IGNACIO QUARTINO
—¿Qué incidencia tuvo en su vida el triunfo de Maracaná?
—Desde muy chico Maracaná era para mí un relato maravilloso, fantástico, una narración reiterada mucho a nivel oral que me provocaba un orgullo que me hacía soñar con gestas similares. Nací en una familia con cuatro varones que en realidad no era muy futbolera, pero me volví futbolista y futbolero gracias a las narraciones relatadas con muchísima pasión. Maracaná era la señal del milagro, a través de la cual se daban todos los referentes que configuran lo que en una sociedad es un mito. No un mito visto desde una visión despectiva, sino como una narración con personajes elevados a la dimensión de dioses.
—¿Hubo elementos reales en este episodio como para que después se convirtiera en mito?
—Maracaná tiene todos los elementos para configurarlo como un mito brillante porque reproducía ese gusto tan uruguayo de ganar desde la inferioridad. Encubre complejos, pero también expresa horizontes abiertos. Un pequeño le puede ganar a un grande, David puede con Goliat, Uruguay le puede ganar a Brasil. Pero al mismo tiempo se trataba de un equipo que podía ganar jugando al fútbol. No pegando, como se suele decir cuando se identifica ganar a la uruguaya. Jugando un gran partido. Con figuras que fueron absolutamente enormes más allá de Obdulio Varela, que sabía controlar psicológicamente un partido. Entonces, Maracaná tenía todo para armar un relato mítico. Un relato positivo. Lamentablemente, en algunos ciclos sucedió lo contrario.
BAJARLE DECIBELES
—Como futbolista usted tuvo la oportunidad de conocer a varios de los jugadores que disputaron la final del mundial de 1950. ¿Qué perspectivas tenían ellos de la realidad y del mito que vino después?
Yo tuve la enorme fortuna de conocer bien a los jugadores del Maracaná, entre ellos a Julio Pérez (que fue técnico mío), a Oscar Migues. Y también conocí a Obdulio que, pese a su muy escasa formación y a su vida azarosa, era un hombre que tenía capacidades filosóficas muy hondas. El mito conservador de los pueblos como figura emblemática lo cargaba de amarras al pasado con todo lo espantoso que eso significa para una persona, le impedía rescatar que cada día lo mejor estaba adelante y no atrás. Su sabiduría estaba en bajarle decibeles al recuerdo diciendo, por ejemplo, que los brasileños eran superiores. Que si jugaban 100 veces ganaban en 99, pero al mismo tiempo reafirmando que Uruguay había ganado un partido fundamental porque se manejaron bien ciertos elementos de sabiduría.
—Siempre hablamos de las consecuencias para Uruguay pero ¿qué secuelas dejó el Maracanazo en Brasil?
—En Brasil hay varias obras literarias sobre Maracaná. Es un trauma. Pero es un trauma positivo, lleno de vida. Recuerdo un libro de Roberto Da Matta llamado Anatomía de una derrota en el que, palabras más palabras menos, termina diciendo: "aquel gol de Ghiggia nos terminó parando el corazón, es la tristeza más grande que nuestra vida podrá recordar. Pero el pueblo brasileño supo aprender de esa derrota y del aprendizaje que dejó porque surgieron las generaciones que nos dieron cinco campeonatos del mundo". Apostaron a ganar con las mejores armas, con el fútbol que siempre los caracterizó. Acá en Uruguay sucedió al revés. Exactamente al revés.
—¿Cómo cree que llega este mito hasta los jóvenes uruguayos de hoy?
—Obviamente tienen que sentir un choque muy duro con Maracaná. Porque, por un lado, el fútbol que ven todos los fines de semana es terrible. Hace pocos días vimos un despojo poco creíble cargado de violencia (se refiere al penal sancionado por Gustavo Méndez a favor de Nacional contra Rocha). Porque deja claro que la competencia no es libre, que hay fuerzas oscuras que la digitan en un sentido u otro, dependiendo de las circunstancias. Y que lo que acontece en una cancha de fútbol, más allá de los errores humanos, está marcado por otras cosas. Dicen que José Piendibene, el famoso maestro de la generación del ’12, una vez, cuando a Peñarol le pitaron un penal mal cobrado, lo erró adrede. No espero esos gestos hoy en la final del campeonato. Pero cuando los jóvenes ven eso, ven el paradigma de futbolista poco atractivo, salvo la excepción de Forlán. Nunca vi un campeonato tan dilucidado por los jueces, en el que el arbitraje fuera tan determinante. Evidentemente hubo cambios entre aquel Uruguay que simboliza Maracaná, un Uruguay próspero, de valores, republicano, democrático, donde el fútbol unió a jóvenes de extractos sociales muy distintos, que en los barrios entreveraba a ricos y pobres, a hoy, con un país fracturado, en el que juegan los jóvenes pobres con los pobres y los ricos con los ricos. Y en el que el espejo de un futbolista es un espejo complejo, controvertido, que nunca termina de ser claro porque no hay imágenes positivas. Con ese panorama, los jóvenes tendrían que sentirse muy lejos de aquello.
