No me gustan los obituarios. La gente se muere y queda viva en algunas mentes, por un tiempo; luego, otras mentes vienen a refundar terreno y, chau Pinela, ponen una foto vieja y fue el pariente renombrado. A soñar con una calle.
Justamente, por estos tiempos, ando rastreando la vida de un bisabuelo italiano. Encontré donde nació, descubrí el matrimonio que tuvo con una primera mujer con la tuvo una hija, todo antes de conocer a mi bisabuela, a quien nunca le contó su pasado. Mi abuela (su hija) murió conociendo otra historia de su padre, y a mi madre, le conté por arriba el asunto. ¿Para qué narrar lo que fue y no tiene arreglo? A lo que voy es que lo que nos hacen bien -en términos de vínculos- son familiares, amigos, gente que amamos. Punto. Y, es verdad, “los artistas” están en un plano superior al resto de los mortales que nos hacen vibrar la vida. Y los humoristas, en mi opinión, están en el podio de la genialidad porque hacer reír es un arte lindante con la paranoia y la genialidad. (Y esto es más acentuado en una sociedad-aldea como la nuestra, muy tujex, muy mala onda).
Se fue Gaspi. Se murió en un helicóptero. A mí se me murió un amigo entrañable en Guatemala hace muchos años y esto me hizo recordarlo. Cuando estaba en Centroamérica, trabajando, anduve demasiado arriba de esos bichos. E hice un pacto con mis hijos: de eso no me voy a morir.
Gaspi al principio me sonaba delirante. Me parecía extremista. Soy de mirar youtubers por mis hijos y sobrinos. La cuestión es me sedujo su su forma de jugar al dandy decadente y desprolijo a la vez. Gaspi era un anti-Baudelaire sin saberlo, mezcla de pibe de Tinelli posmoderno pero huyendo del lugar común. Y acá está el punto: en el humor hay que huir de lo grueso, de lo que ve venir el público, de lo burdo y jugar al acertijo con trampas mentales que sorprendan. Igual que en la literatura y en todo: lo obvio es repugnante y lo descubre el otro. La gracia es saltear lo que se ve venir y llegar a destino por otro lado. (En política le llamamos el cassette al político que repite imbecilidades; en el arte es igual).
Este país nuestro está lleno de gente obvia y, cuando algún aspirante se hace el vivo, no puede ser Gaspi porque la nube de gris lo abruma. Por eso soy hincha de algunos comunicadores que juegan al límite acá. Y más con los del mundo liberal que son despreciados por el populus progresista, tiránico detentador de la moral correcta.
Gaspi jugaba al límite, pero en zona casi de cancelación para mentes absurdas, solo que era todo lo contrario, resultaba que hacía en chico lo que Dave Chapelle hace en gigante. Me produjo enorme pena su partida, básicamente porque me parecía que tenía para dar tanto, que ya lo calculaba jugando finales de la Champions en el humor. Hay un video con su abuela que es solo para estómagos fuertes y mentes muy modernas; de lo contrario no lo vean.
Argentina tiene estos tipos increíbles, por eso son una fuente de creatividad fulgurante, con capacidad de derrape total, con sonido de tiza al rayar el pizarrón y con la capacidad de colarse en lo que sea porque no le temen al ridículo y juegan al límite. Los uruguayos somos más cuis cuis, todo más calculadito, con mieditos y, sin embargo, nos creemos que somos unos crá. Hay excepciones, por cierto. ¡Viva Gaspi, carajo! Que su ejemplo nos ilumine, fue un titán inventando locuras.