Papás que hacen buena letra

| Ruben Rada, Jorge Nasser, Jorge Schellemberg y Roy Berocay cuentan cómo sus hijos influyeron en su forma de ser y crear.

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DANIELA BLUTH

Que la llegada de un hijo es removedora no lo discute nadie. O al menos nadie que haya pasado por eso. Es la mayor alegría de la vida, pero también el comienzo de una etapa de escasas horas de sueño, más responsabilidades y esa sensación de haber creado algo para siempre. Resulta natural, entonces, que los hijos se vuelvan el leit motiv de sus padres y aparezcan como protagonistas en cada acto de sus vidas, por más pequeño que sea.

Si esto sucede con los padres de a pie, mucho más con los artistas, que suelen encontrar en sus niños motivo de inspiración para sus obras. Pasa con los escritores, los plásticos y también con los músicos, quienes confiesan abiertamente que sus hijos suelen ser el punto de partida de canciones, discos o espectáculos. Los miedos, los sentimientos, los desafíos, las inquietudes, los rezongos y las gracias son algunos de los temas que reflejaron en sus letras paternales los artistas consultados por Domingo.

"Las primeras canciones que uno escribe son más bien autobiográficas, y lo mismo pasa con la literatura, pero después llega un momento en que empezás a generar situaciones y personajes a los que les pasan determinadas cosas, que algunas tienen que ver contigo y otras son totalmente inventadas. Empezás a escribir historias", reflexiona el músico y escritor Roy Berocay. Así como las historias crecen, los hijos también. Y muchas veces pasan del papel al escenario, acompañando o siguiendo a sus padres en esa actividad que les dio la vida: la música.

JORGE SCHELLEMBERG

Padre de Ismael, Sofía, Julián y Clara

Ismael Schellemberg nació el 24 de noviembre de 1989 y pasó un año entero sin dormir por las noches. Ismael es el primogénito de Jorge Schellemberg y quien inspiró el tema La cumbia de Ismael en el disco A las tres de la mañana (Ayuí, 1994). "Después de haber consultado con médicos y cuánta cosa había, no sabía qué hacer. En medio de la desesperación decidí mirarlo y decirle cuánto lo quería. Así nació este tema, que no es una cumbia", recuerda el músico. Jorge también compuso para su hija Sofía (Hola Sofía) y su hijo Julián (Estás de Vivo): A mí me parece que tú estás de vivo/ Que tú, que tú, que tú…estás de vivo/ Yo no juego más contigo porque vos estás de vivo/ Te quedas con mis juguetes, tomas mi café con leche. Sólo le queda pendiente crear una canción para Clara, pero hay tiempo, pues la pequeña tiene 8 años.

A Jorge, el vínculo padre-hijo a través de la música le resulta natural, pues así lo vivió con el suyo, Ariel, ingeniero de profesión y músico de vocación. En su casa de Juan Lacaze, el integrante del grupo de folclore Hermanos Castro les enseñó a cantar a él y a sus hermanos Sergio (tecladista) y Juan (director de orquesta). "El vínculo familiar a través de la música era muy fuerte", recuerda Jorge. Ahora la historia vuelve a repetirse con sus hijos, que disfrutan mucho de la música, escuchándola o haciéndola.

Ismael estudia ingeniería de sistemas y toca la guitarra como hobby. Sofía (20) hace teatro con la compañía Italia Fausta y canta, a veces con su padre. La última vez que ambos subieron a un escenario fue a comienzos de junio en El Tartamudo, cuando ella interpretó como solista No te rindas, uno de sus favoritos.

JORGE NASSER

Padre de Francisco, Simón y Martín

Cada uno de los hijos de Jorge Nasser coincidió con un momento diferente en su carrera: Francisco (28) con el fenómeno de Níquel, Simón (15) con el comienzo de su etapa solista y Martín (5) con la calma de sentirse satisfecho con el camino recorrido. Nasser todavía vibra al recordar la primera vez que su primogénito subió a un escenario: a los nueve años junto a Níquel ante 60 mil personas en Atlántida. "Fue una emoción. Era tan natural… estábamos todo el tiempo roqueando", dice.

Sin embargo, sus comienzos como padre no habían sido fáciles. Francisco vivía en Estados Unidos con su madre y no se veían seguido. Así nació Cierro los ojos (incluido en la antología Níquel Acústico), un tema que habla de la pérdida y la pena que le provocó estar lejos de su hijo. "Mucha gente no sabe que está dedicada a Francisco y piensa que es un tema de amor", cuenta. El joven vive en Uruguay y fue productor en varios trabajos discográficos de su padre.

La llegada de Simón coincidió con el final de Níquel y los primeros pasos de su carrera solista. "La necesidad era otra, quería transmitirle la cercanía". En el disco Efectos personales, de 2001, Nasser muestra su veta más milonguera y allí está La canción de Simón: Yo quiero oír latir/ bien a tu corazón/ enseñarte a vivir/ sin miedo ni rencor.

