Natalia Chiarelli dice que no es una persona de certezas. Más bien lo contrario: duda, piensa, vuelve sobre las cosas. Pero en sus casi 53 años reconoce “dos o tres momentos de claridad” en los que algo se acomodó de golpe y el camino apareció delante suyo. Uno fue el nacimiento de su hijo. Otro, el ingreso a la Comedia Nacional. Pero el primero de esos momentos ocurrió cuando tenía unos 14 años y entendió, con la extraña seguridad que pocas veces volvió a experimentar, que quería ser actriz.
En su casa se escuchaba mucha música y se iba al teatro. Una tía había tenido un pasaje amateur por la actuación y también la llevaba al ballet. En el árbol familiar había, además, un parentesco lejano con Petrona Viera, figura fundamental del planismo uruguayo. En ese contexto y con estas influencias, Chiarelli hacía representaciones domésticas que llevaron a la madre de una amiga a advertirle que podría ser actriz. “Son los insumos que ahora miro y digo: algo tiene que haber habido”, cuenta en charla con Domingo.
Siendo una adolescente pidió a sus padres hacer un taller de teatro y comenzó en la Casa de la Cultura. Su primera docente fue Elena Zuasti, actriz que había integrado la Comedia Nacional. “Arranqué con lo grande”, dice.
Después llegaron una obra de Luigi Pirandello en el liceo, otras escuelas de actuación, la Facultad de Psicología y, finalmente, la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD).
La hoy actriz del elenco estable de Montevideo cuenta todo esto en el café del Teatro Solís, en uno de los tantos días grises de este invierno. La elección del lugar termina siendo casi escenográfica para su propia historia: cuando ella estudiaba, la EMAD todavía funcionaba en el edificio del Solís y la joven que soñaba con actuar se colaba en los ensayos de la Comedia para observar a quienes consideraba sus referentes. Décadas después, algunos de ellos se convirtieron en compañeros de escenario.
Entrar a la escuela fue otro acontecimiento. Había empezado Psicología y la abandonó después del primer año. “No tenía ningún sentido. Estaba totalmente tomada por el teatro”, dice.
Pero entre aquella estudiante que espiaba ensayos y la actriz de la Comedia hubo más de una década de distancia. Chiarelli egresó de la EMAD en 1997 y pasó 11 años en el teatro independiente. Hizo infantiles, clásicos, humor, conducción, y también incursionó en el cine, con participaciones en películas como En la puta vida, Flores Ácidas, Tan frágil como un segundo, entre otras. En 2006 ganó un premio Florencio por un musical infantil y luego acumuló varias nominaciones.
A 90 años del asesinato de Federico García Lorca
En 2012 ingresó a la Comedia. Tenía 38 años, un hijo de 2 y más de una década de oficio a cuestas. Entrar fue uno de aquellos pocos momentos de claridad que coloca entre los acontecimientos determinantes de su vida.
Catorce años después, ese camino la encuentra interpretando a Angustias en La casa de Bernarda Alba, la última obra que Federico García Lorca dejó terminada antes de ser asesinado. La Comedia Nacional estrenó esta nueva versión dirigida por Amelia Ochandiano el 30 de julio en la sala principal del Solís, con 20 mujeres en escena y funciones —ya agotadas— hasta el 6 de setiembre.
Hay algo muy simbólico en representarla ahora. Este agosto se cumplen 90 años del asesinato de Lorca y, mientras su muerte es recordada, sus palabras vuelven a respirar en estas actrices.
Para Chiarelli, además, Lorca no es un autor extranjero al que haya tenido que aproximarse desde cero. “Las actrices uruguayas tenemos a Lorca en el ADN”, afirma. Por eso, enfrentarse a Angustias implicó primero “bajar la cabeza” y dejar salir algo que, asegura, ya llevaba en las venas.
