Opinión | Los trajes de Yamandú

"Las camisas le quedan todas mal. Los cuellos se le trepan en la nuca. Lo invaden. Son cuellos escaladores. O engordó y los cuellos no cierran (puede ser ser esto) o son camisas de algún amigo de su pueblo que están mal cortadas. Los trajes se le arrugan. Yo qué sé... le quedan como pañuelo en medio de una gripe fiera".

Washington Abdala
Foto: Archivo

Estoy preocupado por la vestimenta del presidente. Me pone nervioso verlo así. Ya sé que es un tema menor para los “progre”, pero me pone mal. Y más en un mundo donde nadie oye un pepino y solo vicha por arriba las cosas. Peor.

Recordemos que venimos de presidentes prolijos. Don Julio y sus sombreros Borsalino. Lacalle Herrera siempre elegante con bufandas marroncitas de buena lana. Tabaré con aquellos trajes cruzados y el peinado a lo Elvis. Pepe que se ponía los sacos de Studio Muto que lo dignificaban (olvidemos las zapatillas y las uñitas de los pies, please). Jorge que usaba corbatas coloradas hasta para dormir. Y Lacalle Pou era pinta y modernidad con los primeros chaquetones de invierno postines. En fin, dignos todos. No eran Calvin Klein, ni Ricky Martin pero, tá, la remaron.

¿Cómo nos pudo suceder que este muchacho no dé pie con bola en la vestimenta? Primero, las camisas le quedan todas mal. Los cuellos se le trepan en la nuca. Lo invaden. Son cuellos escaladores. O engordó y los cuellos no cierran (puede ser ser esto) o son camisas de algún amigo de su pueblo que están mal cortadas. Los trajes se le arrugan. Yo qué sé... le quedan como pañuelo en medio de una gripe fiera. Parece tela crepé. Y entre que no es muy deportista y el abdomen cobra volumen, el escenario se complica. Todo él produce un asunto semiótico asimétrico. Porque, claro, si fuera un orador monumental, uno se pierde en la oratoria y queda subyugado y no miras nada. No es el caso. O si fuera un estadista, que cuando sale, el país se detiene porque sabe o dice algo relevante. Tampoco es el caso. Nunca es el caso.

El otro día lo vi llegar al acto del 1° de mayo de sus amigos sindicalistas. Era informal la cosa, corriendo en medio del himno patrio (no se hace eso, se lo canta donde se está parado) y se puso al lado de Caro. ¡No se bancan, che! ¡Cero onda! ¡Ella lo mira torva! Yo lo entiendo a Yamandú, yo también le tengo miedo. Es brava esa dama. A ella no le sale darle un besito con cariño, tirarle un abrazo fraterno. Cruela De Vil. Ella, sin decirlo, dice: “Te la voy a dar, te estoy esperando”. ¡Ay, mamita! (¡Cuidate mucho, Yamandú; no la pudras que no estamos para aventuras. Empezá a medir la hipertensión, cortá con el flan con dulce de leche, aflójale a algún amarillo -si le estás prendiendo-, mirá que entre los alcahuetes y los empresarios trepa-trepa te van a engordar a sopapos pa’ rosquear. ¡Rajales, que el país no está para aventuras! Ya bastante con lo tuyo. ¡No jodas, che!)

Los hijos de Muto andan por allí, son unos crá esos pibes. Andalos a ver. Los Muto le pusieron el traje al Pepe y por la genialidad de Pancho Vernazza lo pararon con perfil presidencial. Andá a ver a esos muchachos y que te hagan unos trajes que no se arruguen en los aviones. Viste que a vos te gusta volar y volar (como la canción); hay unas lanas de muy buena calidad, finitas, que se recuperan al vapor, vos llegás a tus destinos y abrís el agua caliente del hotel y los trajes se recuperan. Conseguí algo de eso. Ponete algo oscuro pichón. Esos colores que usas de portero del Banco Central no son presidenciales. Me parece. Yo te lo digo en una buena. El traje azul es lo mejor. Ese celestito tuyo entre que es medio berreta, está arrugado y con las miguitas del avión queda feo. Es gratis todo esto. ¿No soy adorable? Soy un alma bondadosa. Besito.

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