DANIELA BLUTH
Para un niño comenzar las clases trae consigo muchas novedades. Trae amigos con los cuales jugar. Trae canciones que renuevan el repertorio de mamá y papá. Trae invitaciones a cumpleaños y salidas al zoológico. Trae palabras largas y difíciles que sorprenden a los adultos de la familia. Trae nuevos hábitos. Y también trae algunos resfríos, toses o dolores de panza, de esos que preocupan a los padres y prenden la luz de alerta de maestros y pediatras.
Que los niños que asisten a guarderías o jardines de infantes se enferman más que los que se quedan en su casa, es una idea compartida por muchos. "Pese a que para algunos autores la asistencia a estos centros es un factor de riesgo por sí solo para padecer infecciones respiratorias, otitis o diarrea, si uno revisa la literatura científica sobre el tema no hay demasiados estudios que permitan afirmar esa asociación", dice la médica Alicia Fernández, expresidenta de la Sociedad Uruguaya de Pediatría y coordinadora del Centro de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Montevideo.
De todos modos, aclara la propia Fernández, algunos trabajos señalan que el riesgo de recibir antibióticos se duplica durante los primeros seis meses de asistencia a una guardería y las consultas médicas aumentan durante el primer año de escolarización. En lo que sí hay coincidencia es que dependerá de cada niño y, también, de sus padres.
VIRUS Y HÁBITOS.
Fiebre, resfrío, decaimiento, erupciones, vómitos, diarrea, dolor abdominal o de cabeza, sueño, fatiga y tos intensa son algunos de los síntomas que pueden darse dentro de cualquier salón de clases. Durante los fríos meses del otoño y el invierno, la vedette son los virus, tanto respiratorios (Respiratorio Sincicial) y de la gripe (Influenza), como gastrointestinales (fundamentalmente Rotavirus). En cualquiera de estos casos, el contagio es rápido y se da, sencillamente, porque los niños comparten un ambiente donde estornudan, tosen, comen y juegan.
Entre los 18 meses y los tres años es difícil evitar la contaminación. "Por más que uno trate de cuidar que no compartan vasos o cucharas, es una edad en la que todo pasa por lo oral y los niños se meten todo en la boca", explica Luciana Rojas, maestra de nivel inicial. "Hasta las maestras nos enfermamos si no estamos pendientes de lavarnos las manos todo el tiempo".
Por eso, es importante que además de los contenidos curriculares, los docentes hagan hincapié en los famosos hábitos, como lavarse las manos antes y después de comer y cubrirse la boca para toser o estornudar. Rojas todavía recuerda el 2009, cuando el brote de la gripe H1N1 la llevó a sentar en ronda a sus alumnos de la sala de tres años para enseñarles qué hacer si estaban resfriados o con tos. "Les dije que se tapen con el codo y no con las manos, por si después querían tocar algún juguete o a un compañero. Es muy fácil porque les enseñás con el ejemplo, y de tanto repetirlo lo incorporan".
El desembarco del alcohol en gel en los salones del preescolar es reciente y seguramente está ligado a aquel complicado año de la gripe A. "Sin duda la prevención y el cumplimiento de las medidas higiénicas adecuadas están directamente relacionadas con la disminución de las enfermedades contagiosas en los niños", afirma Fernández. La pediatra opina que el uso de este tipo de alcohol es "imprescindible", sobre todo en el momento de cambiar los pañales o preparar alimentos. Cada vez es más frecuente que las maestras utilicen guantes de látex para cambiar a los más chicos, que en los baños haya papel descartable en lugar de toallas de tela y que los peluches y los disfraces hayan sido desterrados de los baúles de juguetes.
UNA NECESIDAD.
En junio, una clase que habitualmente tiene 16 alumnos de entre 18 meses y dos años, puede llegar a contar sólo cinco niños. No es la excepción, sino la regla. "Cuando tengo la entrevista previa con los padres siempre les digo que el jardín tiene ventajas y desventajas. Lo positivo es formar parte de un grupo por primera vez, pero en la salud, según mi experiencia, parecería que los niños hacen sus defensas y se tienden a enfermar seguido", dice Alejandra Vázquez, una de las directoras del jardín Arroz con leche.
Es frecuente que haya niños que comienzan en marzo, abandonan a mitad del año y retoman en setiembre. Son pocos los casos en que la pausa se vuelve definitiva. "Cuando reiteran infecciones graves, otitis o neumonías, o tienen una enfermedad que debilita sus defensas, el pediatra puede recomendar la no asistencia evaluando el riesgo-beneficio", dice Fernández.
Hoy, la guardería o el jardín no son sólo instituciones educativas, sino una solución para padres con una extensa jornada laboral. La llamada dando aviso de que el niño está enfermo puede ser sinónimo de un problema. "Los padres tienen que entender que para las maestras es una responsabilidad tener un niño enfermo. Si los llamamos es por el bien de todos", reflexiona Ana Godoy, maestra de educación inicial.
Más allá de los mocos, la tos y alguna diarrea, los especialistas inclinaron la balanza a favor de un temprano comienzo de clases. Fernández lo hizo citando un informe de la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI presentado por Unesco: "Una escolarización iniciada tempranamente puede contribuir a la igualdad de oportunidades al ayudar a superar los obstáculos iniciales de la pobreza o de un entorno social y cultural desfavorecido".
LOS NIÑOS DE HOY SIGUEN SIENDO UNOS "MOCOSOS"
"El término `mocosos`, muy utilizado cuando éramos pequeños, traduce exactamente lo que le pasa a los niños. Siempre están con mocos y eso no impide que puedan concurrir al jardín, así como si estos son verdes no significa que el niño deba recibir antibióticos", explica la pediatra Alicia Fernández. La fiebre es la gran contraindicación para ir a clase. La recomendación es consultar al médico y esperar 48 horas sin fiebre ni medicación en forma reglada. Por su parte, los docentes no dan medicamentos a los niños dentro de la institución.
¿A qué edad comenzar?
Conciliar la situación ideal con la real, no es sencillo. Cada vez más, el jardín es una "necesidad social", con madres que trabajan a la par de los papás y precisan delegar el cuidado de sus hijos en "alguien" fuera de la familia. "La guardería es el inicio de la socialización del niño pero también el primer contacto masivo con agentes infecciosos", explica la pediatra Alicia Fernández. Cuando los padres consultan, su opinión no se hace esperar: "Si es posible no antes de los dos años, con una negativa personal para los menores de seis meses, que son una población susceptible".
Según las maestras consultadas por Domingo, lo ideal parece estar cerca de los 18 meses, cuando el niño ya camina y tiene cierta autonomía. "Y llevarlo cuatro horas, no todo o el día, como hace la mayoría", dice una de las educadoras.
Vacunas, vitaminas y afines
Hasta hace no mucho tiempo, previo al ingreso, las instituciones pedían carné de vacunación vigente y coproparasitario para controlar la salud de sus alumnos. Hoy, con la fotocopia de la página de aptitud física del Carné de Salud del Niño/a es suficiente. "Si está al día y con la firma del pediatra, entendemos que es un niño sano, apto para asistir al jardín y hacer deporte", dice Alejandra Vázquez, de Arroz con leche. A veces los médicos recomiendan sumar a las inmunizaciones obligatorias, vacunas como la antigripal o, como sucedió en 2011, de la tos convulsa. "El pediatra, que antes nos daba libertad con respecto a la vacuna para la gripe, nos dijo que el primer año de jardín conviene dársela", cuenta la mamá de Constanza, que con dos años ya está preparando su mochila para ir a clases.