Bielsa es un señor acaudalado que habla como si creyera que no lo es. Divino el loco. Tiene esa benemérita condición de los ricos del fútbol mundial que dictan clases de moral, proveen lecciones de cómo pensar, educan en cómo ser “pueblo” y prepotean a algunos porque ellos se autoperciben superiores y consideran que deben moralizar a la plebe. La plebe los oye. Al principio queda encandilada, pero, siempre, inevitablemente siempre, la joden.
Bielsa es respetado por algunos, temido por otros tantos y odiado por una barra relevante que solo quiere fútbol y no lecciones de Kant.
Es la primera vez que hay periodistas deportivos con bronca militante extrema, casi sacados. Y miren que la raza del periodismo deportivo (el futbolero) es una especie de patriota itinerante que anda por la vida casi como un integrante de los Treinta y tres Orientales, relatando lo bien que jugamos (aunque seamos perros) y deseando mostrar panza y orgullo. Son una especie en sí misma, pero Bielsa al bardearlos cree que cumple una tarea justiciera que “alguien” se la demanda. Típico mesianismo berreta.
Bielsa cree que nos conoce a los uruguayos: no tiene ni idea la enorme capacidad de rencor que tenemos, la furia que nos causa perder y el grado de recuerdo que se tiene cuando nos barren mal. Somos odiadores cuando los resultados nos ofenden. Somos relativamente inteligentes como pueblo futbolero, sabemos cuándo el técnico es porfiado o cuando está ágil y fuerza movimientos internos que logran momentos mágicos. Y acá está la cosa, pichón: queremos magia, exigimos magia, para eso lo seguimos haciendo millonario. Y si es como Bielsa dice -que, si ganamos todo, él devuelve la teca- por ese instante epifánico (si ganamos todo), yo voy de rodillas caminando hasta el Chuy, compro ticholos y vengo de rodillas. Lo juro.
Me impresiona, además, ver cómo Bielsa patea contra el clavo, cómo cree que el capitalismo es malo cuando le ha hecho tanto bien. No entiendo nunca este perfil humano que vive en esa contradicción: odian al sistema que los alimenta, ven conspiraciones paranoicas, lo escupen y, sin embargo, siguen facturando impertérritos y gozosos. Y se da el lujo de desmerecer toda la lógica del fútbol (sí, es perversa, chocolate por la noticia) sin aceptar que sus sueldos vienen directamente de ese mismo capitalismo pecaminoso e inmoral. ¿No es inmoral el que acepta lo inmoral y entrega el alma al diablo? Nunca entiendo como estos seres se auto perdonan y siguen con el serrucho en mano injuriando al “tormento” que les agranda la cuenta bancaria. Desdoblan, supongo.
Estoy a nada de empezar una reivindicación a Don Óscar Washington. Me parece que fuimos injustos, uno nunca imagina que puede sufrir tanto más.
Algo debemos hacer muy mal los uruguayos: siempre nos tocan tipos mala onda, gente adusta, gesto enojado, escupitajo a flor de piel, sentido de la falsa humildad y una convicción dogmática en lo que piensan. Observe el “patrón” común, no son tan distintos en su modus operandi. No sé si el mundo entiende, pero para nosotros la selección es un asesino que enviamos al planeta a vengar el ninguneo existencial que padecemos. Usamos a la selección como arma secreta para la venganza. Por suerte el que te dije no fue porque viene de jettatore la cosa. ¡Gracias! ¡Gracias!
Santo Señor Bielsa de todos los arcángeles progresistas: cuídenos que para nosotros no es fútbol, es la vida. Para este país es la vida la que se juega. Sencillo y criminal. Así somos