—¿Todavía persiste algún aspecto positivo de este mito?
—Primero, esa idea de que un pequeño país puede, incluso con muchas restricciones, muchos factores que juegan en contra. Segundo, que los futbolistas uruguayos jugaron bien al fútbol. Tercero, destacar cómo utilizaron a favor el aspecto anímico en una confrontación. Me causa mucha gracia cuando la gente habla de idiosincrasias o de identidades, como si fueran esencias naturales que vaya a saber por qué se graban en el ADN de una sociedad para decir que un pueblo es pesimista. Eso es tan falso... No hay idiosincrasias biológicas. Se construyen de una u otra manera en un marco distinto. Uruguay supo ser el país más optimista de América Latina apoyado en datos estadísticos..
FILOSOFIA PASATISTA
—La sabiduría popular le ha asignado a Maracaná muchas culpas, incluyendo el inicio, poco después de ese triunfo, del declive de la economía uruguaya. ¿Existe alguna relación?
—Hay un dicho que dice que la crisis uruguaya empezó aquella tarde lluviosa de Lausana en el Mundial de 1954, cuando después de haber empatado, Schiaffino no pudo convertir un gol contra Hungría en la semifinal que después perdió. Las leyendas son leyendas. Pero dio la casualidad que en ese entonces Uruguay empezó a caer en otros aspectos, como el económico. Pero cayó porque Uruguay no se actualizó a los cambios que el mundo tuvo después de la segunda guerra mundial. Igual, no creo que esté bien hacer un paralelismo entre deporte y sociedad. Esos razonamientos no son correctos. Hay factores que no son económicos y que inciden como una dirigencia que no sabe armar un calendario para jugar un campeonato local en serio.
—¿Por qué cualquier logro uruguayo de la actualidad se relaciona con el Maracanazo?
—Lo dice un historiador: esto es producto de una filosofía pasatista. La historia lo que busca es elaborar un pasado, para que el pasado pueda ser una catapulta al futuro. Pero cuando no se puede analizar críticamente lo que pasó, en todas las esferas de la vida quedás atrapado. Una de las formas de quedar atrapado en el mito conservador del pasado de oro del Maracanazo, es seguir relacionando las cosas que pasan en Uruguay con ese partido. Entonces resulta que el relanzamiento del software uruguayo es un Maracanazo. La transformación de la industria vitivinícola es un Maracanazo. El Oscar de Drexler es un Maracanazo. Está la idea de que todo lo bueno que pasa es un Maracanazo, con el agregado negativo de que la expresión Maracanazo insiste en cosas del mito negativo. Es un milagro, pasa una vez cada cien años. Drexler ganó porque canta bien, porque hizo una canción donde dejó en evidencia su talento. Pero lo mejor de Drexler no es la canción sino lo que viene. Las experiencias del cine premiado uruguayo, le guste o no a uno, tienen que ver con un pueblo que empezó a mirarse, y que al mismo tiempo empezó a atacarse por recurrir al pasado. Acá faltan relatos y la ausencia de relatos llevan a la mirada atrás que le hace mal a los protagonistas del relato, les genera una melancolía total. Y le hace mal a lo nuevo.
—¿Un buen relato de Maracaná hablaría entonces del buen partido que hizo el seleccionado uruguayo?
—Esas son las cosas de las que se hablan poco. Ghiggia entrenó varias veces la jugada de gol a Brasil y acertó porque practicó y se tenía confianza. Ya había hecho goles de ese tipo. No fue un milagro. Fue la confirmación de una destreza consolidada a través de un entrenamiento. Lo que pasa es que cada vez que se habla del gol de Ghiggia se recuerda una jugada aislada, que fue casual. Y no fue así. Si se conociera mejor cómo se ganó Maracaná, los uruguayos convertirían ese mito pasatista en un mito de futuro, en el que podrían verse todas las virtudes que hubo en ese acontecimiento. Un grupo de hombres optimizó sus destrezas y ganó. Es una lástima que no se vean esas cosas, porque más allá de los errores el fútbol resiste, sigue siendo tema de conversación de los uruguayos.
LOS HOMENAJES Y EL OLVIDO
Franklin Morales se jacta con orgullo de ser único el periodista al que Obdulio Varela le habló de ese memorable partido ganado en Maracaná. El reportaje fue publicado en 1968 en el diario Hechos y en el 2000 fue seleccionada por César Di Candia para integrar su libro Grandes entrevistas uruguayas. Morales fue también el único uruguayo que escribió un libro entero dedicado a este triunfo al que denominó Maracaná, los laberintos del carácter, publicado en 2000.
Pero más allá de esta publicación aislada y de recortes de diarios y revistas, a lo largo de los 55 años que tiene este mito son pocos los documentos uruguayos que relatan lo que aconteció ese 16 de julio de 1950.
