DANIELA BLUTH
La noche de ayer, sábado, fue atípica para Paola Dalto. Por primera vez en muchos meses no la pasó en lo alto de una cabina mirando cómo cientos de personas se sacudían al ritmo de la música que ella elegía. Pasaba. Mezclaba. Pinchaba. No. La noche de ayer estuvo dedicada a disfrutar con su hermano Martín, que vino especialmente desde Bella Unión, la ciudad natal de ambos, para visitarla. No es que Paola reniegue de sus pagos de Artigas, pero recorrer los 630 kilómetros que implica llegar hasta allí le lleva más de ocho horas de ómnibus (y otras ocho de regreso) y cada vez se le hace más difícil disponer del tiempo suficiente. Por eso, siempre que puede invita a algún pariente a pasar unos días en su casa.
Hace años que la disc jockey no sabe lo que es pasar un fin de año con la familia, compartir un asado de domingo al mediodía o un cumpleaños un sábado de noche. Para ella, es imposible. Esos son los días de más trabajo. "Tengo una vida social intensa, pero diferente a la del resto. Vivo a contramano, algo que es muy difícil de entender. El brindis del 31 de diciembre lo hago con el sonidista que tengo al lado", explica.
Pero no se queja. Ama lo que hace y eso la hace sentir una privilegiada. En Uruguay, no son muchos los DJs que logran vivir de su pasión. De hecho, antes de lograr meterse en "la escena" -como llama al mundo de la música y la noche- pasó años musicalizando fiestas de fin de cursos, bailes en el Club Social de toda ciudad del interior que se precie de tal y trabajando en radios o disquerías. Siempre cerca, pero nunca en el lugar donde ella realmente quería estar.
Cuando llegó, ya era "grande" (por coquetería prefiere no revelar la edad). El aterrizaje en Montevideo, allá por 1997, fue, por decirlo de algún modo, forzoso. "Ya tenía añares de radio y bailes y pensé que eso iba a servir como currículum. Repartí por todos lados, a emisoras, agencias de publicidad, boliches, como locutora, como operadora, como DJ... y no pasó nada. Esa etapa fue muy frustrante porque la pagué caro, demoré mucho en darme cuenta de que no se trataba de tener experiencia sino de tener contactos. Invertí mucho tiempo y energía en tratar de sacar mi carrera adelante, pero acá no valía". Finalmente decidió capitalizar su trabajo en las tiendas de discos y empezó a "hacer lobby". Iba a todos los lanzamientos, las conferencias de prensa y los recitales que podía. Y las cosas empezaron a salir, aunque tampoco en las condiciones ideales. "La primera vez que toqué en uno de los boliches que existen hoy (que no voy a nombrar porque sino parezco una rencorosa) no pusieron mi nombre en el flyer. También me dieron el peor horario. Cosas de esas", recordó.
Por ese entonces surgieron en Montevideo boliches como Pachamama, El Piso, La Ronda y Living, con Milenio a la cabeza como precursor. Y artistas/personajes/bandas como Dani Umpi, El Gran Gustaf, Astroboy, Buenos Muchachos, Sórdromo y... Paola Dalto.
"Como buenos hijos de la crisis, en 2002 hubo una movida interesante, un recambio de artistas junto con un boom en la Ciudad Vieja. Esa conjunción hizo que hubiera espacio para gente como nosotros. Ahí empezó a cambiar la cosa y mi nombre empezó a sonar, no sólo dentro de la escena electrónica sino también fuera de ella". Poco tiempo después llegó el comercial de Nevada y su homenaje a la música nacional, donde Dalto compartió pantalla con grandes como Jaime Roos y Ruben Rada. De ahí en más, es historia conocida.
BICHO RARO. Al escucharla recordar su infancia y adolescencia en Bella Unión -de la que todavía conserva una marcada "v" cuando habla- no es difícil imaginar por qué era "la rara". Para empezar, no escuchaba cumbia ni charanga, dos géneros que contaban con el consentimiento de la mayoría. Para seguir, porque Paola era capaz de caminar por la ciudad "lookeada" como su ídola máxima, Madonna. "En los años 80, en un pueblo chico, si una chica atraviesa la plaza con un moño gigante en la cabeza, una falda de tul y la ropa rasgada, es el bicho raro. Y ahí aparecían las habladurías, el `mirala`, el `¡qué se cree!`, pero yo firme con mi look". Lo que más le costaba conseguir eran los accesorios, como las caravanas con cruces o los guantes de encaje con los dedos cortados, que finalmente encontró en Montevideo.
Hija de un sonidista y de una profesora de guitarra clásica, Paola siempre tuvo su propia y singular banda sonora: desde Menudo, Xuxa y Luis Miguel en los primeros años de adolescencia, hasta Depeche Mode, New Order y Technotronic cuando su padre empezó a habilitarla para "meter mano" en sus vinilos y sus equipos. Fue junto a él que descubrió su vocación e hizo sus primeras armas pasando música en fiestas infantiles. "Llevaba mis casetes y mezclaba con las escasas técnicas que puede tener una niña".
A los 14 ya tenía su propio programa de radio en las mañanas de Norte FM. Golpeó la puerta y se presentó como "la hija de Dalto". Explicó que tenía un montón de música que allí nadie conocía y que ella quería divulgar. Y la aceptaron. "Pienso que hay algo de eso de ser joven y llevarse el mundo por delante. Hasta ahora no sé cómo ese señor me dijo que sí".
