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Mauricio Almada Blengio (Montevideo, 1963) conoce el dial como pocos. Pero no como los oyentes, sino desde adentro. Con una experiencia de más de cuatro décadas en el periodismo, ha trabajado en las radios Sport, Sarandí, Emisora del Palacio, El Espectador, Radiomundo, Nuevo Tiempo, Carve y Radio Uruguay. En esta última, conduce actualmente el programa Justos y pecadores, que va de lunes a viernes de 9 a 12 horas.
“Soy un hombre de radio, lo confieso”, dice Almada a Domingo y muestra una amplia sonrisa. Su voz, potente e inconfundible, refrenda sus palabras. Pero la realidad es que ningún medio de comunicación le es ajeno. Pasó por las redacciones de los diarios Lea, La República y El Observador, así como por el semanario Sin Censura (que se publicaba a finales de la dictadura) y la recordada revista Guambia, que incluía entrevistas “serias” más allá de ser una publicación de humor.
También fue productor de dos exitosos ciclos televisivos en Canal 10 como Debate Abierto y Víctimas y Victimarios (este último conducido por “Nano” Folle). Y de un tercero (Tiempo de debate, con Gerardo Sotelo al frente) que duró lo que un suspiro porque quiso competir con Marcelo Tinelli en el momento en el que el “cabezón” era el rey indiscutido de la pantalla. Es además docente de periodismo y licenciado en Comunicación Social, egresado de la Universidad Católica. Y tiene tres libros publicados, todos ellos referidos a la dictadura militar y al accionar de los tupamaros. Está casado, tiene cuatro hijos y dos nietas.
Desde la cuna
Almada nació en un hogar en el que se respiraba periodismo. Su padre Jorge trabajaba en Seusa (empresa que imprimía La Mañana y El Diario), donde era editor de la revista Síntesis. “Cada día llegaban no menos de cuatro diarios a casa (La Mañana, El Diario, El País, El Día). Así me crié, leyendo los diarios y las historietas. El otro gran mundo para mí fue la radio. Durante muchos años compartí el cuarto con mi hermano Jorge y entre medio de las dos camas teníamos una mesita con una radio enorme de válvulas. Escuchábamos todo el día los programas y los partidos de fútbol”, recuerda.
Así le comenzó a picar el bichito del periodismo, siguiendo un programa nocturno que se emitía los lunes por El Espectador y que conducía Horacio Mayer, luego periodista de El País y desde hace décadas radicado en Miami. “Él era un muchacho cuando empezó aquel programa a principios de los 70 y hacía investigaciones periodísticas”, comenta Almada.
De todas maneras, tanto su padre como su madre, sus abuelos y sus tíos eran abogados, por lo que tenía un “peso” familiar encima. “En 1982 me inscribí en la Facultad de Derecho y aprobé el examen de ingreso. Pero en ese momento abrió en el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras (lo que después se convirtió en la Universidad Católica) la carrera de Ciencias de la Comunicación Social. Me inscribí y no salí más”, comenta. Ya en el primer año de Facultad empezó a trabajar en el periodismo, con 18 o 19 años. Comenzó en el diario Lea (un medio colorado) y luego se fue a La República. Más adelante lo llamaron cuando se fundó El Observador. “Ahí trabajé desde 1992 hasta 1998 aproximadamente”, apunta.
Salvo en Lea, que empezó haciendo policiales, trabajó en periodismo político. En La República escribía sobre asuntos municipales. “Iba todos los días a la Intendencia de Montevideo, que era como una especie de laboratorio, porque en 1990 la había ganado por primera vez la izquierda. Tabaré Vázquez era el intendente. En La República sufría un poco cuando (Federico) Fasano me llamaba y me preguntaba por qué ponía que había baches en tal o cual calle, o me decía que le ‘aflojara un poco’ a los ediles de la oposición”, rememora.
A partir de esta experiencia, Alfonso Lessa lo llamó para escribir de municipales en El Observador, pero él ya estaba algo saturado del tema y le pidió otras áreas de cobertura. Así fue que empezó a encargarse de lo que -más en ese entonces- eran dos polos opuestos: militares y MLN.
El pasado reciente
En esta nueva etapa, a partir de 1992 (un año en el que “pasó de todo”, entre otras cosas el secuestro del agente chileno Eugenio Berríos en el que fueron involucrados militares) comenzó a comunicarse con fuentes castrenses y también con extupamaros. Y lo invitaron a viajar a Camboya junto a un reducido grupo de periodistas. “Nos fuimos en un Hércules que estaba recién comprado y nos dimos la vuelta al mundo. Volamos de Montevideo a Camboya, una locura. Hice muchas fuentes en aquel viaje”, comenta Almada.
También por esa época empezó a ir a los actos del MLN y conoció al “Pepe” Mujica, quien estaba muy lejos de ser la figura política que fue después. “Estaba con un chaleco marrón lleno de agujeros. En un cuarto intermedio de una asamblea salió a fumar y nos pusimos a hablar. Yo no podía creer el personaje que tenía enfrente, me impresionó lo que era la cabeza del tipo”, resume. A partir de estos contactos, comenzó a pergeñar lo que sería su futuro como escritor.
El desarrollo del escritor
El primero de sus libros es Crónica de una infamia - El comunicado más vil de la dictadura, publicado en 2015 por Fin de Siglo. En él recopila testimonios de un operativo realizado en 1975 en la ciudad de Treinta y Tres en el que se secuestró a un grupo de estudiantes que integraban la Unión de Juventudes Comunistas. El libro toma como disparador una gran mentira: el comunicado de la dictadura con el que se acusó a 25 menores de edad de conductas inmorales. Cuando Almada obtuvo la documentación oficial (entre otras cosas las órdenes firmadas por Gregorio Álvarez), se dio cuenta que tenía una buena historia para contar. “Inventaron que los niños habían hecho orgías, que habían contraído enfermedades venéreas y que habían sido sometidos a tratamientos para las mismas. Eso se publicó en todos lados. Y era una pura mentira que causó un daño tremendo en Treinta y Tres, sobre todo en las mujeres”, comenta.
Su segundo libro, La última cárcel del pueblo, cuenta la historia de lo que posiblemente fue la última derrota de los tupamaros, el 27 de mayo de 1972, con la caída del más famoso centro de reclusión clandestina del MLN-T. Dos rehenes, Ulises Pereira Reverbel (expresidente de UTE) y Frick Davies (exministro de Ganadería), fueron retenidos durante ocho meses en condiciones ínfimas en un escondite diseñado a esos fines que estaba una casa de la calle Juan Paullier 1492. Como dato curioso, allí vivían cinco niñas.
Solo un tupamaro conocía exactamente dónde estaba, además de los dueños del inmueble. Y durante años se atribuyó a Héctor Amodio Pérez haber sido el “traidor” que reveló la ubicación de la cárcel. “Es muy bueno que Amodio Pérez haya vuelto. El hombre entendió que había llegado el momento de dar la cara y contar su testimonio. Ha dado algunas perspectivas que el MLN obviamente no había dado”, comentó Almada.
Su último libro apareció este año y lleva el nombre Los reyes de las cloacas, en alusión a la red de caños de la ciudad que los primeros tupamaros utilizaban para huir y esconderse de las fuerzas conjuntas. Hoy tiene dos libros más en producción. “Me gusta lo que hago, no creo que algún día llegue a conducir un programa de televisión. Valoro mi intimidad, puedo caminar por la calle, ir al estadio y putear. Y nadie me conoce pese a que soy periodista desde hace 40 años”, concluye.