Por otra parte, una historia que tendría todos los ingredientes para elaborar un guión perfecto, digno de Hollywood, sólo generó una suerte de documental de la época denominado Uruguayos Campeones, que reposa en algún estante de Cinemateca.
Es así que en Uruguay, de aquella final que se transformó en mito, a veces bueno y a veces malo, sólo queda un libro, un monumento ubicado en la Avenida Ricaldoni, un sello con el rostro de Obdulio dibujado, la Copa del Mundo "Jules Rimet" y alguna que otra curiosidad. Como la bandera que se extiende con el número 1950 en la Tribuna Olímpica del Estadio Centenario en cada partido de Eliminatorias y que luce desafiante, como un intento de asustar a los rivales antes de salir a la cancha. Esa bandera se estrenó el día en que Uruguay derrotó 1-0 a Brasil por las Eliminatorias del Mundial de Corea y Japón, el 30 de junio de 2001.
Después de Maracaná también hubo algunos homenajes a los protagonistas, como el gesto que tuvo el club Villa Española al ponerle Obdulio Varela a su cancha inaugurada en 2003. O bautizar con el nombre del "Negro Jefe" a una de las tribunas del Estadio Charrúa y a la otra José Schiaffino, ambas en estado deplorable y con planes de remodelación.
Los homenajes a los jugadores de Maracaná abundaron. Hubo medallas para los héroes en el año 1976, cuando el cuerpo de neutrales de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) se las entregó. También recibieron invitaciones para visitar a Maracaná. En 1980, Alcides Edgardo Ghiggia revivió la jugada del gol, gracias a una invitación de la revista El Gráfico al celebrarse 30 años de la gesta. En la nota, Franklin Morales recreó la jugada crucial de Ghiggia desbordando por la derecha, apoyado por una nota gráfica que muestra el cartel electrónico de Maracaná con el resultado de aquella final del 16 de julio de 1950.
Ese mismo año, El País reunió a varios campeones mundiales del 50 con algunos de sus rivales como el arquero Moacyr Barbosa y el otrora habilidoso Adhemir, con quienes intercambiaron anécdotas de la vida.
Como dice Gerardo Caetano, "quedaron las historias posteriores. El sentimiento oculto de una generación de futbolistas que le dio al Uruguay ese relato maravilloso y que nos llena tanto de orgullo, pero a los que el Uruguay como país no les devolvió nada. Casi todos los futbolistas del 50 terminaron en la pobreza, con algunas situaciones atípicas, como es la situación actual de Ghiggia, que vive en la extrema pobreza. El año pasado la embajada italiana trajo una exposición sobre fútbol y trajeron a Gianni Rivera (famoso jugador italiano de la década del ’70). Surgió la idea de invitar a Ghiggia, que tuvo que venirse en ómnibus. Vive en un suburbio de Las Piedras, con una pensión que es una miseria. Seguramente no cuidó el dinero que ganó en Italia, pero hay otros que no tuvieron un pase internacional y terminaron viviendo de forma muy austera, como Julio Pérez".
LAS ENCUESTAS HABLAN
Muchos dicen que desde 1950 a la fecha el fútbol uruguayo empezó a vivir del pasado y de los recuerdos del Maracanazo, aunque para el periodista del diario deportivo español Marca, David Ruiz, esta afirmación es una verdad a medias. Ruiz estuvo hace dos semanas de paso por Montevideo pare entrevistar a Alcides Edgardo Ghiggia, y aprovechó para sacar algunas conclusiones sobre este mito que, sostiene, se mantiene gracias al periodismo.
Según Ruiz, el uruguayo "tipo" no apela a esa gloria pasada como lo hacen los comunicadores, a quienes no culpa por recurrir seguido a este mito. "Es lo que tienen y se aferran a eso, porque es una manera de mantener una posición protagónica en el mapa del fútbol, porque es el último gran logro uruguayo. Quizá si Uruguay hubiera logrado la Copa del Mundo del ’74 de lo único que se hablaría sería de Espárrago o Morena. Pero el tiempo pasa y la realidad manda con la actualidad de la selección que no es buena".
La impresión que se llevó David a España contrasta con los estudios de opinión pública realizados por Equipos Mori. En 1996 la consultora reveló que el 19% de los uruguayos consideraba a la selección campeona del Mundial del 50 como el mejor equipo de la historia del fútbol uruguayo, superando ampliamente al Peñarol de los 60 y al Nacional ganador de copas de la década del 70. De ese 19%, había un 15 que eran jóvenes que ni siquiera vieron por foto los goles de Schiaffino y Ghiggia.
Otro estudio de Equipos Mori realizado en 1999, confirmó que cuando a los uruguayos se les preguntaba sobre cuál era el acontecimiento más importante del Siglo XX —entre los que se mencionó la llegada del hombre a la luna, las guerras mundiales, el derrumbe del sistema socialista en los países europeos, los avances de la medicina y la informática–, un 1% de ellos mencionaba Maracaná.