En una esquina del barrio Palermo hay una casa que parece haber alcanzado una tregua. Mientras otras fachadas de la zona acumulan firmas, consignas políticas, adhesivos y nuevas capas de pintura, sus muros siguen intactos. Sobre ellos conviven figuras femeninas y flores, en una composición inspirada en el art nouveau. Hace seis años que está ahí. Y, según quienes impulsaron el proyecto, nadie volvió a intervenirla.
La anécdota podría haber pasado inadvertida si no fuera porque Montevideo atraviesa un momento en el que vuelve a preguntarse qué hacer con sus paredes. En las últimas semanas, el debate sobre grafitis, pintadas y daños a fachadas regresó al centro de la conversación pública a raíz de la formalización judicial de un grafitero —Ruzok, quien fue filmado dejando su firma en el centro de la ciudad— acusado de realizar más de 60 “tags” (como se le dice a las firmas estilizadas de los grafiteros) en propiedades privadas y espacios públicos. Pero detrás de ese episodio existe una discusión mucho más amplia y antigua: quién decide cómo se ve una ciudad, qué lugar ocupa el arte en el espacio público y hasta dónde llega el derecho de cada persona a intervenirlo.
Es en ese contexto que surge Fachadas con Arte, una iniciativa impulsada por el arquitecto Gabriel Terrasa que propone contratar muralistas profesionales para intervenir fachadas privadas y convertirlas en obras de arte.
La apuesta es la siguiente: si una pared se transforma en un mural de calidad, respetado por la comunidad artística y valorado por los vecinos, será menos probable que vuelva a ser vandalizada. La hipótesis parece lógica. Pero también abre una pregunta incómoda: ¿es el muralismo una forma de protección urbana o simplemente otra intervención?
Para Terrasa, la idea nació mucho antes de que el tema ocupara titulares. El disparador fue una experiencia concreta. Una de las propiedades que el también gestor inmobiliario administraba en Palermo había sido repintada varias veces debido a las intervenciones recurrentes. Finalmente decidieron contratar a un muralista.
El resultado fue una fachada en Durazno y Frugoni, intervenida por el artista Santiago Cosse. “Los vecinos la incorporaron como propia. Se sienten viviendo dentro de una obra de arte”, afirma. Según su relato, la obra no solo sobrevivió intacta durante años sino que terminó convirtiéndose en un punto de referencia del barrio.
A partir de esa experiencia nació la idea de ofrecer el servicio a terceros. El funcionamiento es relativamente simple: el cliente envía fotos de la fachada, Terrasa desarrolla propuestas visuales y luego trabaja junto a muralistas para ejecutar el proyecto.
Los presupuestos oscilan, según explica, entre $ 30.000 y $ 50.000 para intervenciones relativamente pequeñas, como las de una vivienda o un comercio. “Claro que para un vecino particular eso puede ser mucho, y sin la garantía de que se respete. Pero confiamos en que el arte sea respetado por el resto de los artistas callejeros y muralistas. Hay códigos por los cuales se rigen, y esa es nuestra apuesta”, cuenta.
Más allá del aspecto comercial, Terrasa insiste en que la iniciativa busca ser un aporte urbano. “El mundo ya está bastante vandalizado. Creo que el derecho de unos pocos no debería primar sobre la idea de que la ciudad es de todos”, sostiene.
Su argumento conecta con una expresión que ha ganado espacio en los últimos años y que también adoptó Montevideo Más Linda, un colectivo creado en 2025 que organiza jornadas para limpiar fachadas, recuperar espacios públicos y poner en valor edificios patrimoniales en distintos barrios de la ciudad (ver columna). La organización suele reivindicar una idea que atraviesa buena parte de este debate: el llamado derecho a la belleza.
¿Quién define lo que es bello?
El concepto tiene fuerza. Es fácil comprenderlo intuitivamente pero difícil definirlo con precisión. La doctora en arquitectura, Laura Alemán, especializada en patrimonio arquitectónico y urbanístico, cree que justamente allí reside su potencia.
“La idea del derecho a la belleza tiene la virtud de transmitir que la belleza no es privilegio de un sector o de una clase social, sino un derecho de todos los ciudadanos”, señala.
Para la arquitecta, la discusión está vinculada a todo aquello que puede ser disfrutado colectivamente: edificios públicos, fachadas, plazas, espacios compartidos. Sin embargo, advierte que el concepto también encierra complejidades.
“El problema es qué entendemos por belleza. Es un eslogan poderoso, efectivo, pero que encubre algunos problemas conceptuales que no podemos resolver así sin más”, apunta.
Alemán suele citar una idea de la historiadora argentina Graciela Silvestri: que Montevideo posee una “muy buena distribución social de la belleza”. Es decir, que el acceso a espacios urbanos valiosos no está concentrado exclusivamente en determinados sectores de la ciudad.
