"Quiero que la gente se pelee por la obra que ve"

| Sea como elogio o crítica, a esta dramaturga y directora teatral le gusta que la tilden de provocativa. Ama los escenarios no convencionales y rechaza los clichés.

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Entrar al Teatro Circular, sentir el inconfundible olor de una escenografía que espera que las luces se apaguen y ver el recorrido del público rodeando el escenario fue demasiado. La adolescente Mariana Percovich, ya desde niña una "espectadora consciente" por influencia de sus padres y que juntaba monedas para no perderse los espectáculos, se terminó de enamorar del teatro. "Y también tenía clarísimo que no quería ser actriz". Tal vez en ese clic sensorial nacía quien hoy es una de las directoras y dramaturgas más reconocidas del medio local, y con mayor proyección al extranjero.

"Provocativa" es, al mismo tiempo, el elogio y la crítica que más le llegan. No es para menos. Esta mujer de 48 años y pelo rojo chillón, profesora titulada de Literatura y experiodista cultural, becada en el Royal Court Theatre de Londres, exdramaturga residente en el Teatro Abierto de París, y desde el 23 de enero pasado -y por segunda vez- directora de la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD), se ha caracterizado por el uso de escenarios no convencionales, su interés en los temas de género y un espíritu revulsivo. Su polémica versión de Bodas de sangre (2008) de Federico García Lorca, con la Comedia Nacional y en el Teatro Solís, que incluía otros textos del autor español además de inequívocas alusiones a su homosexualidad, cosechó tanto aplausos de pie como abandonos intempestivos de butacas. Ella estaba en su salsa; estaba provocando.

"Por eso me dedico al arte. Quiero generar movimientos en el alma y la cabeza de la gente, que cuando vayan al teatro le pasen cosas, que discutan al salir, que se peleen por lo que están viendo", dice en su oficina de la EMAD, sin ventilador y con los bocinazos por la calle Mercedes como música de fondo. Son días de muy poco descanso. "Estoy hasta diez horas en la Escuela. Luego voy a casa, como algo, me doy un baño y voy hasta el ensayo de (la comparsa) Mi Morena. Luego vuelvo a caerme en la cama y el ciclo empieza otra vez".

Es que desde 2009 también trabaja en Carnaval, haciendo siempre la puesta en escena a grupos de la categoría Sociedad de Negros y Lubolos. Mi Morena, con un espectáculo muy elogiado, pasó a la Liguilla; eso quiere decir que su ritmo laboral aún está lejos de aflojar. Paralelamente, afina su proyecto para la EMAD (ver nota aparte) y prepara su próxima obra, Clitemnestra, a la que define como "un falso monólogo griego" y como el fin de su "trilogía de las griegas" iniciado con Yocasta (2003) y Medea (2009). Y todo empezó con los olores del Circular, con la generosidad del director Carlos Aguilera, y con un mundo (el teatro) que terminó fagocitándose a otro (el periodismo).

NO CONVENCIONAL. La Mariana periodista trabajó en CX 30, El Espectador, La Hora Popular, Brecha y Búsqueda, donde llegó a ser editora de Cultura. También daba clases de literatura en escuelas de teatro como El Galpón o La Gaviota. "De a poco empecé a usar el escenario para mis clases, en los trabajos prácticos. Y mis colegas comenzaron a decirme que debía probar con dirigir".

Mariana tenía familia y amigos en común con Aguilera, fallecido en 2009. Él le abrió las puertas a un mundo en que hasta entonces solo era espectadora; "consciente", pero espectadora al fin.

"Tenía 19 años, no estudiaba teatro, era periodista y absolutamente foránea en ese ambiente. Y me permitió estar, como su asistente, desde el primer ensayo hasta el último de Ya nadie recuerda a Frederick Chopin (1982). Por suerte se lo pude agradecer antes que se muriera. En eso, que no todos los directores lo permitían, él fue muy generoso". Mariana se emociona visiblemente con el recuerdo.

Directores como Héctor Manuel Vidal y Jorge Curi también le formaron el ojo de espectadora. Eduardo Schinca le enseñó sobre el manejo del escenario y las perspectivas de los espectadores. Aquí no había preparación para directores teatrales, así que ella se formó observando, mucho antes de asistir a cursos y becas en el exterior. Para 1995, las tablas le habían ganado definitivamente la pulseada a las cuartillas. "Llegó un momento en que no tenía objetividad para hacer periodismo cultural". En 1996 estrenó su primera obra, Te casarás en América, en la Sinagoga Húngara, por calle Durazno. Desde el inicio, el uso de escenarios no tradicionales -buscando nuevos lenguajes, nutriéndose del aura y la simbología que emerge de esos lugares, interactuando con su estructura, resignificando espacios, desafiando al espectador- fue un sello distintivo.

Alfredo, su padre, nuevamente, también tuvo mucho que ver en esto. "Él era periodista y escritor, y nos llevaba a pasear de niños -éramos cinco hermanos- por la ciudad. Nos hacía verla. Íbamos a la Plaza Colón en tren y nos hacía mirar la arquitectura. Desde muy chica me `obligó` a ser muy observadora de mi ciudad". Mucho después, ya en los `90 y de gira por Brasil, vio lo que su colega Antonio Araujo hacía con El libro de Job: un texto bíblico versionado en los pasillos y escaleras de un hospital abandonado, el Umberto Primo de San Pablo, y el público siguiendo el recorrido de los actores. "Eso me partió la cabeza. Ese era el teatro que yo quería hacer, definitivamente. Se puede, es enorme el trabajo pero se puede".

