Opinión | La eterna fiesta de ser padre

"Ser padre es una bendición porque se obtiene 'trascendencia' en ese viaje de forma inmediata en la tierra y es esclavizante -a la vez- en un amor que nos somete a su arbitrio. Uno es rehén de las creaciones. Para ser un buen padre, tenés que ser un buen hijo".

Washington Abdala
Foto: Archivo

Puede que sea un golpe bajo que me doy a mí mismo, no lo sé. O puede que sea lo que tengo ganas de escribir este domingo. No hay cosa que me haya importado, y me importe más en la vida -con prioridad absoluta- que mis hijos. Puede que todo lo otro (y cuando digo todo es todo) lo debo haber hecho bien, regular o mal; da lo mismo, pero el partido de impartirles mi mensaje a mis creaciones lo he hecho dignamente.

Ser padre es una bendición porque se obtiene “trascendencia” en ese viaje de forma inmediata en la tierra y es esclavizante -a la vez- en un amor que nos somete a su arbitrio. (Uno es rehén de las creaciones).

Para ser un buen padre, tenés que ser un buen hijo. También acá -creo- me voy con notas dignas. Nada para reprocharme, nada, por ahora.

¿Es raro lo que escribo para algunos de ustedes este asunto de “ser padres”? ¿Les embola? ¡No me lean! No sé, sinceramente, si todos pueden afirmar lo mismo que escribo con plena convicción. Veo mucha gente que se desborda, que casa para afuera son una maravilla, y casa para adentro viven en la más inmisericorde falsedad construyendo un relato plagado de dobles discursos con sus críos.

¿Cómo van a salir bien en la vida esos pimpollos si solo han visto inmoralidad y mentirillas for export? ¿A quién salen estos monstruos? A ti: pipí cucú.
Juzgo a la gente por los hijos. Lo hago desde hace mucho tiempo. Los miro un toque, los oigo unos minutos y sé si el padre o madre es un ser anodino o un asesino serial. No falla (metafórico, please). Los hijos de menos edad son buchones. Escupen la vida de sus padres. La adolescencia los mata, pero expertos como yo, con miles de estudiantes arriba, escaneándolos desde el neolítico, huelo, intuyo, detecto y percibo como son esos pibes. Solo ordeno las pituitarias, me sumerjo en las redes, veo Gran Hermano y mando los drones. Cuando otros arrancan, yo ya hice los cualitativos y solo me falta la encuesta final que ratifica lo que veo venir y lo que levanté en el terreno. Pitbull en la cancha.

Creo que amé ser un padre rompe cocos, insistente, plomo, digamos. Ahora que ya no ejerzo mi título de forma militante, lo extraño. Igual me cuelo en la cancha casi todos los días. Es cuestión de sacarme del banco, pero siempre estoy buscando colarme por la vuelta. Tengo alma de scout: siempre listo.

Si Freud estuviera vivo me diría que mezclé el asunto de los estudiantes con mis hijos y que eso no fue un acto banal, por lo que habría que ver en mi inconsciente que significa semejante asociación. Es que estoy tan entrenado con la terapia que me pienso a mí mismo. En realidad, todos conversamos interiormente todo el día con nosotros mismos. Somos dos personas siempre: ¿lo pensaron, amores, o creen que son uno solo?
En fin, hoy les escribo entonces a mis hijos desde acá: hay que darle bola al viejo, más bola, es lo principal. Mosquearme, llamarme, venir a comer ravioles, nimiedades, che.

La familia -en serio- es lo único que centra la existencia. Puede ser también tu perro o tu novio, pero los hijos son un precioso asunto. No se pierdan de disfrutarlos siempre. El viaje es imponentemente corto, y ahora que se tienen menos, impacta eso. Y es un viaje con significados darwinianos: se entiende la evolución de las especies sin leer el libro. No es poco ser parte de semejante fiesta.

¿Encontraste un error?

Reportar
Temas relacionados
columna Cabeza de Turco
Te puede interesar