MARGARITA MUSTO

"La misión del teatro es entendernos"

La actriz, directora, docente y dramaturga, que ha logrado reconocimientos en el teatro y también en las pantallas, vuelve a su primer amor: las tablas. 
Foto: Francisco Flores

Margarita Musto, una artista que cree en el teatro como vivencia.

Para Margarita Musto (62) el teatro es una experiencia, una herramienta para "indagar en el océano que es la mente humana y sus emociones". Y así ha desarrollado una carrera que la ha llevado desde las tablas a las cámaras y de vuelta a las tablas con un amor por la actuación que no ha disminuido al cabo de toda una vida entregada a su profesión.

Su vida sigue siendo intensa. Acaba de reestrenar una obra en El Galpón —la pieza de Tony Kushner Ama de casa— y unas horas después su corazón dará otro vuelco de alegría cuando reciba a su hija María Vidal Musto (26), actualmente radicada en Londres. Todo esto en apenas 48 horas. Pero de algún modo su vida ha sido intensa, sobre todo la que ahora recuerda junto al director teatral Héctor Manuel Vidal (fallecido en 2014), de quien fue cónyuge y discípula por años. Directores de la talla de Carlos Aguilera, Jorge Curi, Mario Morgan, Omar Varela, China Zorrilla, David Hammond, Valentín Tepliakov la dirigieron en varias obras.

Una pasión por la actuación que empezó cuando era niña; ni siquiera era del todo consciente de que ese sería su oficio en el futuro.

Infancia en Piriápolis.

"Lo que recuerdo de mi infancia es el mar y los cerros, porque me crié en Piriápolis, y en aquella época que no había tanta gente. Creo que eso, por supuesto, marcó y es mi paisaje personal", dice Margarita.

Hasta los 11 años vivió allí. Su padre era militar y trabajaba en la base aérea de Laguna del Sauce. Su madre, en tanto, estaba obsesionada con proporcionarle educación a sus hijos. No faltaban libros en su casa y apenas estuvieron avanzados en la escuela les hizo aprender idiomas.

Margarita y su hermano mayor Héctor compartían lecturas. "Leía muchísimo, y me pasaba bailando todo el tiempo", recuerda. Como tenía asma su madre la enviaba a clases de ballet para ayudarla a "abrir el pecho". De algún modo ya comenzaba a sentirse cerca de la actuación.

"Yo me acuerdo de estar entre las sábanas que colgaba mi madre y pensaba que era una película", cuenta. Y allí mismo improvisaba sus escenarios. Leía en voz alta y comenzaba a interpretar. También su hermano lo hacía, sobre todo cuando Margarita debía pasar temporadas enteras en cama debido a los ataques de asma. "Mi hermano fue y es un gran compinche. Él es científico, se dedicó a la genética, es grado cinco de Facultad de Ciencias y es un investigador en genética. Es muy genio, es muy perseverante, con una pasión muy grande por la vocación", explica.

Las lecturas de la infancia amueblaron su imaginación. Cierra los ojos y recuerda las aventuras de Tom Sawyer o de Huckleberry Finn, sus viajes por el mítico Missi-ssippi. Unos años después sería Cumbres borrascosas, de Emily Bronté. Y luego descubriría a Fiodor Dostoievski, el maestro al que continúa releyendo tantos años después. Como muchos jóvenes de su edad se maravillaría con los avatares de Holden Caulfield, el antihéroe de El guardián en el centeno, de J.D. Salinger. Y así se fue templando el espíritu de la futura actriz.

Empezó a trabajar. Apenas había cumplido los 17 años cuando ya se dedicaba a dar clases de inglés. Y no pasó mucho tiempo para que encontrara a su media naranja, se casara y se fuera de la casa familiar. "Me resolví a los 21 años a dar un examen, estaba cerrada la Escuela de Arte Dramático y entré en el Ictus —una escuela de arte dramático que habían creado Eduardo Schinca, Roberto Jones, Armando Halty y Elena Suasti para suplir a la clausurada Emad—. Fue después de que mis padres se habían separado, que yo ya no vivía en casa", recuerda.

Al principio tenía muchos miedos. La inseguridad le minaba el camino a cada paso. El teatro ya la había capturado. Había visto a Estela Medina en El Cardenal de España y le había bastado. No tenía dudas en cuanto a lo que quería hacer con su vida.

"Y un día hice una improvisación que salió muy bien, con Armando Halty y ahí él me dijo que no dudara más", cuenta. En 1982 egresó de la escuela de actores y comenzó su carrera. Conoció a Héctor Manuel Vidal y se enamoró. Con altibajos como en toda pareja, sus vidas permanecerían unidas hasta el final del celebrado director teatral.

Formadora de artistas.

Su segunda pasión es la docencia. Margarita da clases a los jóvenes aspirantes de la Escuela de Arte Dramático que lleva el nombre de otra Margarita de excepción, la Xirgú.

—¿Qué tipo de actor postula como ideal, o cuáles son los ejemplos negativos?

