EL PERSONAJE

Papina de Palma: “Si no puedo cantar no sé quién soy”

Empezó en el coro de la escuela. Tuvo una banda en Colombia, integró las Coralinas, salió un tiempo con Falta y Resto, y es una cantautora que defiende sus canciones.

Papina de Palma. Foto: Leonardo Mainé
Papina de Palma. Foto: Leonardo Mainé

Papina de Palma pone un mechón de su pelo castaño detrás de la oreja y asoma una caravana de dinosaurio azul y amarilla. Hay algo lúdico en ella, en el lugar que habita —uno de sillas amarillas, sofá turquesa, pez come bolsas amarillo, un Paul McCartney en peluche— y en los escenarios que pisa e inunda de humor, chistes y verborragia.

Hubo algo lúdico en eso de elegir la música como forma de vida. Y también hubo algo que fue, dice Papina, “un instante decisivo”.

Las decisiones

“Fue en tercero de escuela. Iba al San Juan Bautista y el coro lo dirigía Carmen Pi. Había una prueba de ingreso, y me presenté. Carmen nos hacía cantar una canción”, recuerda. Y ahora, rodeada de ese mundo adulto de amarillos y turquesas, entona la voz en un canto de niña: “‘Todos tenemos que practicar, que practicar, que practicar. Todos tenemos que practicar, el piano por la mañana’. Pero vos lo rellenabas con lo que te gustara. Yo hacía ballet en ese momento, entonces lo usé. Quedé”.

El otro instante decisivo que puede nombrar fue en la adultez. En sus veintitantos. Entonces hubo llantos, miedos, riesgos, la palabra de la abuela Norma. “Fue mucho más evidente, muy decisivo”.

Papina cantaba los fines de semana y el resto de los días componía e iba a la facultad a estudiar Ingeniería Audiovisual, su “plan B”. “Le dedicaba muchísimo tiempo al plan B, pero en un momento dije: ‘Quiero grabar un disco’”. Habló con Juanito el Cantor, productor en Argentina, vendió todo lo que encontró por el camino —un bajo de su adolescencia, su única guitarra, ropa, amplificador, bicicleta—, pidió plata prestada, juntó lo que necesitaba y se fue por dos semanas. Faltó a clase y, por primera vez, se dedicó solo a las canciones.

“Me levantaba, grabábamos un ratito, almorzábamos charlando de las canciones, después al estudio de vuelta. Todo el tiempo estaba muy presente la música. Experimenté la vida de una música por primera vez. Fue maravilloso y cuando volví sentí una resistencia con la facultad. Sentí el pánico de estar construyendo una vida que no era la que yo quería vivir”.

Dice que tuvo un pico de lucidez, que habló con su abuela Norma y le contó, más convencida que nunca, que quería cantar, que estaba viviendo la vida de otra persona. “Y me dijo: ‘No le digas a tu madre, pero tenés razón’. Era lo que me faltaba y me borré de la universidad. Y mi mamá no es que sea enemiga del arte ni nada, pero fue una situación, y si yo no iba a ser estudiante, no me iba a seguir manteniendo. Pero lo resolví”.

Se mudó a una Argentina en la que todo era más barato. Vivió “un tiempito” que se transformó en un año en la casa de Juanito el Cantor y su pareja Licina. A cambio, Papina cuidaba a las hijas de ellos cuando necesitaban. “Fuimos una familia rara y hermosa”.

Con él grabó Instantes Decisivos, su primer disco, y con el disco en mano se volvió a Uruguay. Se animó a tocar esas canciones y la música como forma de vida fue sucediendo. “Tampoco es una cosa que sea super-romántica y todo lindo. Pero es la vida que yo elijo”.

La identidad

El lunes 5 de julio de 2021, pasadas las ocho de la noche, Papina se paró con sus canciones y sin banda en el escenario de la Sala del Museo. Pudo ser un recital más, pero no.

Ese día —el del vestido de terciopelo rojo, las medias negras, la camisa floreada hasta las pantorrillas— fue el retorno tras meses sin espectáculos públicos. Fue de muchas emociones juntas, de pocas palabras al principio y verborragia después, de su padre y sus amigas en la sala.

“Tantos meses esperando para volver. Tenía mucha ansiedad por el tema laboral y económico, que a todo el sector lo ha perjudicado un montón. Pero además porque quienes nos dedicamos al arte tenemos la particularidad de que nuestro trabajo es sumamente vocacional. Entonces para mí se pone en juego algo de la identidad cuando no podés trabajar. Muchas veces me pregunté en todos estos meses e incluso el año pasado, qué persona soy sin la música, pero siento que si no puedo cantar, no sé quién soy”.

Y de fondo estaba la frase que escuchó de pequeña, que cantando iba a terminar por morir de hambre. Hasta la pandemia Papina había comprobado que no necesariamente. Tocaba en muchos lugares, hacía canciones. Entonces se frenaron los espectáculos públicos y le revoloteó la frase del hambre.