Luego vino Martín, al que Jorge ya le escribió un poema que quiere musicalizar (Colgado de mi aro/ Una risa un amparo/ Una tiza que escribe/ En un inmenso aljibe). De todos modos, lo que el pequeño más disfruta es ver el DVD con el último concierto de Níquel en el que su padre "es el peludo que está en el escenario".

Ruben Rada y su escuela musical en casa

En la casa de Ruben Rada suena música hasta en el baño. Literal. Hace años el cantante compró un grabador gigante, "como usan los negros americanos", y lo puso allí. "No había repisa que aguantara", recuerda. Pero su táctica funcionó y con el tiempo se formó una alta pila de discos que incluye desde Mateo hasta Beyoncé, pasando por Guns`n Roses y Los Beatles. Cada integrante de la familia elige lo que más le gusta y los de afuera son de palo. "Hay que estar golpeando la puerta porque algunos escuchan el disco entero", dice entre risas. Patricia, su mujer, prefiere los ritmos brasileños. Lucila (30) algo más moderno. Matías (25) rocanrol. Julieta (20) va por Cristina Aguilera. Y él, el creador de esa tradición, elige a Mateo, Hugo Fattoruso, Milton Nascimento y Los Beatles. "La única manera de moldear los gustos de tus hijos es poniendo música, haciéndolos escuchar lo que vos escuchás. Y viceversa", explica. "Así yo aprendí a apreciar a Beyoncé y a Whitney Houston. Fue gracias a ellos, si no me los hubiera perdido".

Ante la pregunta de si los hijos fueron una fuente de inspiración para él, Rada no duda en responder: "Siempre lo son". Cada uno de ellos tiene un tema compuesto por su padre. Para Lucila está Lucila (La cosa se pone negra, 1983), Matías es El nuevo embajador (Siete vidas, 1987) y Julieta tiene la canción que lleva su nombre, del disco Montevideo Dos (1999). "Les contaba todo, qué significaba su llegada, cómo sería la vida", explica el músico. En el caso de la benjamina, por ejemplo, plasmó su preocupación porque sus años -tenía 48- no le permitieran jugar como él quería.

Rada está orgulloso de que sus hijos hayan estudiado, algo que él no pudo concretar. "Siempre quise que terminaran la Secundaria, siempre lo peleé, fui muy duro con eso", dice en su tono más serio. Los tres lo lograron y hoy se dedican a la música. Lucila -que lo va a convertir en abuelo-, editó un disco y es la que más trabaja con él, como sucedió en las vacaciones de julio con el espectáculo para niños. Matías toca con Martín Buscaglia y Julieta está grabando en Buenos Aires. "Mi papá es todo, lo admiro mucho musicalmente, pero también lo amo como padre", dice la más chica desde un estudio en la vecina orilla.

ROY BEROCAY

Padre de Jeni, Micaela, Demián,

Pablo y Bruno.

Termina el show y los niños dejan de bailar para acercarse hasta los músicos. Están allí, al alcance de su mano. No hay ordenadas colas, pero sí libros y folletos en busca de una rúbrica. Los que firman autógrafos son Roy, Pablo y Bruno Berocay, responsables del espectáculo Ruperto Rocanrol 2. O sea, el conocido músico y escritor infantil junto a sus dos hijos más chicos. Hace ya algunos años que llevan adelante este proyecto en el que Roy canta y toca la guitarra, Pablo está en el bajo y Bruno en la batería.

Roy es padre de cinco hijos y, según dice, su obra siempre tuvo que ver con ellos. A mediados de los `70, cuando tocaba con la banda Décadas en los bailes de la Costa de Oro, tenía dos temas "medios folk" para sus hijas mujeres. Su carrera literaria nació y creció junto a Demián (29), el primero de los varones. "Cuando empecé con el Sapo Ruperto él tenía cuatro años y yo le leía los cuentos. Por eso el primer libro funciona con gurises más chicos; el Sapo fue creciendo con él". Cuando Demián cumplió 14 años Roy escribió Pequeña Ala, una obra para adolescentes. "De alguna manera lo tomé de referencia. Era el destinatario imaginario de mis libros".

Ahora les tocó el turno a Pablo (22) y Bruno (21), con quienes armó una banda para grabar los discos Ruperto Rocanrol y otras bobadas y Ruperto Rocanrol 2, que incluyen un libro. La consecuencia natural de ese trabajo fueron los espectáculos, con los que recorrieron Uruguay y Argentina.

"Mis hijos son un gran apoyo pero también mis críticos más exigentes. Hay personas a las que les decís tres boludeces y te aplauden igual, pero a mis hijos no los puedo engañar", confiesa Berocay.

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