— Hay un tipo de actor, que a veces es el comentario que hago a mis alumnos, que está tratando no de actuar sino de demostrar qué buena o bueno es, y eso me produce un poco de rechazo y un poco de piedad. Porque a mí me gusta el actor que nunca quiere estar por encima del personaje, hay que entender que es muy difícil actuar. La gente piensa que con saber hablar y saber caminar ya es suficiente, pero no. Hay que tener las herramientas, tenés que ser otra persona y tenés que mostrar el alma de esa persona, todos los matices de lo que le pasa por la cabeza, de lo que le duele, lo que lo levanta, lo que le sube la savia. No hay que olvidar que nosotros trabajamos con esas letritas, negro sobre blanco. Muchas veces pongo el ejemplo con mis alumnos, es como si yo te dijera "la música es esto" y te muestro un pentagrama. Y vos decís: "No, pará, pará, la Quinta de Beethoven no son estas letritas, estos dibujitos. De ahí, de ese pentagrama, vos tener que levantar vida, tenés que cumplir la misión que tiene el teatro que es vernos, intentar entender este océano oscuro y difícil de comprender que es la mente humana, las motivaciones, las intenciones, las múltiples emociones que regulan las interrelaciones entre nosotros".

De sus años en la Comedia Nacional recuerda un trabajo arduo, que le dejó muchas satisfacciones, pero también algunos sinsabores. En 2012 fue designada como directora de la compañía oficial, cargo que ejerció durante tres años.

"Aprendí mucho, aunque por momentos fue muy duro", confiesa. Constató que para una mujer siempre es más cuesta arriba. "Una mujer chiquita como yo, no fue fácil", apunta. De algún modo el machismo fue un obstáculo para su desempeño. "Yo me acuerdo de cuando Héctor Manuel Vidal levantaba la voz y todos decían, ¡qué hombre de carácter firme! Pero si yo lo hacía era una histérica y enseguida me desautorizaban", señala.

De todos modos cree haber capitalizado su experiencia en la Comedia, tal vez lo que recuerda con más alegría es el diseño de la programación anual por el desafío intelectual que suponía.

Margarita confiesa que le gustaría tener más tiempo para concentrarse más en la otra tarea que disfruta casi tanto como actuar, que es escribir. Su capacidad como dramaturga quedó de manifiesto con la obra En honor al mérito, que gira en torno a la investigación del asesinato de Zelmar Michelini. Con esta obra obtuvo el Florencio en 2001 y también el Premio Municipal de Dramaturgia.

Dice que tiene un par de obras en borrador que duermen en sus cajones. Pero mientras tanto, la actuación y la docencia consumen buena parte de sus energías y su tiempo. Pese a ello nunca podría ver esas tareas como un mero trabajo. Son su vida y no se reconocería de otro modo.

anécdota

Historia con fantasma.

Cada teatro tiene su propia historia, sus leyendas. El Circular no escapa a ello, y fue a Margarita Musto a quien le tocó vivir una de las más inquietantes. "Todavía no me explico qué fue lo que pasó, pero juro que fue así. Yo lo viví, no me lo contaron. Esto pasó cuando trabajábamos en una obra de (Raymond) Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor. En determinado momento yo tenía que decir mi diálogo y salir de escena, decía algo así como: Es seguro que vas a querer escribir de esto, si es así yo no quiero enterarme. Y entonces me daba media vuelta y salía por un lateral del escenario, que era un pasillo bien estrecho por el que apenas cabía una persona. Y de repente sentí que me agarraban del brazo, con fuerza, como alguien que me quisiera llamar para decirme algo. Recuerdo que lo sentí con total claridad en el brazo derecho, y yo pensé: Seguro que es alguien del público. Y enseguida me di cuenta de que era imposible, porque el público estaba a mi izquierda. Cuando terminé de salir se lo comenté a mis compañeros, entre ellos a Pablo Caballero que me dijo con total naturalidad: Ah, no es nada, es la presencia que tenemos acá. Hasta el día de hoy no le encuentro una explicación", cuenta.

SUS COSAS

Cocinar. "Cocinar me gusta mucho, también me gusta comer", confiesa. Además colecciona recetas, aunque no siempre las lleva la práctica. No se considera una gourmet, ni mucho menos, pero disfruta cocinando y compartiéndolo con sus amigos y familiares.
​Su lugar preferido. En Piriápolis vuelve a conectarse con su infancia, con su lugar en el mundo. Cada vez que puede se hace "la escapada". En ese balneario se crió junto a su hermano mayor y vivió durante todo su período escolar, por lo que cada recodo del mismo le trae recuerdos de días de sol y playa, o de lecturas y recogimiento.
​Lecturas. Es una lectora constante, atenta a las novedades literarias. Sin embargo, hay autores que son recurrentes y a los que vuelve de tanto en tanto con placer. Es el caso del ruso Fiódor Dostoievski, a quien considera un maestro en el diseño y caracterización de personajes.

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