Opinión | Impostura pseudoprogresista

Cuando la consigna reemplaza al dato y la moral suplanta al análisis, el debate público se vacía y la realidad queda fuera de escena.

Washington Abdala
Cabeza de Turco.

La impostura pseudoprogresista se advierte menos por sus fines declarados que por su relación ambigua con la realidad. No se trata de una discusión sobre la legitimidad de las aspiraciones de justicia o equidad -que todos argumentan- sino del modo en que ciertos discursos sustituyen lo real por una representación idílica. El problema no es el deseo de mejorar la realidad, sino la tendencia a narrarla como si ya estuviera moralmente resuelta. Y los moralistas del progresismo actual nos hacen sentir pecadores a quienes no comulgamos con su credo. Somos el mal. En la Inquisición, la quedábamos.

En esa forma de impostura, el lenguaje adquiere un papel central. Las palabras se convierten en escudos simbólicos: igualdad, inclusión, identidad, interseccionalidad, deconstrucción, privilegio, diversidad, cancelación, sororidad, dignidad. Todo es “buenismo” en clave de festival epifánico progre. Sin embargo, cuando algunos de estos términos no están respaldados por diagnósticos rigurosos o verificables, funcionan más como consignas que como herramientas. Viven dentro de sus consignas y el Estado es el hada madrina que todo lo resuelve. Son Disney y no lo saben. Así, se privilegia la adhesión emocional sobre la evaluación crítica. La retórica reemplaza al dato; la narrativa sustituye al análisis. Y por eso terminan aplaudiendo, demagógicamente, a murgas que -por cierto- deberían hacer crítica social y no miseria social. El límite lo define el sentido común. Lo grotesco es subjetivo; el odio no: lo percibe hasta el más imbécil. Y si odiar es el juego, estamos jodidos.

Hannah Arendt señaló que la negación sistemática de los hechos erosiona el espacio común donde la política debería asentarse. Cuando la realidad se vuelve secundaria frente a la consigna, el debate público pierde su fundamento compartido. En ese punto, deriva hacia formas de pensamiento totalizantes, de manera rampante y obscena.

En esa estamos por acá, en la aldea, llena de cretinos que hacen hervir el agua siempre. Mientras tanto, el país se torna insoportable: nos aturden los homicidios, nos espantan los suicidios, nos asquea el olor a meo, nos afanan en las calles, la falopa galopa y la indigencia campea por todos lados. Una belleza. Y ellos, dictando cátedra. Es joda.

La impostura pseudoprogresista no construye: diluye. Diluye las responsabilidades individuales bajo abstracciones morales; diluye la complejidad social en explicaciones unidimensionales; diluye la economía de hoy en promesas de futuro; diluye las decisiones en comisiones; diluye la autoridad en rumiaciones incomprensibles y diluye la confianza. Las instituciones, si te he visto, no me acuerdo. Todo diluido.

Espanta el presente idealizado, como si los gestos simbólicos equivalieran a transformaciones estructurales; impacta cómo se romantiza el porvenir, como si la historia obedeciera a un guion moral preestablecido. Nos mataron a cuentos de revolución y no revolucionaron ni el dulce de leche. Pregunten en los barrios humildes si los respetan. Eso ocurre porque no alcanzan la altura de la respuesta que deben proveer. Así nos hunden a todos. Es grave: el país se les va de las manos.

La política, en su sentido más serio, es el arte de administrar lo posible, no de proclamar lo perfecto. Cuando la ideología antecede sistemáticamente a la realidad, la acción pública pierde eficacia y credibilidad. Ya lo deberían de saber. Seregni básico. Claro, lo apuñalaron y lo carnearon en la plaza. No lo recuerdan. Son otra cosa.

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