Opinión | Nuestra Nefertiti ¿y qué?

"La peluquera de Nefertiti es amiga de un abanicador de la corte y este, como buen empleado de corte -embolado y comedor de bizcochos-, chusmea todo. Ella quiere estar en la historia y se siente portadora de una verdad tipo 'mujer maravilla'; es más, habla con Osiris todas las noches".

Washington Abdala

Los uruguayos la conocen mejor que el Neues Museum de Berlín. Nefertiti, por alguna razón misteriosa, revivió aquí en la Banda Oriental. Es una orden intemporal de Isis y Horus. Egipto vive en nosotros por un designio inescrutable del destino.

Ella es la reina y todos lo saben. La abordan con miedo, pleitesía y sumisión. Por atrás, se sinceran: impone terror y se pone brava cuando se despachurra. (Unanimidad ante el pánico de su mirada tipo Robespierre).

Un sacerdote -de esos que merodean el gran templo- dice: “Ella vive apretando el puño, pegándolo sobre la mesa y espetando maledicencias sobre el faraón principal. ¡Qué no apura! ¡Qué se arruga! ¡Qué es un pánfilo! ¡Qué pa que pidió bolada! ¡Qué ella lo haría mil veces mejor!” Y todos los de su (mini) corte asienten y aplauden. (Ella escruta y lleva una libretita con el puntaje del aplausómetro de sus pocos fieles).

En el templo se sabe que no tiene amigas. Curioso, porque siempre alguna amistad se hace hasta en la guerra. Solitaria y altiva, onda canción de Ricardo Montaner. (Es cursi esto, pero ella tiene estilo kitsch).

Ella, ahora, está mejor que nunca, se siente espléndida. Piel lozana, peinados acordes y tintura en tono perfecto. Luce esbelta. Sus años de revuelta-guevarista-chavista han prescrito. ¡Diosa total! Es la imagen viva de alguien que se admira y que pretende que los otros (nosotros) la admiremos. Si es por eso le cantamos: ¡Te amamos, Nefertiti! (Y listo el pollo). ¡Y no sirve nada porque sigue con cara de mala onda que no se la saca ni Luciano Castro que anda por el mundo en esa dudosa tarea de piropear al planeta!

Las malas lenguas afirman que las obras arquitectónicas que anhela emprender en los aledaños al Palacio son todas con su imagen en tres dimensiones: en cuerpo de leona, su cabeza mirando hacia el norte, todo iluminado con luces de colores y música de los Bee Gees: “Tragedy” (¡Es Keops!) Yo no sé si me vieron cara de gil, pero todos los sacerdotes del templo aseguran que está con eso en la cabeza.

Un sacerdote me dice: “Aflójenle ustedes que la viven criticando; al final hace menos daño que el Oráculo Oddonis Iracundus que, cada vez que le preguntan, algo los pecha y les saca guita. ¡Nabos!” (Por nosotros lo de “nabos”).

No está mal el razonamiento (sí, uno es en Egipto y el otro en Grecia, ya lo sé, vení vos a escribir una historia piola todos los domingos, no me rompan). Al final es un razonamiento sensato: el Oráculo nos pecha guita, sale caro el pibe en su motoneta; ella sale menos en sus delirios, y si lo pasás a dólares, y bue... no da para llorar eternamente. (Es menos guita que María Dolores que se compró por liturgia dogmática ante el recuerdo del Imán Peperil).

En fin, la cuestión es que la peluquera de Nefertiti es amiga de un abanicador de la corte y este, como buen empleado de corte -embolado y comedor de bizcochos-, chusmea todo. Ella quiere estar en la historia y se siente portadora de una verdad tipo “mujer maravilla”; es más, habla con Osiris todas las noches.

A mí me parece piola tener nuestra Nefertiti. ¡Siempre mirando a Cristina y Evita! ¡Siempre envidiando nosotros como cuadro chico! Ya era hora de tener la nuestra. Será poco o poca pero es lo que hay por la vuelta. Marcas blancas, no leader price. No envidien, ratones. No envidien: admírenla.

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