La pregunta, entonces, no es solamente si la belleza es un derecho, sino quién define qué es bello. Y ahí aparecen los desacuerdos.
Lo que ve una artista pionera en el grafiti
Min8, comenzó a pintar a fines de los años 90, abrió camino para las mujeres en una escena entonces dominada por hombres y con el tiempo llevó el aerosol desde la calle hacia proyectos para marcas nacionales e internacionales, sin abandonar su vínculo con el arte urbano. Sus murales han recorrido varios países, participó en festivales y trabajó para firmas como Nike, Puma, Coca-Cola y Converse, convirtiéndose en una de las referentes más reconocidas del muralismo y el grafiti en Uruguay. Tras más de dos décadas pintando en las calles, observa el debate desde otro lugar. Considera que muchas veces se simplifica un fenómeno que es complejo.
“Se plantea una especie de guerra contra el grafiti, en lugar de buscar formas de convivencia o inclusión”, sostiene. Y complementa: “Es una expresión que siempre va a existir y no va a desaparecer por más prohibiciones que se implementen. Hay antecedentes claros. Por ejemplo, en la ciudad de Nueva York se impulsaron leyes muy duras contra el grafiti y, sin embargo, sigue existiendo. Lo curioso es que al mismo tiempo la ciudad reconoce como parte de su historia y de su memoria a figuras legendarias como Taki 183 o Seen. Eso demuestra que el fenómeno es mucho más complejo de lo que suele plantearse”.
Para ella, uno de los problemas centrales es que la sociedad suele agrupar bajo una misma etiqueta prácticas muy diferentes. No es lo mismo una firma, una pintada política, un mural o una intervención artística compleja. “Más que una diferencia de técnica, existe una diferencia de intención y de búsqueda por parte de quien realiza”, explica.
También rechaza la idea de una belleza única y universal. “La belleza es subjetiva”, resume. Lo que para algunas personas representa contaminación visual, para otras forma parte del lenguaje de la ciudad. “Los tags, los stickers y los puntos de encuentro entre distintas intervenciones son también una forma de comunicación y una parte de la historia de Montevideo”.
Sin embargo, cuando se le pregunta específicamente por la propuesta de contratar muralistas, interpreta desde otra lógica. “No utilizaría la palabra protección”, aclara. “Diría que invertir en un mural realizado por un artista respetado dentro de la cultura de la calle es una forma de promover el arte”. El valor estaría, para Min8, menos en evitar futuras pintadas que en generar identidad.
Un código no escrito pero que se respeta
Cuando Gabriel Terrasa explica por qué cree que una fachada intervenida por muralistas tiene más posibilidades de ser respetada, no habla de cámaras, multas ni vigilancia. Habla de códigos. Para entenderlos hay que mirar la historia de Santiago Cosse, el artista que pintó la fachada de Durazno y Frugoni hace seis años y que hoy forma parte de Fachadas con Arte.
Cosse empezó a pintar a los 12 años. Desde entonces transitó durante más de una década el mundo del graffiti, un universo que, según explica, posee reglas propias que muchas veces pasan desapercibidas para quienes lo observan desde afuera. “Una firma puede ser tapada por unas letras más elaboradas. Unas letras más elaboradas pueden ser tapadas por un mural”, resume.
La lógica no está escrita en ningún reglamento, pero funciona como una jerarquía informal basada en el tiempo, la técnica y el trabajo invertido en cada intervención. Cuanto más elaborada es una obra, mayor suele ser el respeto que genera dentro de la propia comunidad de artistas urbanos.
Fue justamente esa idea la que inspiró el mural realizado en Palermo. La fachada, que acumulaba pintadas recurrentes, fue transformada y seis años después, la obra sigue ahí.
Cosse evita presentar esto como una garantía. Nadie puede asegurar que un mural nunca será intervenido. Pero sí cree que existe una diferencia entre una pared lisa y una obra construida durante semanas de trabajo.
Sobre esa convicción se apoya Fachadas con Arte. Más que combatir al graffiti, la propuesta busca dialogar con una de sus reglas históricas: la idea de que el trabajo de otro artista merece ser respetado. Para Terrasa, si ese código funcionó una vez, puede volver a funcionar.
¿Solución o nueva capa sobre la ciudad?
Para Alemán, la discusión no pasa únicamente por las pintadas o los murales, sino por cómo entendemos la arquitectura. “La fachada de un edificio ya está terminada como tal. Es una obra que tiene su propia dimensión artística”, afirma. Desde esa perspectiva, intervenir una fachada para evitar futuras pintadas implica superponer una expresión artística sobre otra que ya existe. Por eso plantea una especie de ejercicio mental: “¿Cómo sería Montevideo si hiciéramos murales en todas las fachadas de la ciudad para evitar el vandalismo?”, pregunta. “Para mí sería una pesadilla desde el punto de vista visual”.
