Opinión | ¿Qué requiere ser demócrata?

“Político regalón es un político sospechoso”

Washington Abdala

En un mundo en constante cambio, donde las decisiones colectivas afectan la vida de todos, la democracia se erige como un baluarte fundamental. Ya lo deberían saber de memoria. No obstante, defender sus virtudes —en un entorno donde no todos las comparten— es un desafío que exige más que el simple apego a un conjunto de normas. La verdadera esencia de un demócrata radica en una comprensión cabal de su comunidad, una actitud incluyente hacia el crecimiento colectivo y un manejo austero de las estructuras económicas para el beneficio de la sociedad.

La democracia, entendida como un sistema que busca el bienestar de la mayoría sin menoscabar los derechos de las minorías, requiere una capacidad excepcional para entender aspiraciones y necesidades de las personas. Este entendimiento no debe reducirse a datos o tendencias; debe ser un conocimiento empírico, arraigado en el contacto cotidiano y oyendo mucho para no payar. Los demócratas deben saber lo que anhelan las personas, nunca desde una óptica paternalista; eso no se banca más. Político regalón es un político sospechoso.

En un sistema democrático, las diferencias de opinión no solo son inevitables, sino deseables. Permiten un debate oxigenado. Ser demócrata implica más que aceptar estas diferencias; requiere una actitud activa de respeto y diálogo, pero resolver, nunca pasar a comisión para estirar la jugada.

La agresión y la intolerancia son antítesis de los valores democráticos, ya que socavan la posibilidad de acuerdos y fomentan divisiones que pueden desmoronar la vida de muchos. Peor aún es el revanchismo o el resentimiento travestido de justicia.

Un buen demócrata también entiende que el sistema económico predominante: el capitalismo, no es un enemigo a hundir sino una herramienta a gestionar. Lejos del infantilismo de patear contra el clavo o intentar bombardear al sistema, los demócratas reconocen las potencialidades del capitalismo para generar riqueza y, por ende, oportunidades. La clave está en utilizar esa dinámica económica para fomentar un crecimiento inclusivo (me pudre como está de moda esta palabra, pero no encuentro otra). Adam Smith señalaba que una economía próspera permite una mejor distribución de recursos, lo que a su vez genera un mayor bienestar social y un fortalecimiento del mercado. (Ya sé que por mis tierras no creen demasiado en esto, yo, sin embargo, sigo fiel al escocés).

La democracia, al propiciar un entorno donde muchísimos tienen la posibilidad de prosperar, crea un trampolín donde la economía y la sociedad se retroalimentan continuamente. Es cuestión de saltar desde él.

En conclusión, ser un demócrata en un entorno diverso y, a veces, adverso, demanda una combinación de comprensión comunitaria, tolerancia activa y una gestión inteligente de las estructuras económicas. Al abrazar estos principios, los demócratas no solo defendemos un sistema de gobierno, sino también fomentamos un espacio vital donde la justicia, la equidad y el progreso se convierten en la norma y no en la excepción. ¡Di-fi-ci-lí-si-mo!

Es una forma de vida: la democracia y la libertad no son un pelotazo, son reales y hay sociedades donde la rompen. Es más viejo que el agujero del mate: a esos son los que hay que copiar.

Los que construyeron dictaduras que matan de hambre a su gente no son ejemplo de nada. Solo los cínicos las defienden pero nadie quiere vivir allí. Nadie de nadie.

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