Resulta que ahora la figura de José Stalin vuelve a ser reivindicada en Rusia. No es una metáfora, ni una exageración: su imagen reaparece en monumentos, estaciones de metro y en la iconografía pública. Y hay algo perturbador en eso si se piensa que Ucrania, hoy víctima del autoritarismo ruso, fue también uno de los territorios que sufrió con mayor brutalidad el estalinismo, al punto de que hubo que inventar una palabra, Holodomor, para definir a aquella hambruna devastadora de los años treinta. Vladimir Putin, en algún momento, dejó de pretender ser lo que no era. La invasión de Ucrania terminó de despejar las dudas. Y, sinceramente, casi prefiero este sincericidio a la falaz postura de autodenominarse “demócrata”. Stalin en el metro, por lo menos, no pretende ser Montesquieu. La reestalinización rusa demuestra además algo más amplio: las autocracias están pasando por un gran momento histórico. Anne Applebaum lo explica genial en el libro Autocracia S. A..
Seamos francos: algo jorobado pasa en el mundo. Los discursos políticos se endurecen, los adversarios se transforman en enemigos y la democracia -no necesariamente el capitalismo- atraviesa una etapa de fragilidad evidente. Y acá hay una distinción que muchas veces no se hace: el capitalismo ganó de forma bastante elocuente. El dólar sigue siendo la moneda dominante de las transacciones internacionales y, cuando los corruptos roban, rara vez lo hacen en monedas revolucionarias.
En Uruguay ocurre una versión doméstica del mismo fenómeno. Nuestra izquierda tuvo durante décadas una estética de la austeridad y de cierta superioridad moral frente al consumo. Eso murió alguna noche, quizá mirando la luna en el Teatro de Verano. Hoy los vemos felices a sus dirigentes en restaurantes caros, viajes por doquier y fines de semana en los lugares más agradables del país. Y está perfecto. Mi objeción no es que disfruten. Mi objeción es que disfruten mientras algunos siguen hablando como si ese mundo fuera moralmente sospechoso.
José Ignacio, dicho sea de paso, nunca pidió carnet ideológico para correr por allí. La cuestión es que los liberales estamos jaqueados. Defendemos banderas que hoy aparecen débiles, mientras quienes hace décadas cuestionaban el capitalismo viven bastante cómodamente dentro de él. Y lo más curioso es que aquello que debería haber sido una victoria intelectual enorme, muchas veces se explica con timidez. El capitalismo logró algo extraordinario: sobrevivió -incluso- dentro de regímenes que querían destruirlo. Durante mucho tiempo creímos que desarrollo económico, capitalismo y democracia avanzarían juntos. No fue así. Error de Fukuyama.
China descubrió que se puede comerciar con el mundo entero, tener multinacionales, tecnología de punta y una enorme clase consumidora sin necesidad de adoptar una democracia liberal. Y todos sabemos que “la necesidad tiene cara de hereje”. Es la verdadera advertencia de nuestro tiempo. El capitalismo no necesita necesariamente de la democracia para sobrevivir, puede adaptarse a casi cualquier régimen.
La democracia, en cambio, requiere límites, instituciones, prensa libre, jueces independientes, fiscales desideologizados, alternancia y algo que los autócratas detestan especialmente: aceptar que a veces se pierde. Los demócratas vamos por todo. Por eso la vuelta de Stalin no debería analizarse como una extravagancia rusa o como una nostalgia “soviética”. Es parte de algo mayor. Quizás esa sea la parte verdaderamente inquietante del asunto. Para pensar, chicos.