Su objeción no apunta contra el muralismo en sí mismo. Reconoce que existen intervenciones urbanas valiosas, creativas y enriquecedoras. Lo que cuestiona es la idea de convertirlas en una solución generalizada frente al problema de las pintadas. En especial cuando se trata de edificios patrimoniales o arquitecturas con identidad propia.
La postura encuentra eco, aunque con matices, en el colectivo Montevideo Más Linda. La organización sostiene que el arte urbano puede aportar valor cultural e identidad, pero que cada caso debe analizarse individualmente.
“Existen corrientes de la arquitectura que entienden que las fachadas no deberían ser soporte de intervenciones ajenas al proyecto arquitectónico”, señala Imanol de los Reyes, estudiante avanzado de arquitectura y uno de sus integrantes.
La comparación que utiliza es deliberadamente provocadora: “Es como si hoy yo quisiera ir al Museo Blanes y ponerme a pintar alguna de las obras del pintor”.
Frente a quienes entienden que una fachada ya constituye una obra terminada y no debería recibir nuevas intervenciones, Terrasa sostiene que el muralismo puede dialogar con la arquitectura en lugar de competir con ella. Afirma que los diseños no se aplican de forma arbitraria, sino que intentan leer la historia del edificio y su relación con el barrio. Como ejemplo menciona la casa de Palermo: una construcción de aire afrancesado cuya estética fue reinterpretada a partir de elementos del art nouveau y referencias al candombe. “Todo se hace en conjunto con el propietario y buscando que se integre al barrio”, señala.
El objetivo, asegura, no es imponer una imagen sobre la fachada, sino generar una obra que los vecinos sientan como propia y que sea respetada por quienes intervienen la ciudad.
Y, quizá, pertenencia sea justamente una palabra clave de toda esta discusión. Montevideo Más Linda lo observa cada vez que organiza una jornada de recuperación urbana. Los espacios intervenidos, sostienen, no suelen volver al estado original de abandono, aunque sí ha pasado de que han vuelto a grafitear arriba de una pared recién pintada.
“Cuando una comunidad se involucra en la recuperación de un lugar, cambia la relación que tiene con él”, explica y lo compara con algo doméstico: “Es como en tu casa: si vos limpiás, no vas a querer ensuciar porque valorás tu propio esfuerzo”.
Al final, ninguna de las voces consultadas parece creer que exista una solución única.
Alemán insiste en que el tema debe discutirse colectivamente. “No hay nadie que pueda definir por sí mismo qué tiene valor y qué no. Las ciudades son de todos”, dice. A su vez, Terrasa cree que el arte puede generar respeto y orgullo barrial. La artista Min8 recuerda que detrás de cada mural hay procesos creativos, búsquedas personales y formas de expresión que rara vez se analizan con profundidad (ver columna). Y desde Montevideo Más Linda se insiste en una idea: “Las ciudades más lindas no son necesariamente las que tienen más recursos, sino aquellas cuyos habitantes se involucran activamente en cuidarlas”.
La discusión está lejos de agotarse. Porque detrás de cada fachada pintada, restaurada o vandalizada aparecen preguntas más amplias sobre patrimonio, arte, educación, espacio público y, principalmente, sobre ciudadanía y sobre cómo nos relacionamos con la ciudad que habitamos.
Mientras se discute si los murales pueden ayudar a proteger fachadas, distintas iniciativas ensayan respuestas muy diferentes al deterioro urbano.
Una de ellas es Montevideo Más Linda, un colectivo ciudadano que desde fines de 2025 organiza jornadas de recuperación de espacios públicos. Su propuesta combina limpieza, pintura, restauración de fachadas y puesta en valor de edificios patrimoniales. En lugar de centrarse en la denuncia, promueve la participación vecinal y la idea de que una ciudad más cuidada depende también del compromiso de quienes la habitan.
Desde el ámbito institucional, el Municipio CH desarrolla programas específicos para atender reclamos vinculados a pintadas y vandalismo. Entre 2023 y 2025, el programa Borrón y Cuenta Nueva intervino 38 fachadas. Según datos proporcionados por la alcaldesa Matilde Antía, solo una de ellas volvió a ser vandalizada. Este año, además, el municipio puso en marcha un nuevo plan antigraffiti para espacios públicos y privados que ya recibió 55 reclamos y solucionó 37.
A estas experiencias se suma ahora Fachadas con Arte, la propuesta impulsada por Terrasa, que apuesta a incorporar muralistas profesionales para transformar muros y fachadas en obras de arte.
Aunque recorren caminos distintos, todas las iniciativas buscan intervenir sobre una misma preocupación: el deterioro del espacio urbano y la relación de los ciudadanos con él.