Así, la estación de trenes de Colón, esa que visitaba con su padre, fue el escenario de Destino de dos cosas o de tres (1996); las caballerizas del Museo Blanes lo fueron en Juego de damas crueles (1997); el edificio del Jockey Club en El errante de Nod (2002); o el gimnasio del Instituto Superior de Educación Física para Pentesilea (2011).

Lo difícil fue convencer al público, reconoce hoy. Obras como El errante... no eran para cualquiera: había un límite de espectadores que debían subir por ascensor hasta el piso 12 del Jockey y luego bajar por las escaleras durante el desarrollo. "Incluso a Juego..., que fue mi espectáculo más premiado (esa obra le dio a Mariana sus únicos dos Florencio: Mejor Espectáculo y Mejor Directora), fue muy poca gente. Fue cuestión de perseverar. Ahora ya los convencí (se sonríe). Si hoy hiciera uno en la punta del Obelisco creo que van igual".

opinión. La vida de Mariana gira en torno al teatro, sus trabajos en el país y el extranjero. No se arrepiente de esa entrega total. "No tengo hijos. Mi carrera demandaba muchas horas de ensayo, estar tres meses en Brasil, uno en Londres, otro en París. Además, hace unos años tuve tres cirugías grandes de columna, y ahí se acortaron mis posibilidades (de ser madre). Pero aclaro que nunca significó un duelo para mí ese tema". Sus referencias temporales son, justamente, sus proyectos. "Vivo en pareja desde hace casi diez años... desde Yocasta, con Diego Roja. Él si tiene un hijo de 17 años. Es educador del INAU, nada que ver con el ambiente, ¡por suerte!".

Como espectadora se dice "un desastre": siempre va a un espectáculo a "trabajar", a conocer un director o dramaturgo nuevo. El cuestionamiento a los roles masculino y femenino está presente en su obra desde Te casarás... hasta Pentesilea (la reina de las Amazonas enfrentádose al ejército de Aquiles), y promete ir más allá en Clitemnestra. "Me interesa que no nos quedemos en los clichés". En Londres aprendió de luminarias como Steven Berkoff o Steven Daldry (quien en cine dirigió la oscarizada Las horas), pero también afirma que su experiencia en el extranjero le hizo valorar lo bueno del teatro nacional. De Argentina, tomó de su admirado colega Roberto Bartís, la definición "ladrón de gestos" para explicarles cuál es su rol a los actores principiantes. O, al menos, parte de él.

"Un actor es un ladrón de gestos en la medida que tiene que tomar la realidad como modelo, y también él es parte de esa realidad. Pero es muy importante que tenga opinión. No creo en el actor repetidor de un texto. Ya no apostamos a las `cabezas parlantes`. Un actor es gente con alma, corazón y técnica, pero también opinión. De la realidad que tengo como modelo, yo selecciono lo que tomo". Esa actitud, resalta, es la que también aprecia el público. "Cuando uno va a ver a un personaje, en realidad va a ver a Fulano haciendo de ese personaje. De otra forma, ¿qué sentido tendría volver a ver Hamlet?".

Rediseñar los cursos

Mariana Percovich ya había sido directora de la EMAD entre 2004 y 2007. En ese entonces renunció, según una carta que envió a las autoridades municipales, porque había "un sector minoritario de docentes" que se resistía a los cambios. Esa situación -valga la redundancia- cambió, dice hoy la directora y dramaturga. "Docentes y alumnos han pedido cambios internos que yo tomé para mi proyecto", asegura Percovich que, admite, conoce mucho más hoy de la EMAD que cuando asumió el cargo por primera vez. El principal que propone pasa por rediseñar el plan de estudios: su proyecto incluye un tronco común de dos años que luego se dividen en dos años más con cuatro especializaciones (actuación, dramaturgia, dirección y diseño) que vuelven a unirse en un semestre final de egreso. "El sueño es que esta carrera se transforme en una licenciatura. Estamos en trámite". Actualmente, la EMAD ofrece una carrera de cuatro años de actuación y otra de diseño teatral (escenografía, vestuario, iluminación) con la misma duración y materias en común. Los cursos van de lunes a sábado y constan de 3.600 horas de formación. La Escuela tiene hoy en total 150 alumnos repartidos en dos turnos.

SUS COSAS

Su auto

Mariana no sabe manejar y no está interesada en aprender. "Y más ahora, luego del implante en la columna, y que soy corta de vista". Eso sí, tiene un "viejo Volvo del 70" que conduce Diego, su pareja desde hace casi 10 años o, como ella mide el tiempo, desde que hizo Yocasta.

Su definición de actor

Aunque no es una metáfora que use mucho, le divierte cuando definen a un actor como a un "chamán". "Es una imagen linda, me parece lúdica. Un chamán invoca cosas y, de alguna manera, los actores invocan y sacan cosas de lugares insospechados de sí mismos". También le gusta definirlos como "ladrones de gestos" pero "con opinión propia".

Un posible escenario

¿Qué otro escenario no tradicional le interesaría a Mariana para montar una obra? "Una piscina. Vi una de mármol, gigantesca, vacía, en Argentina que me encantó. Esos espacios se asocian a lo húmedo, lo profundo. Y haría una tragedia de Shakespeare en un frigorífico, hace tiempo que quiero hacer algo así".

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