“Pero tengo muchas amigas y amigos colegas con quienes pude conversar y darme cuenta de que nos está pasando lo mismo. Y que tiene más que ver con todo lo que está sucediendo que con nuestras propias decisiones. Y con un sistema de una vulnerabilidad total”.

La niñez en Uruguay. La adolescencia entre España y Colombia. La timidez que se fue perdiendo y la voz potente que fue ganando terreno. Un grupo de pop rock que se llamaba Calma y del que hasta hace poco se podían escuchar las canciones en MySpace. Volver a Uruguay —otro instante decisivo, hasta ese momento su hogar había sido cada lugar donde vivía su madre—. Las Coralinas —un grupo vocal donde hizo buenas amigas— y la murga —donde aprendió un poco más de privilegios y de la democratización de la música—. Una línea del tiempo que le enseñó sobre su propia vida.

“A raíz de haber salido en carnaval un año, conocí esta cuestión de democratizar la cultura, de llevarla a todos los barrios, ir a los lugares, no esperar que vengan. Eso en la música que yo hago no es muy común. Entonces me pregunto mucho cómo hacer para democratizar estas canciones, que después capaz a nadie le gusta, pero dar la chance. También creo que conocer a mis compañeras, me enseñó un montón. Recuerdo ser más chica, que me preguntaran cómo es ser mujer en la música y yo decir ‘lo mismo, no pasa nada’. Pero ahí me empecé a dar cuenta de que no era lo mismo y que si a mí había cosas que no me costaban era porque ya contaba con ciertos privilegios o venía recomendada por varones”.

Y, así, a la par de la vida, se fueron transformando sus canciones.

“Tengo un cuaderno con letras espantosas. Pero cuanto más adolescente, más alevosa la construcción del amor muy romántico y muy posesivo”.

No es la primera vez que Papina reflexiona sobre la deconstrucción de la idea del amor que nos atraviesa en estos últimos tiempos. Lo dijo en entrevistas, lo dijo en sus shows, lo dice ahora: “El feminismo te pone todo el tiempo frente a vos misma. Me cuestiono todo, todo el tiempo. Creo que tiene que ver con que soy indecisa. Mi postura es la incertidumbre”.

Y Papina, que ahora está preparando su último disco, revisó Instantes decisivos. Entendió que ella era mucho más que solo historias de amor. Nacieron otras canciones: de amistades, de feminismo, de mujeres tristes, de otoño, a su perrita. Y aún cuando es una canción reciclando sus anécdotas de amor —“porque a quién no le gusta una canción de amor”, dice—, está aprendiendo que hay formas “más hermosas” de hablar de las emociones.

“El primer paso es acomodar un poco el cómo sentimos las cosas, después eso se ve reflejado en la poesía, es una transformación que estoy haciendo en paralelo. Las canciones que ya hice ya están ahí, las hice con la mejor intención y me gustan y las defiendo, pero está bueno, me hace sentir bien, me alivia culpa poder aclarar que ya no siento de ese modo las cosas o que intento no sentir de ese modo. Lo distinto es que puedo reconocerlas”.

—¿Esas otras temáticas, como compositora, te fluyen igual?

—Ya no me sale nada con tanta facilidad. Yo creo que también me voy poniendo más vieja y todo tiene otro peso. Cuando era más chica tenía otra frescura. Ahora todo tiene otra carga. A veces soy más espontánea, pero soy más mental cuando escribo, que es algo que no me parece tan bueno. Igualmente, trato de decir lo que sienta. Está buena la sinceridad y la responsabilidad a la hora de escribir.

Sus cosas

Su casa

Si Papina tiene que elegir un lugar en el mundo, primero piensa en Punta Rubia, donde vacaciona, donde se retira con su perrita. Pero también, si lo piensa mejor, dice “mi casa, es un lugar que me encanta. No tengo un apego, me mudo seguido porque alquilo, pero siempre me gusta estar en mi casa. Es algo lindo”.

Papina de Palma. Foto: Leonardo Mainé
Papina de Palma con su perrita Idea. Foto: Leonardo Mainé

Idea, su perrita

“Idea es hija de los perros de una pareja de amigues, la amo, la mejor decisión que pude haber tomado. Es como un clavo, pero hermoso clavo. Compañera a full, estuvimos en Punta Rubia solas las dos, en el medio de la nada, y sola sola no hubiera ido, pero con ella, la gran fiera, me sentí acompañada. Es muy divertida. Recomiendo adoptar perritos”.

The Bold Type

“Hace poco me di una panzada de The Bold Type. Es bastante básica la trama, pero a la vez toca temas que no son tan básicos, que son reimportantes, y los toca sin bajar línea, de una manera en la que los personajes aprenden y se hacen cuestionamientos al respecto del transfeminismo o de la apropiación cultural. Lo muestra en un formato accesible”, cuenta.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados