarse en un viaje en el sentido más amplio de la palabra. No es solo una distancia geográfica -más de 11.000 kilómetros- ni una sucesión de vuelos y escalas. Es, de alguna manera, un regreso a los orígenes de la humanidad. Regreso a un paisaje que parece haber estado siempre ahí, esperando ser recordado.

En la sabana africana las distancias son largas, limpias, sin obstáculos. La vista puede viajar kilómetros sin detenerse. “Hay un encaje perfecto entre el ojo humano y el paisaje. No es solo el placer de posar la mirada en un punto muy lejano de sus inacabables planicies. Hay algo más, tal vez de memoria ancestral, que es de una enorme y profunda complementariedad. Uno no se siente nunca tan humano como en África, tan hijo de la Tierra y tan migrante”. La reflexión es de Valeria Beruto, médica, escritora y fotógrafa, una de las viajeras que formó parte de esta expedición.

La travesía empieza en Buenos Aires con un vuelo hacia Addis Abeba, la capital de Etiopía, con escala técnica en San Pablo. Dieciséis horas después, cruzando desiertos y el Cuerno de África, el avión desciende hacia el Aeropuerto Internacional de Kilimanjaro. La terminal aérea, pequeña y funcional, está ubicada entre las ciudades de Arusha y Moshi.

A unos 50 kilómetros se eleva la presencia silenciosa del monte Kilimanjaro, la montaña más alta de África con más de 5.800 metros sobre el nivel del mar.

Allí nos espera Gerard, uno de los guías locales que nos acompañará durante toda la aventura. Habla un castellano sorprendentemente fluido y comienza a enseñarnos las primeras palabras en suajili. “Karibu”, dice sonriendo. Bienvenidos.

Una hora más tarde llegamos a Arusha, ciudad que funciona como puerta de entrada a los grandes parques del norte del país.

Calles agitadas, mercados improvisados, motos zigzagueando entre autos, vendedores ambulantes y el rojo intenso de la tierra africana que parece teñirlo todo. A la mañana siguiente partimos hacia Ndutu.

El trayecto atraviesa pueblos pequeños, mercados rurales, campos de maíz y zonas donde las acacias empiezan a dominar el paisaje. Ndutu forma parte del ecosistema del Serengeti y del Área de Conservación de Ngorongoro. Es una región de planicies abiertas que se transforma radicalmente según la época del año.

Nos alojamos en el Pamoja Migration Camp, un lodge móvil que se monta y desmonta siguiendo el ritmo de la migración de los animales. Nos recibe el equipo del camp, alineados, cantando y bailando Jambo, Jambo, una canción que saluda a los huéspedes a su llegada y a su partida. Tanzania se nos brinda como una experiencia de ritmo y color. Por las noches, la música no viene de parlantes. Viene de la tierra. Rugidos lejanos, graznidos, pasos invisibles.

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Safari en Tanzania

Aventura tierra adentro.

Nos levantamos cada día a las 5.30. Desayuno rápido y salimos en dos vehículos de safari que serán el espacio donde compartiremos, día tras día, silencios, asombro, risas y mates.

El primer encuentro ocurre apenas a unos minutos del campamento. Un grupo de jirafas aparece caminando lentamente entre acacias dispersas. Más adelante, vemos a los primeros elefantes, los animales terrestres más grandes del planeta, organizados en matriarcados: avanzan unidos. Seguimos recorriendo y la fauna alardea su abundancia.

Febrero es una época especial en Ndutu. Es la llamada calving season: el momento en que cientos de miles de ñus dan a luz en las planicies. Durante pocas semanas nacen más de 400.000 crías.

Después de tres días dejamos Ndutu y nos dirigimos hacia el Parque Nacional Serengeti, uno de los ecosistemas más célebres del planeta. El Serengeti tiene cerca de 30.000 km², extensión comparable al tamaño de Bélgica. Acá seremos testigos de la gran migración: millones de ñus y cebras cruzan el Serengeti en busca de pastos.

También el paisaje cambia. Aparecen los icónicos kopjes, formaciones rocosas que intervienen el paisaje. Son colinas de granito, formadas por millones de años de erosión. Funcionan como puntos de sombra y como miradores naturales para los depredadores. La casa de los “gatos”, nos dice Gerard.

En uno de ellos aparece la escena perfecta: una leona recostada en lo alto de una roca, mirando las planicies infinitas. La imagen recuerda inevitablemente a El Rey León.

El último tramo del viaje nos lleva a la región de Ngorongoro. Nos dirigimos al cráter, una gigantesca caldera volcánica formada hace unos dos millones de años. Tiene unos 20 kilómetros de diámetro y más de 260 km² de superficie interior. Dentro vive una de las mayores concentraciones de fauna salvaje de África. Descender los 600 metros es como entrar en un mundo cerrado: lagunas con flamencos, praderas con cebras y antílopes y elefantes caminando entre bosques.

Después de días en campamentos, la noche en Ngorongoro se siente como un regreso parcial a la civilización. Pasamos la última noche en una Farm Villa desde donde visitaremos una aldea masái antes de emprender el regreso a casa.

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