Al mismo tiempo era buena alumna y compañera. "Trataba de ser amiga de todos, del que venía con el uniforme desgastado hasta de la hija del doctor, que en un pueblo es algo importante. Tenía amigos, pero me tenía que bancar las habladurías y los comentarios". Por eso, siempre tuvo claro que Bella Unión no era el destino final.
FIESTA LIBRE. Ser DJ no es una profesión convencional, menos aún para una mujer. Paola apostó a transformar esa debilidad en su fortaleza. No le resultó sencillo. "Pensé que iba a jugarme a favor, pero no. Lo que pasó fue que te observan y te exigen el triple. No solamente de parte de mis colegas o del dueño del boliche, sino también del público. Entraban y se paraban al lado de la cabina en pose de a-ver- qué-onda-esta-mina en lugar de ir a la barra a tomar un trago".
Hubo veces que la noche "no salió bien". Que los nervios le jugaron una mala pasada. Que no llevó la música correcta. O que no supo manejar al público. Por suerte, tiempos pasados. Ahora su valija con CD, dos bandejas y una mezcladora tiene una agenda ajetreada, donde cada noche de trabajo dura entre cuatro y seis horas (con un cachet de unos 8.000 pesos). "A un promedio de tres minutos por canción, es muchísimo", dice.
Además de trabajar en clubes, boliches y discotecas, la contratan para musicalizar casamientos y eventos empresariales. Eso de tener un DJ está de moda, queda cool, y ella lo sabe. "Me consta que a veces soy el adorno de la fiesta, pero es mi trabajo y siempre voy a hacerlo con pasión porque amo lo que hago", explica. Además, aprendió a sacar provecho de su condición única de mujer. "Por ahí no ponen a un DJ lleno de aros expansores, quizás prefieran a una chica que se va con un lookete espectacular. Ahí hay un nicho de mercado que intento cubrir y aprovechar. Todo aquello que en otro momento me jugó en contra ahora lo trato de poner a mi favor, resaltar lo femenino en mi trabajo". También organiza fiestas y eventos, como el cumpleaños de Madonna (11 de agosto) y la fiesta Reíte de la Nostalgia (24 de agosto).
Desde que se vestía como la reina del pop hasta hoy pasó mucho tiempo, pero el tema de la imagen sigue siendo prioridad para Paola. Musicalizar un evento es sinónimo de megaproducirse. "Quiero proyectar lo que soy, una persona diversa y apasionada", explica. Dos atributos que valora en los demás y que hace públicos cada vez que puede, tanto en la promoción de sus fiestas como al participar (y producir) la Marcha de la Diversidad. "Siempre hago hincapié con los dueños de los boliches que en mis fiestas en la puerta no estén discriminando ni eligiendo a nadie. Cuando yo toco eso no pasa. Si un chico quiere llevar una cresta roja o una chica quiere ir con su novia y besarse en medio de la pista, pueden hacerlo. Eso es lo que trato de cuidar, promover y mantener, que es lo que da más trabajo".
La cuenta pendiente
Por momentos, Paola siente que se le fue la mano. Demasiadas horas invertidas en el trabajo y muy pocas dedicadas a su vida privada. Tener una pareja y formar una familia es, sin lugar a dudas, su cuenta pendiente.
"Por más que esté rodeada de amigos y tenga miles de invitaciones para salir, por supuesto que amaría tener un compañero a mi lado... Deseo lo que quiere cualquier mujer: tener una pareja y formar una familia. Espero que se me dé, porque es el debe de mi vida", confiesa.
Vivir a contramano de la mayoría de la gente puede ser una explicación, pero hace algunos meses un amigo la sorprendió con una hipótesis que la DJ no había tenido en cuenta: al estar ubicada en lo alto de los locales y comandando la pista, los hombres la creen inalcanzable. Además, le dijo que su look tan producido a ellos los intimida. "Yo te veo allá arriba, en la cabina, con esa faldita, y pienso: `A esta piba ni me le acerco porque debe tener para elegir`". A lo que Paola respondió: "Noooooo".
No se la nota angustiada ni ansiosa, pero una vez más se muestra firme en sus convicciones: "Espero que en algún momento esto cambie. ¿A quién le voy a dejar mi colección de discos?", dice entre risas.
SUS COSAS
Su ídola
Desde que Madonna editó su primer álbum, Paola Dalto es su fan. De adolescente imitaba su look, de adulta tiene todos sus discos en versión CD y vinilo. Aunque la vio más de una vez, ya tiene sus entradas para el show de "la reina" en Buenos Aires. Compró en la preventa entradas para la platea VIP, donde espera poder cantar, bailar y hacer pogo.
Sus vinilos
Tiene más de mil discos ordenados alfabéticamente en una habitación especialmente diseñada para "ellos". "Aunque el formato tiende a desaparecer, no me importa, yo sigo comprando. Tengo ediciones originales que son mi tesoro", dice.
Su música
Aunque para bailar prefiere la música electrónica, su estilo como DJ está entre el pop y el dance. "Es más popular, más digerible, son esas canciones comerciales que todos conocemos. Quizás la magia es que yo paso un remix diferente", explica. Cuando tiene "libre" va a las fiestas en las que están los colegas que le gustan, como Fernando Picón (foto).