La obra tiene más resonancias rioplatenses: Lorca visitó Uruguay en 1934 y este 2026 se cumple un siglo de su encuentro con Margarita Xirgu, decisiva en la circulación de su dramaturgia.
Chiarelli habla de él y de Tennessee Williams —otro de sus autores predilectos, del que interpretó cuatro obras— como los dramaturgos que la obligan a llegar al hueso del oficio. “No hay ruido o grito, no hay que saltar, no hay que llenarlo de nada. Hay que interpretarlo”, dice con firmeza.
Por eso define La casa de Bernarda Alba de una manera rotunda: “Es un canto a la actuación. Un corrimiento de un milímetro y no hay obra”.
Ante esos textos, sostiene, la actriz queda desnuda. No existe parafernalia capaz de sustituir aquello que sucede entre una palabra escrita décadas atrás, un cuerpo que la encarna y un espectador que la recibe.
La casa de Bernarda Alba es un canto a la actuación. Un corrimiento de un milímetro y no hay obra.
Esa relación triangular también explica buena parte de lo que piensa hoy sobre el teatro. Su ingreso a la Comedia, asegura, transformó radicalmente su manera de entender la profesión. En el teatro independiente había vivido vínculos intensos y breves con elencos que se formaban para una obra y después se disolvían. La institución le planteó otra lógica: seis horas diarias de ensayo, entrenamiento permanente y la obligación de estar disponible para pasar de un autor contemporáneo a un clásico, de un papel central a uno pequeño. Pero, sobre todo, apareció con mayor fuerza una idea de responsabilidad pública. “La Comedia Nacional es un instrumento social y cultural. Un apostolado. Fuimos elegidos para esto, tenemos que perfeccionarnos y nutrir a nuestro país de la cultura, que es fundamental”, destaca.
La palabra responsabilidad se repite en la entrevista. Responsabilidad con la ciudad, con quienes pagaron y sostienen un elenco público, con los maestros y con los actores que vienen detrás. También con la supervivencia de un lenguaje que, paradójicamente, ella cree que adquiere todavía más valor cuanto más digital se vuelve la vida.
“El teatro, hoy en día, es como un shock de tiempo humano”, dice sobre esas horas suspendidas en el tiempo, donde no se puede detener la historia, adelantarla ni mirar otra pantalla. “Es vivo, es 3D, es aquí y ahora, es el encuentro con el otro. Hoy en día eso ya es una rareza”, suma.
Y en esa rareza encuentra también una dimensión política —en el sentido más amplio— del escenario. Frente a un mundo regido por la velocidad, la productividad y los dispositivos, “venir al remanso del arte también te reivindica como ser que importa, no como número del eslabón de la cadena de producción”.
Mientras sostiene ese ritmo, la actriz abre otros caminos. Canta, dirige —ya estuvo al frente de cuatro proyectos— y escribe poesía. Esta última fue durante años una actividad íntima, sin demasiada corrección ni pretensión editorial. Sin embargo, ahora prepara un libro-objeto junto a una diseñadora y piensa sacarlo a la luz en breve.
El teatro es como un shock de tiempo humano. Es vivo, 3D, aquí y ahora, es el encuentro con el otro. Hoy en día eso ya es una rareza.
A los casi 53 años, siente que algo de su relación con el hacer también está cambiando. Quiere descansar más, elegir, aprender a decir que no. Pero, al mismo tiempo, quiere probar aquello que antes descartaba por miedo a no hacerlo suficientemente bien. La edad, dice, le dio “una especie de impunidad”: hacer algo simplemente porque tiene ganas de hacerlo.
También modificó su lugar sobre el escenario. Reconoce que el teatro, como tantas disciplinas, privilegia la juventud. Pero encuentra en él una ventaja frente a otras artes atravesadas de manera más cruel por el cuerpo: “Te permite añejarte como un buen vino. Con dignidad, sabiduría y disfrute”.
Después de décadas de profesión, quizás esa sea otra de aquellas escasas certezas.