El mundo de la ciencia política es una disciplina que analiza, estudia e interpreta los fenómenos políticos. Lo hace con una metodología pretendidamente científica. Pongamos un ejemplo: cuando una autoridad tiene amplio apoyo ciudadano y eso se advierte en el respaldo en las urnas electorales y en encuestas, los politólogos suelen admitir la legitimidad del planteo o la personalidad de ese protagonista. Pero cuando el individuo resulta ser un tropiezo viviente, y las grandes mayorías lo aplaudieron -en su momento-, todos hacen amén y solo unos pocos logran introducir el matiz para hacer una lúcida nota al pie.
En general, los politólogos creen que no les pesa la ideología. Pícaros. Cuando maduran van saliendo del closet. Y allí nace una nueva disciplina que es la ciencia política militante: el politólogo de la barra que interpreta el destino civilizatorio desde el pináculo de su candidato y sigue con la pretendida postura docta del dogmático, creyendo que debe iluminar a los pobres mortales en su peregrinación inculta. Son de un sentido mesiánico al que no les tiembla la voz si tienen que cantar al lado de Shakira: le ponen rostro a todo.
El politólogo de estas épocas (no todos, por cierto) es un cretino útil de poca monta, que solo actúa por vanidad o vaya uno a saber qué chupetín le dieron para que mueva la cola feliz. Mucho narcisismo infantil.
La aldea se pobló de algunos de estos seres que posan de intelectuales ideológicos, al igual que de iniciáticos periodistas militantes, para quienes hace unos años recibir esa expresión era una ofensa (y ahora es la nada). Esas micro tribus viven con sus chamanes, fuman pipas entre ellos y creen advertir cuando viene la lluvia al mirarse a los ojos. Divinos (pero todos calados de sobra por el espectador atento y el círculo rojo).
Es que resulta maravillosa la izquierda criolla: en el peor momento de su historia gubernamental, sigue creyendo en su omnipotencia y su infalibilidad. Algo hacen bien que reproducen memes con cara de sabiondos, solo con una cháchara predecible que aburre por el lugar común pueril al que apelan, pero como en el tablado, todo lo repiten, la estiran y la marean. La verdad, las imágenes de redes sociales se los tragan vivos.
Lo increíble del asunto es cómo los politólogos y los encuestólogos de la barra son entrevistados por periodistas militantes y así se monta toda una coreografía que emula intercambios de opiniones y construcción de conocimiento. Toda una farsa delirante que es travestismo ideológico chuchú, venta de sloganes y publicidad solo comparable a lo que Leni Riefensthal se inspiraba para comunicar en las épocas de su amor totalitario.
Hemos llegado al Truman show-woke-progre-choripanesco donde ellos mismos se preguntan, ellos mismos se responden y ellos mismos lloran sus cuitas. Digamos la verdad: nunca imaginamos tal grado de paranoia ante semejante inoperancia gubernamental, tanta liviandad ante lo que requiere respuestas urgentes y necesarias. Caen en picada y solo conversan entre ellos creyendo que son el ombligo del mundo. Y muchos mirando para el costado con cara de yo no fui, esperando el milagro.
Paciencia. Las verdades liberales son mala palabra, pero siempre mueren al pie del cañón de los gobernantes ante la realidad: la gran dama de siempre a la que hay que doblegar para hacer el bien y no el bien a sí mismos. Lo de las camionetas militares fue la prueba del 9. Tanto lloriquear para terminar subiendo al bondi, apretado y en el fondo. Parece joda. Son en joda.